Por Felipe RetamalPateando Piedras, 40 años del disco que hizo grandes a Los Prisioneros
El segundo álbum del trío apareció en septiembre de 1986 y cambió las reglas del juego: máquinas, sintetizadores y una nueva estética para canciones que hablaban del desempleo, la desigualdad y la vida cotidiana. Cuatro décadas después, nombres de la música chilena analizan como sonó aquella transformación que los llevó lejos, a conquistar Latinoamérica.

Entre los miles de jóvenes con jeans nevados y camisas cuadrillé que llegaron al Estadio Chile (hoy Víctor Jara) la tarde del 2 de noviembre de 1986, estaba un joven Chalo González. El ahora reputado ingeniero de sonido con largo recorrido en la música chilena, tenía por entonces 16 años y había comprado una entrada para a ver a Los Prisioneros, que se presentaban con su nuevo disco, el electrónico Pateando Piedras. “Yo ya había quedado medio impresionado con La voz de los ’80”, dice al teléfono con Culto. “Como todos los jóvenes de clase media, éramos muy sensibles a cualquier cosa que hicieran Los Prisioneros en ese momento, porque sonaban muy diferente a todo lo que había entonces”.
Para Chalo, el trío de González, Narea y Tapia era especial. Fue el primer grupo de rock chileno que vio en vivo en su colegio, el Miguel León Prado de San Miguel, la misma comuna de la que emergió el conjunto. Por ello, no dudó en ir a verlos al Estadio Chile. “Fue como una isla en un mar de represión e inseguridad. Esa catársis en el Estadio Chile es inolvidable para quien haya ido”, recuerda. “Antes de eso, la banda tenía un peregrinar medio underground en kermeses y colegios. Pero cuando salen al escenario del Estadio Chile y tocan Muevan las industrias, tú estabas viendo a una banda europea: salieron con otra pinta, iluminación, sonido y equipos. A mí ese concierto me cambió la vida”.
Lanzado por el sello EMI el 15 de septiembre del “año decisivo”, Pateando Piedras fue el segundo disco del trío. Su impacto fue tal que les amplió su base de público en un momento pivotal para su carrera. “Marcó un antes y un después en esa historia inicial de Los Prisioneros porque fue el álbum que los llevó a convertirse en la banda chilena más importante de ese momento gracias a sus hits como Por qué no se van o El baile de los que sobran”, explica Alejandro Tapia, autor de Ya viene la fuerza: Los Prisioneros 1980-1986.

A la vez, el álbum presentó una peculiar propuesta musical que marcaba un radical cambio de sonido, al pasar del formato clásico de guitarra, bajo y batería que sonó en el memorable debut, La voz de los ’80, al universo plástico de teclados y baterías programadas. En el Chile de Sábados Gigantes y el Festival de la Una, el trío se proponía sonar moderno. “Pateando Piedras inaugura una modernidad en Chile que no habíamos visto”, dice Julio Osses, autor de Exijo ser un héroe, la historia de Los Prisioneros. “Era una modernidad que ya estaba insinuada en La voz de los ’80, pero Pateando Piedras la lleva a su extremo y la consolida”.
Por supuesto, resultó decisivo para la figura de Jorge González, quien desarrolló buena parte del trabajo compositivo. “Yo destaco que con este disco él se posiciona como el mayor compositor de la década y, con el tiempo, uno de los mayores compositores de la historia de la música chilena, porque este disco es trabajado especialmente por él, junto con Miguel”, sentencia Emiliano Aguayo, autor de Maldito Sudaca: Conversaciones con Jorge González. “Y fue como un dos por uno, porque gracias a la popularidad y al lanzamiento de Pateando Piedras, de alguna manera eso hace que la gente empiece a escuchar más La voz de los ’80 que había sido un fenómeno más de boca a boca”.
A tono con la época, el disco comenzó a circular en cassette. Así lo escuchó por primera vez el músico chileno Pablo Ilabaca. “Lo conocí gracias a mis hermanos, porque tenían el cassette, incluso a mis padres les gustaban mucho Los Prisioneros”, recuerda. Oriundo de Gran Avenida, Ilabaca recuerda que los sanmiguelinos eran considerados una suerte de ídolos locales. “Para la gente de la zona, que Los Prisioneros vivieran en la Gran Avenida era un orgullo. Entonces para nosotros ellos siempre fueron nuestros padres mayores”. También pudo verlos cuando fueron a tocar a su colegio, el Don Bosco. “Fueron a tocar el disco Pateando Piedras y a Jorge se le echó a perder un teclado o una batería electrónica, entonces dijo ‘voy a ir a mi casa a buscar otra’. Entonces fue a buscar otra a su casa y volvió al colegio. Excelente disco”.
Por entonces era un niño, pero el cantautor Pedropiedra tiene un recuerdo sobre el álbum. “Yo igual era chico, tenía 8 años cuando salió, pero me acuerdo de Muevan las Industrias, creo que sonó mucho en la radio”, dice. Ya por entonces prestaba atención a los detalles de las letras. “Siempre me llamó la atención el ‘voy a llegar a la gran máquina’, el ‘González ni Tapia’ [de Por qué no se van], ‘barro más cemento’ [de El baile de los que sobran], todas las letras de Jorge González me han marcado. El peso que le imprime a las palabras de uso cotidiano”.

También siendo un niño, el ahora músico y compositor de Los Bunkers, Francisco Durán pudo ver a Los Prisioneros a fines de los ochenta. Fue el primer concierto de rock de su vida. “Tuvimos la fortuna de verlos el año ’87 en la Ferbio, en Concepción”, cuenta a Culto. “Yo tenía 5 años, nos llevaron nuestros padres y a propósito del disco Pateando Piedras, tengo el recuerdo muy vivo de ir saliendo después del concierto con toda la gente, que iban cantando las canciones, iban cantando Muevan las industrias, ¿Por qué no se van?, eso lo tengo como muy presente. Ese disco lo conocí muy chico, debe haber habido un cassette pirateado en la casa, porque no recuerdo haberlo tenido original por lo menos en esa época, pero sí cachábamos por supuesto todas las canciones”.
Algo similar vivió Piero Duhart. En sus días de infancia en la capital del Biobío, el hombre de la voz y la guitarra en De Saloon escuchó aquel álbum por primera vez . “Es un disco que llegó a mi casa por mi hermano mayor”, recuerda. “Él tiene un par de años más que yo y seguro él tuvo acceso primero que yo a Los Prisioneros y llegó con ese cassette a la casa. Me acuerdo que era un cassette blanco, lo escuchaba muchísimo, me encantaba mucho ese disco. Y no se puede dejar de destacar lo iluminado y lo perspicaz que era Jorge González en las letras, esas letras tan tan inteligentes, tan agudas”.
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Desde el arranque con los dramáticos teclados graves de Muevan las Industrias, el álbum marcó un salto adelante en la propuesta artística del trío. “Todas las canciones son buenísimas, siempre con un espíritu muy pop, el sonido electropop que apareció en este disco, todas las canciones con muy buenos estribillos”, analiza Piero Duhart. “Uno tampoco obviamente puede pasar por alto que vienen himnos clásicos de la música chilena como El Baile de los que Sobran, Quieren Dinero, pero también tenía un lado más oscuro. Había canciones como Estar Solo, que me encantaba, o Por Favor. Entonces, claro, es un disco imprescindible para la música chilena”.
El bagaje de grabar muchísimos discos le permite a Chalo González trazar unas claves musicales a la hora de escuchar a Pateando Piedras. “En la producción se siente levemente precario porque no le habían sacado todo el rollo a las máquinas. Jorge hizo cambiar de estilo a la banda radicalmente, y aunque a Claudio [Narea] no debe haberlo tenido tan contento, esos golpes de timón estéticos y sonoros de Jorge hacen que algo suene raro al principio y después se haga un clásico. Abordan temas súper punkies y brígidos, como Quieren dinero y ¿Por qué los ricos?, mostrando un resentimiento social muy potente sobre un sonido donde las máquinas se sienten algo indefensas y las guitarras rockabilly quedan medias solas”.

Lo cierto es que Jorge González mostró un temprano interés por las máquinas incluso desde los días de La Voz de los ’80. “Él empieza a trabajar con unos teclados pequeños y después con los ingresos que ellos van obteniendo con sus tocatas y con lo que pasa con el primer disco, se compran los teclados Casio, baratos, que era lo que tenían más a la mano, y que finalmente le dan a Los Prisioneros un sonido muy distintivo”, dice Alejandro Tapia.
Por lo demás, se trataba de un interés generacional, en tiempos de raros peinados nuevos, pantalones amasados y hombreras. Lo recuerda Miguel Conejeros, por entonces integrante de Pinochet Boys y luego un destacado exponente de la electrónica nacional con su proyecto Fiat 600. “Ciertamente había una búsqueda por el lado del synth pop o el tecno pop, que viene de toda la movida new wave y todos esos grupos anglos, europeos que escuchábamos”, dice al teléfono con Culto. “Claramente estábamos mirando esos sonidos que venían de allá. Y claro, estaban los Electrodomésticos investigando eso, los Aparato Raro, nosotros mismos y el Jorge, con este disco, fue el primero que lo materializó. A mí siempre me gustó”.
Para Miguel Tapia, quien escuchaba Yazoo a escondidas, esa influencia fue decisiva. “Ya llegado este segundo disco quedó más clara la influencia que teníamos de estos grupos, canciones como Muevan las industrias tienen mucho de ese sonido más Depeche Mode. Nosotros sampleamos los balones de gas y le bajamos la afinación, y quedaron sonando como fierro. Empezamos a descubrir los samplers, los teclados, las secuencias y fue otro mundo, muy jugado”, contó a este medio.
La historia también cruza a Miguel Conejeros con Pateando Piedras. Suya era la caja de ritmos Körg en la que González trabajó la primera maqueta de El baile de los que sobran. La había adquirido, junto a un Roland SH-101, con el dinero obtenido de la venta de un Fiat 600. “Nosotros ya conocíamos a Jorge y hacíamos un cambio porque el Jorge estaba muy interesado en programar cosas”, recuerda. “Y nos pidió esa batería electrónica, entonces él nos prestaba un amplificador que tenía tres entradas, nos enchufábamos ahí y tocábamos. En esa época íbamos y veníamos con instrumentos por Gran Avenida”.
El sonido maquinal que cruza el disco también se entrelaza con guitarras eléctricas y acústicas. “Si algo me llama la atención del disco, es el equilibrio que tiene entre la apertura que es Muevan las industrias, que es muy techno con esos balones de gas que le grabaron, versus temas como El baile de los que sobran, que tiene una guitarra y es muy humano. Quieren dinero también tiene esa guitarra de Narea que es muy buena. También Por qué los ricos, tiene harta guitarra y bajo”, analiza Pablo Ilabaca.
Los temas más exitosos le permitieron una llegada con el público y mostró la capacidad de reinvención del grupo. Aunque los prejuicios sobre Los Prisioneros persistieron por un tiempo. “Algunos músicos siguieron mirándolos con una mirada crítica, un poco ninguneándolos”, apunta Alejandro Tapia. “Recién cuando canciones como El baile de los que sobran o Muevan las industrias, se hicieron hits, ahí como que los contemporáneos a ellos repararon que en realidad Los Prisioneros se habían reinventado”.

Además de los prejuicios, la elasticidad tonal de los sintetizadores y baterías electrónicas eran toda una novedad. Y no siempre había mucha disposición a comprenderlo. “La gente que hacía el sonido no entendían muy bien que un grupo llegara con una batería electrónica, sobre todo si ibas al sur. Costaba mucho hacer sonar esas cosas”, recuerda Conejeros. “Había una suerte de rechazo de esos típicos sonidistas medios mañosos, que tenían mucha escuela de rock, que si no tenías una guitarra eléctrica, un bajo y una batería lo miraban a huevo. Había una suerte de displicencia por la parte técnica de verte llegar con unos teclados que ellos consideraban de juguete. Yo era bien amigo de Sergio Gómez, que en paz descanse, él era stage manager y el encargado de sincronizar los teclados, la parte MIDI, la parte electrónica. Y siempre me contaba los desastres que tenían en toda esa gira por las bajas de los cambios de voltaje, que afectan a los instrumentos. Entonces no era muy fácil lidiar con la tecnología en aquellos años. Era bien arriesgado jugársela con llenar estadios y estar tocando con esos instrumentos en esa época. Hoy en día son mucho más estables y hay otros protocolos que hacen que ya no sea tan complicado, pero en esa época no era algo fácil. O sea, una vez más el Jorge tirando para adelante”.
Esa propuesta musical también dialogó con su tiempo. Cuando el cassette de Pateando Piedras llegó a las bateas de las disquerías en septiembre de 1986, el desempleo llegaba al 12,1%, según las cifras del Banco Central. “Jorge tiene un fuerte sentido social y de ciudadano, más que desde un partido o de una posición política. Siempre escribió de lo que le pasaba a él, tanto en el amor, tanto como en el barrio, en lo social”, apunta Emiliano Aguayo. Por su lado, Chalo Gonzalez, comenta que el álbum ilustra muy bien esa medianía de los ochenta que vivió como adolescente. “Muevan las industrias define muy bien la estética del año ’86 y esa sensación de un Santiago ultra gris”.
El hablar de cuando vino la miseria sobre una base musical que podría retumbar en los sudorosos espacios de las discotecas, también remite a una tradición de canciones que ofrece una crítica social con vocación de pista, como Ni chicha ni limoná o La Batea. “Es un disco muy social, muy político”, dice Francis Durán. “Creo que esa mezcla de tener un mensaje como muy compartido, muy social con ritmos bailables, es una mezcla explosiva y siento que es parte del sello de Los Prisioneros. Y sin duda es una influencia para el resto de la música que se ha hecho en Chile de ahí en adelante. El también poder bailar la queja, bailar la disconformidad con algunas cosas”.
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Además de presentar a Los Prisioneros entre máquinas, fierros y tecnología, Pateando Piedras permitió el aventón de popularidad del grupo en la costa del Pacífico. Eso los llevó a aventurarse a salir fuera de Chile. Se presentaron en el Montevideo Rock, en Uruguay a fines del 86 y al año siguiente tocaron por primera vez en Argentina, Perú y Ecuador. Ahí hubo un tema clave. “El baile de los que sobran tenía un sonido que no había en el rock latino. O sea, tú tenías esta cosa más Tears for Fears de Soda Stereo, estas cosas más The Police de GIT, o esta cosa totalmente moderna new wave de Charly García. Pero la sonoridad de El baile de los que sobran era algo que no existía, eso es lo que les abre las puertas”, explica Julio Osses. “En varios países, Perú, Colombia, Ecuador, pasó que Soda Stereo ya había entrado antes, eran el grupo favorito de la industria. Pero cuando Los Prisioneros llegan dos años después de Pateando Piedras a Colombia -porque no habían podido llegar antes-, llegan como estrellas. Llegan como un fenómeno que ya se había metido en el corazón de la gente”.

Para los músicos chilenos, la influencia de Los Prisioneros en el empeño por cruzar sonidos y estilos se ha hecho sentir en sus trabajos. Así lo explica Francis Durán. “Desde luego que ha resonado en nosotros y en mí como compositor y como productor también. Creo que hay cosas de mi primer disco solista, Lunar, que tiene un poco como de esa influencia porque hay puntos en común. Punto en común con Depeche Mode o con New Order, con toda esa movida synthpop que Los Bunkers hemos ido agregando a nuestra paleta musical y yo también en mi manera de producir últimamente. Así que sí, sí lo consideraría una influencia grand
Desde su costado, Pablo Ilabaca apunta cómo la música de González fluye entre las notas de uno de sus proyectos más emblemáticos. “El primer disco de 31 Minutos es casi todo programado y en eso yo creo que hay mucha influencia de Los Prisioneros. Por ejemplo, Bailan sin cesar, Mico, el micófono o la batería de la programación de Mi equilibrio espiritual es muy influencia de lo que yo escuchaba o lo que yo sentía en la música de Los Prisioneros. Por ahí va.”
Con el nombre surgido desde una expresión de Miguel Tapia cuando callejeaba con sus amigos por San Miguel, el álbum combinó ambición artística, mensaje social, éxito comercial y una ventana internacional que resultó decisiva para el trío. “Creo que este disco es una bisagra de la música chilena en general”, define Chalo Gonzalez. “Con La voz de los ’80 generaron un precedente de rebeldía popular, pero con Pateando Piedras hubo una especie de remezón cultural sobre la sociedad”.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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