Opinión

11 de septiembre: silencios que hablan

Golpe de Estado ok

Kast es el primer presidente -al menos en décadas- que ha hecho de La Moneda su hogar. Decidió habitar el cargo presidencial ocupando esos salones, pasillos, patios, no solo en cuanto espacio de lo público, sino también de lo privado.

Pero este viernes, esa identificación entre el edificio y el mandatario se rompió.

En una nueva conmemoración del golpe de estado del 11 de septiembre, el Presidente Kast decidió hacer algo sin precedentes desde el retorno a la democracia, democracia que se perdió ese día, hace 53 años. Kast, que habita ahí, optó por no estar. Y no decir nada. Saltarse el día 11 de septiembre y deshabitar La Moneda -en lo privado y en lo público- esa jornada. Transformarlo -intentar, al menos- en un “no-día”. Tratar de que aquello terrible que ocurrió en esos mismos salones, muros, patios, pasara al olvido.

Kast dijo que “no había problema” si alguien quería rezar en la capilla de La Moneda por quienes murieron o desaparecieron de allí ese día, incluido el Presidente Allende, que se quitó la vida en el mismo edificio donde Kast y la primera dama, Pía Adriasola, hoy viven sus días.

Pero aunque el Presidente Kast se haya ido a otra parte este viernes 11, allí comenzó todo lo que sabemos: asesinatos, desaparecidos, exiliados, torturados. Todo aquello que pasó lo estableció el Estado de Chile, muy gravitantemente a través de comisiones como Rettig y Valech, creadas por presidentes de la República que consideraron que era una responsabilidad fundamental, como jefes de Estado, el establecer esa verdad histórica. No puede haber justicia sin verdad. Estas comisiones fueron transversales y compuestas por personajes de prestigio nacional, patriotas que honraron su amor por Chile sumergiéndose en sus horas más oscuras. Y que plasmaron esos hallazgos en documentos que han quedado para la posteridad.

Para reparar a quienes sufrieron lo indecible por parte de agentes de un Estado que los debían proteger; para sus familiares, cuya angustia sin bordes ha llevado a algunos, incluso hoy, a esperar décadas para poder saber qué pasó con sus padres, madres, hermanas, hijos. Y por cierto, para la posteridad, para la historia, para las generaciones futuras: para que sepan lo que pasó. Verdad, justicia, reparación y -muy importante- no repetición: para que quienes no habían nacido para entonces digan también: nunca más.

Cada presidente desde el retorno a la democracia puso un ladrillo en esa definición democrática fundamental que es el nunca más. Desde la determinación y el llanto del Presidente Aylwin por el Informe Rettig, un momento inolvidable de la historia reciente. En adelante, cada uno fue ayudando a entretejer un relato político y moral transversal, un consenso lo más amplio posible, sobre la lección que se debe sacar de la mayor ruptura histórica, la mayor tragedia de Chile, como fue el golpe y lo que siguió, los 17 años de dictadura. El compromiso total con el respeto irrestricto a los derechos humanos, al Estado de Derecho, al respeto al adversario como ser humano. Así lo hicieron, después del Presidente Aylwin, sus sucesores y sucesora: Frei, Lagos, Bachelet, Piñera, Boric. Hubo continuidad, pese a cualquier diferencia, en esa búsqueda de elaboración histórica y ética. Y desde la derecha, Piñera hizo uno de los aportes más sustantivos a ese proceso: a los 40 años del golpe habló de los cómplices pasivos de su propio sector, recibiendo muchísimo fuego amigo. Piñera, además, fue el único de su sector que quiso firmar el 2023 el compromiso “Por la democracia, hoy y siempre” impulsado por Boric.

El Presidente Kast es el primero, desde el retorno a la democracia, que es declarado pinochetista, y uno elocuente: antes de llegar a La Moneda no solo apoyaba, sino que celebraba el golpe de Estado. Hoy, como Presidente de Chile, decidió romper la tradición de todos sus antecesores. Optó por el silencio. Uno que habla por sí mismo. Pero las huellas no se borran. Habitar esos muros, esos salones, esos patios, incluye asumir su historia completa, no solo la que le acomoda.

El ministro Claudio Alvarado explicó que el 11 de septiembre “es un día en el cual todos los chilenos se aproximan con diferentes tipos de sensibilidades y de sentimientos” y que como gobierno son “respetuosos de esas aproximaciones”. Llamó, luego, a mirar al futuro.

Se equivoca el ministro y se equivoca el presidente. No hay futuro posible sin mirar el horror del pasado y aprender de él. Habitar la Primera Magistratura -de modo literal y metafórico- no ha hecho comprender a Kast algo esencial: lo que todos sus predecesores hicieron al promover el respeto irrestricto a los derechos humanos y el Nunca más no era una “aproximación” política, sino un deber fundamental para quien conduce los destinos del país.

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