Las placas íntimas de Aurora: imágenes de un Chile que ya no existe
Durante décadas, las fotografías de Aurora Badilla de Calvo permanecieron guardadas en la memoria familiar. Hoy, sus placas de vidrio -tomadas entre 1894 y 1925- permiten reconstruir no solo la vida de una de las primeras fotógrafas aficionadas de Chile, sino también los rostros, costumbres, espacios y escenas de un país que ya desapareció.

“Hacer imágenes es un acontecimiento en sí mismo” - Susan Sontag.
Las fotografías siempre habían estado ahí: en blanco y negro, posadas, mostrando a algún miembro de la familia. Eran parte de la decoración del hogar, de las historias sobre la primera mitad del siglo XX en Chile y, quizás por eso, nadie le había tomado el peso a la producción de Aurora Badilla de Calvo. Hasta que un amigo a quien le gusta conocer el pasado, los árboles genealógicos y los ancestros de sus seres queridos le dijo:
—Supe que tu abuela, la Aurora, fue una de las primeras fotógrafas de Chile.
Carmen María Guzmán Calvo se sorprendió, cuenta. Hasta entonces, Aurora había sido simplemente su abuela, la mujer que la recibió de niña en su enorme pieza de la casa de calle Londres y que le enseñó a pintar. “Yo era la única nieta que llegaba a pintar con ella. En esa época había dejado la foto y se había dedicado a la pintura al óleo”, cuenta Carmen en su casa en Lo Barnechea.
Esa experiencia, ocurrida en 1953, fue tan determinante en su vida que hasta hoy pinta. De lo demás, tiene pocos recuerdos de su abuela, fallecida solo tres años después, en 1956, cuando Carmen era apenas una niña.
Para saber quién era Aurora, insiste Carmen, hay que hablar con su única hermana viva: María Inés Guzmán Calvo.
A sus 91 años recién cumplidos, Inés sí recuerda. Rememora con detalles cómo en la casa de Londres había una pieza escondida que había funcionado como laboratorio y, en el comedor, cientos de placas de vidrio. Se acuerda de que la cámara todavía era un objeto grande, pesado y poco habitual y que Aurora siempre pedía a su familia –primero a sus hijos, luego a sus nietos– que se disfrazaran, que posaran, que no se movieran para retratarlos. “Mi mamá contaba que era terrible y que su papá le decía: ‘Ya Aurora, deja a la niñita salir’”, comenta entre risas.

Nacida en 1879, las primeras fotografías de Aurora Clara del Carmen Badilla Padilla datan de 1894, cuando tenía apenas 15 años y casi una década antes de su matrimonio con Alfredo Calvo Mackenna. Para entonces, la fotografía llevaba poco más de medio siglo de existencia y todavía estaba lejos de convertirse en una práctica cotidiana.
Aurora, sin embargo, ya tenía su propio laboratorio, como recuerda el artículo “El pasado chileno en fotos inéditas”, publicado en La Segunda el 25 de julio de 1986: “Aurora Badilla llegó a tener estudio y laboratorio en la casa de sus padres, en Alameda con Lord Cochrane, donde se dedicó preferentemente al retrato y a la figura humana, para lo cual usó de modelos a sus hermanos. Aurora no participó en salones fotográficos ni concursos y se mantuvo en un plano familiar, siempre como aficionada”.
Una vez casada, la costumbre siguió: hacía principalmente autorretratos y escenas de la vida cotidiana, en interiores con telones de fondo, donde posaban varios integrantes de su familia. “Para nosotros era algo normal”, dice Carmen. Inés coincide: “Era su hobby”.

—De una u otra manera, fue lo suficientemente determinante para que quedara en la memoria de todos quienes la conocieron y de sus descendientes…
—Eso sí, sin dudas —afirma Carmen.
—¿Qué es, entonces, lo que recuerdan de Aurora?
Juntas, las dos hermanas arman un relato: describen a una mujer que era “bien especial, totalmente independiente”. “Hacía lo que quería e iba siempre vestida de luto, traje gris con una rayita blanca, blusa floreada, blanco con morado”, comenta Inés. Estaba atenta a cada detalle, era alegre bondadosa, presidenta de las Conferencias de San Vicente de Paul en la Parroquia de San Lázaro y directora en las ollas infantiles. Nunca estaba desocupada: cuando no era la fotografía, era la costura, el crochet o la pintura de adornos en los vestidos. Jugaba a la canasta con tres amigas, tenía una pieza “inmensa”, con muebles antiguos, escritorio, cómoda, biombo y “un millón de planchas de vidrio”.
El registro de otro Chile
Mónica Silva Guzmán no conoció a Aurora. Pero sí a su hija, la arqueóloga Mayo Calvo –conocida por la serie de entrevistas que realizó a personas de origen Mapuche a principios de la década de 1960. “Mi abuela Mayo siempre decía que su mamá tenía en su casa un taller de fotografía y cientos de negativos. También que era obligación posar para las fotos, y era casi una tortura. Por eso hay tanto registro de la familia”, comenta.

Consciente de la necesidad de que sus parientes conocieran las historias, los rostros y las tradiciones familiares, antes de fallecer a principios de los 2000, Mayo redactó con máquina de escribir dos libros. Impresos, anillados y entregados a sus seres queridos, estos contienen sus memorias, recortes de diarios, obituarios y, cómo no, las fotografías de Aurora.
En esas páginas, Mayo intentó hacer con palabras algo parecido a lo que su madre había hecho con una cámara: detener escenas antes de que desaparecieran.
Escribe, por ejemplo, sobre cómo celebraban la Navidad: “Un mes antes poníamos trigo en algodón mojado, que era la base para el adorno, y nos daba el tiempo necesario para que germinara. La mesa de billar la corríamos junto a la muralla y comenzábamos a trabajar. A grupos de libros de distintos tamaños y alturas los revestíamos de papel café para darles aspecto de cordillera y después los pintábamos simulando una cordillera nevada, y a sus pies colocábamos el pasto, que era el trigo recién salido. En el centro poníamos el nacimiento. Mi mamá estaba feliz viendo los preparativos, y dándose cuenta del esfuerzo que hacíamos. Como era muy prolija, de buen agrado nos ayudaba”.
La casa que aparece en las memorias de Mayo –de estilo art nouveau, diseñada por el arquitecto Josué Smith Solar y que desapareció después de la inauguración del metro La Moneda– era, además, un lugar atravesado por una época que hoy resulta difícil de imaginar.
“Alameda de las Delicias, como entonces se llamaba, era una avenida de grandes árboles, con tierra a su alrededor, sin pasto. Había bancos de piedra diseminados por todas partes. Corría agua por dos acequias, sin ninguna protección, y continuamente cuando jugábamos se nos perdía en ellas la pelota. Nosotras en la tarde salíamos a andar en bicicleta”, cuenta Mayo.
Al frente de la casa, detalla, había un quiosco de fierro, donde en las tardes tocaban música. “El pueblo lo había tomado como tribuna y desde allí se pronunciaban encendidos discursos, especialmente de los partidarios de don Arturo Alessandri Palma, a quien llamaban el León de Tarapacá”, añade. Cuando oscurecía, un hombre recorría la avenida encendiendo los faroles del alumbrado público. Tiraba de una pequeña cadena que colgaba de cada poste para prender la luz.
También estaban los vecinos: los Amunáteguis –incluyendo el escritor e historiador Miguel Luis–, y los poetas Diego Dublé y Vicente García Huidobro.
Hubo también los largos viajes en barco a Europa. En uno de ellos, la familia conoció al papa Pío X. “Según mi mamá, en él se notaba una bondad y una santidad tan especial que era como algo sobrenatural”, escribe Mayo.
Es a través de esos detalles que Mayo reconstruye el mundo en el que creció. Y es también a través de ellos que las fotografías de Aurora pueden empezar a mirarse de otra manera.

María Soledad Abarca, directora de la Biblioteca Nacional de Chile, especializada en conservación y restauración y con un máster en preservación de fotografía, enfatiza en que la fotografía es un documento patrimonial “porque sí documenta un momento en la historia”, ya sea la historia común o la privada, de una familia.
Las placas de Aurora pertenecen a una etapa en que fotografiar todavía requería tiempo, conocimientos y equipamiento. Eran negativos de gelatina sobre vidrio, de gran formato, muy distintos de las cámaras pequeñas y accesibles que llegarían después. Exigían que las personas permanecieran quietas durante largos segundos para conseguir una imagen nítida. De ahí las poses rígidas, los interiores cuidadosamente preparados y los escenarios que aparecen una y otra vez en las fotografías de fines del siglo XIX y comienzos del XX.

“Por eso es importante: aunque sea una foto del siglo XIX de una persona desconocida, obtienes información del vestuario, de formas de vida, de la tecnología de ese momento según la técnica fotográfica, etc. Esas claves dan cuenta de su época”, sostiene María Soledad.
“Obviamente, para una familia tener un álbum de sus familiares tiene un valor; pero cuando esas imágenes llegan a colecciones de museos y bibliotecas, adquieren estos otros valores vinculados a la época de producción, los códigos visuales, las materialidades y los medios de producción y circulación”, agrega.
- ¿Qué cambia en nuestra comprensión de la historia de Chile cuando recuperamos archivos producidos por mujeres como Aurora que, en su momento, no fueron visibilizadas?
—Ella no tenía estudios, era una fotógrafa aficionada. Eran prácticas súper íntimas. Yo creo que siempre es interesante cuando la fotografía se circunscribe a un mundo íntimo y se mira con la perspectiva de los años. Se vuelven importantes porque te muestran un mundo que ya no existe: la ropa, el peinado. Al mirar estas fotos encuentras muchas claves para estudiar cómo se adornaban las casas, cómo se vestían. Ahora bien, se ve que ella (Aurora) era una persona con una gran sensibilidad artística por la composición de sus fotos.

En eso coincide la fotógrafa y artista visual Julia Toro. A través de su hijo Mateo Goycolea, le enviamos algunas imágenes de Aurora. “Se interesó y la encontró muy buena. Mi mamá con ese tipo de juicios es como o le gusta o no le gusta, y en este caso le encantó, la encontró muy buena fotógrafa”, comenta.
El legado
Tataranieto de Aurora, Nicolás Guzmán Silva tomó la decisión de hacer algo con el acervo familiar. Es, de cierta manera, una forma de rendir homenaje a Mayo, con quien vivió y de quién escuchó muchas historias sobre la fotógrafa de la familia.
“Tanto Aurora como Mayito fueron mujeres muy adelantadas para sus tiempos, muy poco comunes en nuestra sociedad. Eran disruptivas, abocadas a sus pasiones y, pese a todo, sencillas. Pero en la familia veían lo que hacían como algo curioso, anecdótico quizás, pero no más que eso, porque todos estábamos insertos en esa realidad”, comenta.
Los últimos años, pasó algo más: Nicolás empezó a escuchar a sus primos más chicos hablando de Mayo o de Aurora como si nunca hubiesen existido. Como si la mujer que entrevistó a personas mapuche y la mujer que vivía en una casa gigante y fotografiaba a todos fueran personajes de ficción. “Es absurdo, porque hay información real y tangible de ellas”, comenta, señalando el libro anillado que hizo su bisabuela y que ahora está sobre la mesa, entre él, Carmen e Inés.

Su idea es hacer una nueva versión del libro de Mayo, más profesional, para la familia. Pero hay algo más: en 2025 entró en contacto con la fundación En terreno –especializada en patrimonio fotográfico chileno– para saber cómo cuidar las decenas de negativos sobre vidrio que tiene de su tatarabuela. Por ahora, los tiene en una caja amarilla sellada, lejos del sol o del calor, en sobres. Pero también pudo digitalizar algunas de esas imágenes, que ilustran este reportaje.
Aun así, cree que es poco: “Siento que como familia tenemos una responsabilidad con todo eso”. Es posible que esa sensación la haya heredado de Mayo, quien en sus relatos puso: “Me he referido al hobby de mi mamá, que era la fotografía. Cuándo se me habría ocurrido que con el paso del tiempo esta actividad suya que me parecía tan intrascendente me reportaría orgullo y tanto agrado, ya que ahora se le han reconocido sus méritos”.
Al texto le sigue una carta datada en 4 de enero de 1985 por el entonces director del Museo Histórico Nacional, Hernán Rodríguez Villegas, que agradece la “valiosa donación” de 130 placas negativas de vidrio tomadas por Aurora Badilla de Calvo entre 1894 y 1925: “Este conjunto de imágenes representa un importante testimonio documental de nuestro pasado y da cuenta del alto nivel profesional alcanzado por su autora. Esperamos que en un futuro puedan exhibirse estas imágenes y agregar el nombre de Aurora Badilla a la historia de la fotografía en Chile”.

Mayo, mientras tanto, recordaba a su madre de otra manera: “Las cosas de la vida: a los setenta años mi mamá se puso a pintar y dejó muy buenos cuadros. Recuerdo que me dijo: ‘No pierdan el tiempo en la fotografía. Yo debía haberme dedicado a la pintura mucho antes’”.
En la familia imaginan cómo sería una exposición que permitiera reunir las placas de vidrio, las fotografías digitalizadas y los cuadros que Aurora pintó en sus últimos años. “Tenemos que transmitírselo a las personas”, dice Mónica.
Carmen coincide, aclarando que “no es por el ego” de que sea su abuela. Sino “porque muestra una parte de la historia de nuestro país, de costumbres, de una época”. Inés sonríe solo de imaginarlo: “Qué bonito, qué bonito”.
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- Amanda Marton Ramaciotti, es académica de escritura creativa Universidad Andrés Bello. La producción Periodística de este reportaje estuvo a cargo de la estudiante de Periodismo de la Universidad Andrés Bello, Constanza A. Martí
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