Por Pablo Retamal N.Ana María Stuven: “Las mujeres han vivido desigualdades y subordinación, pero han sido también agentes históricos”
Segunda mujer en obtener el Premio Nacional de Historia, la académica aborda la necesidad de recuperar la autonomía femenina en los procesos del pasado y analiza los desafíos que la historiografía chilena aún mantiene con el rol de las mujeres.

Han pasado pocos días desde que Ana María Stuven Vattier (75) fue notificada por el ministerio de Educación que es la flamante Premio Nacional de Historia 2026, la segunda mujer que lo obtiene en toda la historia del certamen. “Lo recibo como un reconocimiento, pero también como un regalo con lo que tiene de gratuito -comenta Stuven a Culto-. Otros historiadores también lo merecen. He sido una privilegiada en mi carrera académica. Tuve acceso a un buen colegio, pude estudiar en la Universidad de Chile y en la Universidad Católica, hacer un doctorado en la Universidad de Stanford y enseñar e investigar en universidades como Sciences Po y Leiden”.
“Son oportunidades que agradezco profundamente, pero que también imprimen un sentido de deber ineludible. Mientras mayores han sido las oportunidades, también lo son las responsabilidades de poner ese conocimiento al servicio de la comprensión de la sociedad en que se vive”.

Nacida en Santiago el 22 de septiembre de 1950, periodista de la Universidad de Chile, licenciada en Historia de la Universidad Católica de Chile y doctora en Historia de la Stanford University (EE.UU.), su trabajo se centra en la historia de las ideas políticas, y del rol de las mujeres en la historia, especialmente en los siglos XIX y XX. Entre sus libros más destacados están La seducción del orden, La República en sus laberintos, Debates republicanos en Chile. Siglo XIX (junto a Gabriel Cid), e Historia de las mujeres en Chile, título del que fue coeditora. Además de Salir del infierno: Historias de mujeres y cárcel y Feminismo: un concepto necesario para la historia de las mujeres en Chile.
El jurado, liderado por la ministra de Educación María Paz Arzola señaló que se le otorgó el premio a Stuven “considerando que su obra ha contribuido a renovar la historia política e intelectual chilena, incorporando dimensiones como religión, orden social, cultura y especialmente el papel de las mujeres en la construcción de la vida pública”. Además, la secretaria de Estado añadió que el jurado reconoció “su contribución en la formación de muchas generaciones de especialistas que de un modo u otro han continuado también con su agenda intelectual, que se extiende más allá de su propia obra”.

¿Qué piensa cuando le comentan que es la segunda mujer que gana el galardón en toda su historia?
Es un dato que me interpela. A las mujeres nos ha costado más acceder, no solo a este Premio, sino a oportunidades equivalentes a los varones en la universidad, en la vida profesional y en otros ámbitos. Mi propio trabajo ha intentado mostrar ese proceso. Sin embargo, no me parece que un premio de historia deba responder a una lógica de acción afirmativa sino a la validación de una obra historiográfica y al cumplimiento del rol público que valida socialmente ese trabajo.
El jurado destacó su aporte a la renovación de la historia política e intelectual chilena. ¿Qué cree que cambió en nuestra manera de hacer historia desde que usted comenzó su carrera hasta hoy?
Ha cambiado muchísimo. Cuando comencé, la historia política estaba todavía muy concentrada en las instituciones, los partidos, las élites y los grandes acontecimientos. Con el tiempo fuimos ampliando las preguntas y también los sujetos de la historia. La historia política comenzó a dialogar con la historia social, cultural e intelectual, y pudimos preguntarnos por actores que habían permanecido fuera del relato tradicional, entre ellos las mujeres. Eso ha sido enormemente enriquecedor. Al mismo tiempo, hoy veo un problema. Las exigencias de validación de la carrera académica, especialmente en materia de publicaciones, han impulsado una especialización que a veces atenta contra el despliegue de una vocación de investigación más amplia. Se escribe mucho para otros especialistas y no siempre para una sociedad que necesita comprender históricamente sus problemas.
Usted ha abordado el rol de las mujeres en los siglos XIX y XX publicado recientemente Feminismo: un concepto necesario para la historia de las mujeres en Chile. ¿Por qué considera que el concepto de “feminismo” es necesario para escribir la historia de las mujeres en Chile?
Porque el feminismo como concepto ha acompañado el recorrido de las mujeres como agentes de cambio a lo largo de nuestra historia. No lo entiendo como un concepto fijo. Precisamente, por su carácter histórico, contingente y polisémico, permite identificar la participación y las luchas de las mujeres en los distintos contextos en que le correspondió actuar. Por eso me interesa hablar de feminismo históricamente. No podemos exigir a una mujer del siglo XIX que pensara como una feminista del siglo XXI para reconocer su agencia. Hubo mujeres católicas, liberales, obreras, laicas, que desde lugares muy diferentes fueron ampliando los límites de aquello que les estaba permitido hacer y pensar. El concepto de feminismo nos permite recuperar esa diversidad sin imponer al pasado nuestras categorías actuales.

Una parte fundamental de su obra ha sido recuperar el papel de las mujeres en la historia. ¿Qué personajes o procesos cree que la historiografía chilena todavía tiene pendientes de mirar?
Más que hacer una lista de personajes, me parece fundamental continuar visibilizando la agencia de las mujeres en procesos históricos en los cuales estuvieron presentes, pero no siempre fueron reconocidas como sujetos capaces de interpretarlos y transformarlos. Me interesa especialmente identificar los impedimentos que han existido para validar la capacidad de las mujeres de interpretar su propia experiencia vital y definir autónomamente sus necesidades. Eso implica también no escribir una historia de las mujeres exclusivamente como víctimas. Las mujeres han vivido desigualdades y formas de subordinación, pero han sido también agentes históricos. Han negociado, resistido, creado asociaciones, intervenido en el espacio público y utilizado incluso los márgenes que la sociedad les dejaba para ampliar su capacidad de acción. Recuperar esa agencia me parece una tarea todavía muy necesaria.
¿Cree que el actual debate feminista conoce suficientemente la historia de las luchas de las mujeres en Chile?
Creo que hay que distinguir entre el debate feminista actual y la historia de las luchas de las mujeres en Chile. El primero tiene sentido en la medida en que identifica las brechas de género existentes aún en el país. Pero precisamente por eso necesita conocer su historia. A veces existe la tentación de pensar que las luchas actuales comienzan con nosotros. La historia muestra que no es así. Las mujeres han buscado ampliar sus espacios de autonomía, educación, trabajo y ciudadanía desde lugares muy distintos y mucho antes de que algunas de esas demandas recibieran siquiera el nombre de feminismo. La historiografía debe contribuir a recuperar esas experiencias sin anacronismos y sin construir una trayectoria lineal que inevitablemente conduzca al presente. Conocer esa diversidad histórica también puede enriquecer el feminismo contemporáneo.

Después de una larga trayectoria, ¿qué temas o preguntas históricas le siguen interpelando o le gustaría abordar en el futuro?
Más que un tema específico, me sigue interesante la pregunta: ¿para qué sirve el conocimiento que producimos? Me interesaría continuar en la línea de un trabajo intelectual que ponga en circulación ideas capaces de iluminar la realidad y repercutir en otros; un conocimiento que no sea autorreferente ni quede encerrado en la universidad, sino del cual las personas puedan apropiarse en un sentido social.
¿Cómo ve usted actualmente a la historiografía chilena?
Tenemos una historiografía muy profesionalizada y con investigaciones de enorme calidad. Pero creo que está demasiado concentrada en la producción destinada al mercado académico y bastante alejada del debate público sobre cuestiones en las cuales podría hacer una contribución importante. La historia tiene una capacidad que me parece especialmente necesaria hoy: otorgar espesor histórico a la realidad. Nos permite poner en relación pasado y presente y abrir un horizonte hacia el futuro. No parece posible formar buenos ciudadanos, respetuosos del valor de la convivencia democrática y de la tolerancia, si les negamos ese espesor que permite comprender la complejidad de la realidad, los comportamientos consuetudinarios, los códigos culturales y las identidades colectivas. Por eso me preocupa una historiografía que se vuelva autorreferente. La especialización es indispensable, pero no debería hacernos renunciar a nuestra responsabilidad de intervenir en la conversación pública. La historia no está para dictar al presente lo que debe hacer, pero sí para ayudarlo a comprender cómo llegó a ser lo que es y, desde allí, imaginar también aquello que puede llegar a ser. Todo lo anterior se relaciona con el valor de las humanidades para formar un pensamiento crítico que nos permita comprender la sociedad en que vivimos.
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