Opinión

Retomar la ruta del progreso

Concesiones.

En vísperas del feriado de Fiestas Patrias, vale la pena recordar que hasta hace no mucho tiempo, quienes viajaban al sur de Chile desde la capital vivían una odisea en tiempos de traslado. Más de 2 horas y media de viaje para llegar recién a la altura de San Fernando o más de cuatro a Talca, siempre y cuando el tráfico por la entonces carretera de una vía por sentido, algún accidente o la habitual congestión al cruzar Rancagua sin bypass, no extendiera estos tiempos hasta el doble o más, o llevara a los conductores a parar en el Lomito’n, el Juan y Medio, Soler u otro local, más que por gusto por obligación para recargar energías y continuar la travesía.

Gracias al modelo de concesiones, esa realidad cambió radicalmente y, hoy, a pesar del fuerte aumento del parque automotriz que plantea nuevos desafíos, los tiempos de traslado se han reducido, ofreciendo mayores comodidades y seguridad a las familias, junto con condiciones más eficientes y competitivas para nuestra economía.

Algo similar ocurrió en ámbitos como los servicios sanitarios, donde pasamos de tratar cerca del 15% de las aguas servidas a fines de los 90, a superar el 90% en la actualidad y lograr cifras similares en acceso a agua potable. Un avance que también se plasmó en logística portuaria, en infraestructura hospitalaria, o en educación, a través de los establecimientos particulares subvencionados. Por décadas, el Estado de Chile logró resolver problemas sociales utilizando la misma receta: la colaboración del sector privado.

Sin embargo, a pesar de tener fresca en la memoria una solución que funcionaba, con el tiempo la política fue guardándola en el último cajón de la gaveta y denostando la mera idea de que el sector privado, desde sus propias fortalezas y experiencia, podía aportar a dar solución a varios de los problemas que enfrentamos. Desde la educación -donde los puntajes de la última prueba PISA refutan, nuevamente, la vieja creencia de que más recursos públicos generan mejores resultados-, a la salud o, incluso, seguridad.

En este último punto, un ejemplo a analizar es el Sistema Integrado de Teleprotección con Inteligencia Artificial (SITIA), en el que colaboran Carabineros, la PDI, la Fiscalía, municipalidades, empresas del retail y autopistas, para integrar más de dos mil cámaras de seguridad públicas y privadas, brindando a las policías mejores herramientas para la prevención y persecución de delitos. Como decía: la receta la conocemos, sólo hay que emplearla.

Los diagnósticos específicos están más que claros y las medidas para abordarlos están siendo debatidas en el Congreso o se aprobaron en el Plan Nacional de Reconstrucción: un sistema tributario más competitivo, menor burocracia estatal para promover la inversión, incentivos a la captación de capital, mayor adaptabilidad en el mercado laboral, entre otros. No obstante, mientras perdure la idea de que el Estado y el sector privado son antagonistas y que es el primero, de forma exclusiva e inexorable, el llamado a atender los desafíos de la sociedad, será imposible que el país ofrezca mejoras sustantivas en la calidad de vida y en las oportunidades para todos los ciudadanos.

La empresa privada tiene cualidades que son complementarias al rol del Estado, si no se la limita ideológicamente sólo a brindar recursos por la vía del pago de impuestos. De partida, ofrece innovación, agilidad, recursos, capacidad de gestión, accountability, tecnología, integración de información, entre muchas otras virtudes que vienen a subsanar falencias del Estado. Este, a su vez, ofrece capilaridad, conocimiento, capacidad y obligación de priorización y focalización, entre otros.

Cuando el Estado va sólo, rara vez logra mejores resultados que cuando opera con el sector privado como socio. Los más críticos dirán que las concesiones bajaron los tiempos de traslado, pero a un elevado costo; o que los colegios particulares subvencionados obtenían mejores resultados porque segregaban; o que la salud privada es mejor pero a valores inaccesibles para muchos. Algunos de estos argumentos pueden tener asidero, mientras otros se sostienen a la fuerza sobre añoranzas ideológicas. Pero para los primeros, la respuesta es clara: avancemos juntos y vayamos atendiendo los nuevos desafíos a medida que los enfrentemos. La inmovilidad por temor o desconfianza sólo termina perpetuando las carencias actuales y alejando las soluciones posibles.

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