Isidora Salazar, hermana de un niño adoptado ilegalmente en dictadura: “Descubrir que el causante era mi abuelo fue todavía más doloroso”
A los 22 años, heredó una historia que comenzó antes de que ella naciera: la de un hermano vendido al extranjero. Entre documentos, exámenes de ADN y reencuentros familiares, hoy intenta comprender cómo una decisión tomada hace cuatro décadas sigue modelando la vida de quienes quedaron en Chile. En esta entrevista, reflexiona sobre su historia y sobre el esfuerzo por reconectarse después de tanto tiempo.

Sobre la mesa de madera hay dos cosas que Isidora Salazar pone antes de saludar: una fotografía y un documento doblado con cuidado. La fotografía muestra a un bebé sostenido en brazos por un hombre que no es su padre. El bebé mira hacia ninguna parte con los ojos entrecerrados, cegado por la luz del flash. Abajo, un nombre en inglés: John Erwin. El documento es un certificado de nacimiento chileno, amarillento, donde se lee otro nombre: Aquiles Manuel Salinas. Son el mismo niño. Son dos vidas que durante años no supieron la una de la otra.
“El catálogo”, dice Isidora, y en esa palabra cabe toda la indignación. Porque eso era: un catálogo. Una especie de revista donde bebés aparecían ofrecidos como mercancía, con nombre en inglés y fotografía tipo retrato de estudio, listos para ser elegidos por familias norteamericanas con dinero y ganas de comprar un hijo. Su hermano John era uno de esos bebés.

Isidora tiene 22 años y estudia Ingeniería Civil Industrial en la Universidad Diego Portales (UDP). Es delgada, de pelo oscuro y mirada directa, con esa forma de hablar pausada de quien ha contado esta historia varias veces, pero todavía no le pierde el peso. Habla con las manos quietas sobre la mesa, excepto cuando nombra a su abuelo: ahí los dedos se tensan y la voz baja un tono; la rabia parece costarle más sostenerla que el dolor.
La entrevista ocurre en el Starbucks de la Biblioteca Nicanor Parra. Es lunes por la mañana y hay ruido de fondo, estudiantes con audífonos, el sonido intermitente de la máquina de café. Isidora no parece incómoda con el ambiente. Llegó puntual, con los documentos ya listos, con la decisión ya tomada de mostrarlos.
Tiene tres hermanos que crecieron con ella: Camila (38), Jaime (32) y Florencia (21). Pero desde enero de 2019 sabe que también tiene a John, de 41 años, fisioterapeuta en Texas, hijo de su madre Paola Salinas cuando esta tenía 15 años y que fue vendido al nacer por el propio padre de Paola, Jorge Salinas, quien trabajaba en una ambulancia del Hospital Paula Jaraquemada, uno de los establecimientos que figura en los registros de las adopciones ilegales durante la dictadura de Pinochet.

La historia terminó encontrando a la familia a través de una cadena de coincidencias difíciles de imaginar: Nicolás Díaz, un periodista que resultó ser primo quinto lejano de Paola, apareció en la base de datos genética 23andMe porque John -criado en Estados Unidos y sintiéndose siempre distinto a su familia adoptiva- se había realizado un examen de ADN a los 13 años buscando respuestas. Veinte años después, el ADN lo encontró. Y Nicolás, sin saber casi que existía ese parentesco, terminó convirtiéndose en el eslabón que unió los dos mundos.
Isidora abre el certificado de nacimiento con cuidado, con una delicadeza casi ritual, aunque se nota que ya lo ha hecho muchas veces. Sentada en esta cafetería universitaria, habla de adopciones ilegales, exámenes de ADN y silencios familiares mientras a pocos metros otros estudiantes conversan sobre pruebas, trabajos grupales o revisan apuntes en sus computadores. La escena resulta extraña: una joven de 22 años intentando proyectar su futuro mientras ordena, al mismo tiempo, una historia familiar marcada por uno de los capítulos más brutales y silenciosos de la dictadura.
A ratos, mientras habla, parece olvidar que está contando algo extraordinario. Hace pausas para tomar café, mira el celular cuando vibra y acomoda los papeles sobre la mesa como cualquier estudiante universitaria preparando una exposición. Pero después vuelve a nombrar a John o a su abuelo, y la conversación regresa de golpe a una historia imposible de volver cotidiana.
—¿Cómo fue ese momento en que te enteraste de que tenías un hermano mayor?
—Yo venía llegando de vacaciones y ya sospechaba que algo pasaba, porque mi mamá y mis hermanos mayores nos dijeron que querían hablar apenas llegáramos. Nos reunimos todos en la casa: Camila, Jaime, Florencia, yo y mi mamá. Fue ahí cuando nos contaron que había un hermano más. Yo en ese momento pensé que mi mamá estaba embarazada. Pero nos empezaron a contar que ella quedó embarazada a los 15 años, que tuvo a John el 9 de junio de 1985 y que mi abuelo decidió venderlo a una familia estadounidense. Fue un shock de emociones para el que no había palabras.
—¿Qué pasó exactamente en el hospital el día que nació John?
—Mi mamá pudo estar cuatro días con él. Después le dijeron que se lo iban a llevar para revisarlo, la separaron y, cuando volvió, su papá le dijo: “Tu hijo va a tener una mejor vida”. Y eso fue todo. Tres meses después, John estaba en Estados Unidos. Mi mamá no sabía nada más. No tenía el nombre de los padres adoptivos, no sabía a dónde lo habían llevado exactamente. Solo rumores en la villa de que quizás estaba en Estados Unidos.
—Al saber que fue tu propio abuelo quien vendió a John, ¿cómo procesaste eso?
—Fue lo más difícil. Con un extraño quizás hubiera sido más fácil en algún sentido, porque es ajeno. Pero tu abuelo es familia. Y además fue un abuelo que nunca estuvo presente en nuestras vidas, porque mi mamá se distanció de él sin que nosotros supiéramos bien por qué. Ahora lo entendemos. Hay una rabia muy grande. Cuando John llegó a Chile y preguntó por él, solo quiso ver una foto. No quería más relación. Y yo lo entiendo perfectamente.
—¿Reconoces en tu mamá, mirando hacia atrás, señales de ese dolor que ella cargó en silencio durante décadas?
—Sí, muchas. Era muy sobreprotectora con nosotros, no quería que nadie nos tomara ni nos diera abrazos. Cuando nació Jaime, como fue hombre, fue todavía más sobreprotectora, y no quería que pasara lo mismo. También entendimos por qué en ciertos meses -abril, mayo o junio- ella desaparecía, se mostraba más débil o lloraba en silencio. Ahora nos pidió perdón por esas actitudes, pero yo le dije que no hay nada que perdonar.
—¿Cómo fue el reencuentro físico cuando John llegó a Chile en agosto de 2022?
—Pensé que a mi mamá le iba a dar un ataque, estaba muy eufórica. Fuimos todos al aeropuerto, con Luis también, el papá biológico de John, porque mi mamá nunca perdió contacto con él. El primer abrazo fue muy largo y apretado. En ese momento te das cuenta de que la sangre en verdad tira.

Durante semanas, Paola Salinas preparó la llegada de John como si intentara recuperar cuarenta años en una sola visita. Ordenó fotografías antiguas, pensó qué comidas chilenas podía cocinarle y organizó panoramas para cada día de esa semana. Quería mostrarle Viña del Mar, los viñedos, el embalse del Yeso y también a la familia que quedó en Chile esperando conocerlo. Había ansiedad, pero también una necesidad silenciosa de compensar el tiempo perdido. “Fue como querer poner cuarenta años en siete días”, dice Isidora.
—¿Qué implica para ti, a nivel personal, estar vinculada a una historia que forma parte del robo sistemático de bebés durante la dictadura de Pinochet?
—Me cambió el rol. Ahora siento que tengo una responsabilidad de visibilizar esto, porque está muy silenciado. A través de la agencia Nos Buscamos, que agrupa a muchas familias que están en lo mismo, mi mamá participa mucho en marchas y siempre está en busca de financiamiento del Estado para estas búsquedas. Hay familias del sur, de campo, que han tenido más dificultades. Hay personas cuyos hijos aparecieron en Noruega o Suiza. Y hay otros que supieron que sus hijos murieron. No todos tienen el mismo final que nosotros tuvimos, y eso pesa.
—A los 22 años, ¿qué te dejó esta historia en tu manera de entender la familia y la confianza?
—Me enseñó que una herida familiar puede hacer daño durante años, incluso en silencio. Y también me enseñó a trabajar la figura masculina que no fuese mi hermano Jaime, porque en nuestra familia el hombre ha sido un bache: mis propios asuntos con mi papá ya que mis padres están separados y los problemas con mi abuelo. Para mí ha sido aprender a relacionarme con esa figura, a confiar. Eso es lo que más me ha costado y lo que más me ha dado de qué reflexionar.
Isidora dobla el certificado de nacimiento con el mismo cuidado con que lo abrió y lo guarda junto a la fotografía del catálogo. Son los únicos documentos que conectan a Aquiles Manuel Salinas con John Erwin.
Afuera de la biblioteca, la calle sigue su ritmo de lunes. Isidora se cuelga su cartera al hombro. Tiene clases después. Dice que su mamá está reuniendo dinero para viajar a Texas en agosto, o que quizás John venga antes. “Por ahora WhatsApp”, dice, y en esa frase cabe la distancia de cuarenta años reducida a una pantalla.
La historia de su familia no termina aquí. Tampoco termina bien del todo, porque hay una abuela que se fue a la tumba sin decirle a su hija dónde estaba su hijo, un abuelo que aún vive y con quien nadie quiere tener relación, y un Estado que todavía no ha juzgado sistemáticamente lo que ocurrió en hospitales como el Paula Jaraquemada durante la dictadura.
Pero hay también una madre que empezó a aprender salsa porque John baila salsa. Con el tiempo, John dejó de sentirse como una historia lejana o como el hermano perdido del que todos hablaban con cuidado. Empezó a ocupar un lugar cotidiano dentro de la familia. Hoy comparten videollamadas, grupos de WhatsApp y enlaces de las competencias de pesas en las que participa desde Estados Unidos. Hay cinco hermanos que ya se cuentan como cinco. Y hay una fotografía de catálogo sobre una mesa de Starbucks que ya no le pertenece al anonimato.
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