Opinión

Chile en el palco del deshielo glaciar

El 21 de marzo celebraremos por primera vez el “Día Nacional de los Glaciares”, fecha que surge con la intención de visibilizar estos reservorios de agua milenarios que encontramos a lo largo todo nuestro país, y que además de ser reservas de agua dulce que alimentan las cuencas, con aportes de hasta un 90% del caudal en meses secos, presentan un enorme valor cultural, económico, ambiental, y paisajístico para muchas comunidades andinas, y para la vida -tal como la vemos hoy- en gran parte del país.

En la actualidad el retroceso de estas masas de hielo es evidente, no es un fenómeno abstracto, es visible. En América Latina, los glaciares tropicales se derriten hasta 10 veces más rápido que el promedio global, según un informe de la Iniciativa Internacional Sobre el Clima en la Criósfera (ICCI). Venezuela, por ejemplo, perdió su último glaciar en el año 2024, convirtiéndose en el primer país de la cordillera de Los Andes en quedarse sin estas reservas de agua. En Bolivia, la pérdida glaciar ha alcanzado cerca del 40% en las últimas décadas, afectando ya el abastecimiento de sus comunidades. Y se prospecta que al año 2050, Colombia y Ecuador también perderán la totalidad de sus glaciares. Lo que ocurre al “norte” de la cordillera de Los Andes, es tan solo la antesala de lo que podría ocurrir en el resto de ella, es decir en los Andes de Chile y Argentina.

Argentina, el único país del mundo que cuenta con una Ley específica de protección glaciar desde el 2010, y que podría ser ejemplo de protección para países como el nuestro, hoy enfrenta lamentables intentos para modificar y debilitar dicha normativa, lo que podría dar luz verde a grandes y millonarios proyectos mineros en zonas glaciares que hasta ahora están resguardadas con base científica y que forman parte del inventario nacional. Esta regresión ambiental, nos lleva a cuestionarnos si acaso no hemos comprendido que cuidar es necesario para progresar. No son opuestos, pero uno va primero. Y sabemos que sin agua se acaba la vida. Y esto no es fanatismo, ni ambientalismo extremo, es una de las premisas más evidentes.

En Chile, con más de 26.000 glaciares, la situación del derretimiento acelerado no es distinta al resto de los países mencionados. Para el 2100, según un reciente estudio liderado por el investigador Álvaro Ayala, los glaciares, que habrán perdido entre el 50 y el 78 % de su actual volumen, aportarán en 2100 la mitad de agua que ahora, por lo que perderán su capacidad de mitigación si el país sufre otra megasequía como la que se prolonga desde hace 15 años. Todo esto, sin considerar un aumento en la demanda o consumo de agua.

Este escenario plantea la urgente necesidad de protegerlos, pero, aun así, la discusión política y legislativa sigue detenida y casi olvidada. Son más de 10 años debatiendo proyectos de ley que permitirían contar con una protección real frente a proyectos que podrían acelerar aún más su derretimiento. En el congreso, la discusión sobre el permafrost y área periglaciar ha sido una de las piedras de tope, y finalmente, argumento para entramparse en definiciones técnicas, y así diluir las iniciativas y quedar en foja cero.

Debemos reconocer que una fracción importante de glaciares, principalmente los de la Patagonia, están resguardados al estar dentro de áreas protegidas del Estado, pero otra importante fracción, no lo está, y es justamente aquella que con más urgencia debemos atender, pues son las que abastecen y regulan las cuencas de las regiones donde habita 2/3 de la población del país. Otros avances, a favor de los glaciares, son la prohibición de la entrega de derechos de agua sobre glaciares con la reforma del código de aguas del 2022 y el establecimiento de sanciones penales para quienes dañen gravemente los glaciares a través de la Ley de Delitos Económicos y Medioambientales.

No se trata de “salvar el hielo”. Se trata de entender que los distintos tipos de glaciares sean blancos, cubiertos o de roca, forman parte del ciclo del agua, sosteniendo ríos, lagos, humedales, comunidades, agricultura y economías locales, siendo claves para el desarrollo sostenible de un país, e incluso cuantificables económicamente. Tampoco se trata de pensar que vamos a detener el derretimiento, ni el llamado cambio climático, se trata más bien de vivir el antropoceno con una conciencia ambiental activa, con estilos de vida y producción que equilibren el consumo humano con la salud planetaria.

Mientras sigamos leyendo noticias catastróficas de extinción de glaciares, del consecuente aumento del nivel del mar, y otras calamidades planetarias, los glaciares continuarán retrocediendo. Es como si Chile estuviera mirando esta transformación de un palco privilegiado -con el título honorífico de tener nada menos que el 80% de los glaciares de Sudamérica- observando cómo nuestros glaciares desaparecen ante nuestros ojos sin decidir aun como protegerlos. La ciencia en estos temas es indiscutible, la evidencia está ahí. Pero, aun así, los datos de la glaciología no han logrado hacerse un espacio en leyes ni en las políticas públicas. Hay como una mano invisible.

Hoy, a días de la efeméride que pone en valor a estos inmensos ríos de hielo, y que busca posicionarse desde lo positivo y propositivo, el desafío es permear en la sociedad, en la educación, y a través de múltiples formas y expresiones el mensaje inequívoco de los glaciares, que va mucho más allá de su belleza y grandeza, sino que apela a cuestionarnos cómo nos estamos preparando para el futuro, y qué modelo de país queremos.

En la actualidad el retroceso de estas masas de hielo es evidente, no es un fenómeno abstracto, es visible. En América Latina, los glaciares tropicales se derriten hasta 10 veces más rápido que el promedio global, según un informe de la Iniciativa Internacional Sobre el Clima en la Criósfera (ICCI). Venezuela, por ejemplo, perdió su último glaciar en el año 2024, convirtiéndose en el primer país de la cordillera de Los Andes en quedarse sin estas reservas de agua. En Bolivia, la pérdida glaciar ha alcanzado cerca del 40% en las últimas décadas, afectando ya el abastecimiento de sus comunidades. Y se prospecta que al año 2050, Colombia y Ecuador también perderán la totalidad de sus glaciares. Lo que ocurre al “norte” de la cordillera de Los Andes, es tan solo la antesala de lo que podría ocurrir en el resto de ella, es decir en los Andes de Chile y Argentina.

Argentina, el único país del mundo que cuenta con una Ley específica de protección glaciar desde el 2010, y que podría ser ejemplo de protección para países como el nuestro, hoy enfrenta lamentables intentos para modificar y debilitar dicha normativa, lo que podría dar luz verde a grandes y millonarios proyectos mineros en zonas glaciares que hasta ahora están resguardadas con base científica y que forman parte del inventario nacional. Esta regresión ambiental, nos lleva a cuestionarnos si acaso no hemos comprendido que cuidar es necesario para progresar. No son opuestos, pero uno va primero. Y sabemos que sin agua se acaba la vida. Y esto no es fanatismo, ni ambientalismo extremo, es una de las premisas más evidentes.

En Chile, con más de 26.000 glaciares, la situación del derretimiento acelerado no es distinta al resto de los países mencionados. Para el 2100, según un reciente estudio liderado por el investigador Álvaro Ayala, los glaciares, que habrán perdido entre el 50 y el 78 % de su actual volumen, aportarán en 2100 la mitad de agua que ahora, por lo que perderán su capacidad de mitigación si el país sufre otra megasequía como la que se prolonga desde hace 15 años. Todo esto, sin considerar un aumento en la demanda o consumo de agua.

Este escenario plantea la urgente necesidad de protegerlos, pero, aun así, la discusión política y legislativa sigue detenida y casi olvidada. Son más de 10 años debatiendo proyectos de ley que permitirían contar con una protección real frente a proyectos que podrían acelerar aún más su derretimiento. En el congreso, la discusión sobre el permafrost y área periglaciar ha sido una de las piedras de tope, y finalmente, argumento para entramparse en definiciones técnicas, y así diluir las iniciativas y quedar en foja cero.

Debemos reconocer que una fracción importante de glaciares, principalmente los de la Patagonia, están resguardados al estar dentro de áreas protegidas del Estado, pero otra importante fracción, no lo está, y es justamente aquella que con más urgencia debemos atender, pues son las que abastecen y regulan las cuencas de las regiones donde habita 2/3 de la población del país. Otros avances, a favor de los glaciares, son la prohibición de la entrega de derechos de agua sobre glaciares con la reforma del código de aguas del 2022 y el establecimiento de sanciones penales para quienes dañen gravemente los glaciares a través de la Ley de Delitos Económicos y Medioambientales.

No se trata de “salvar el hielo”. Se trata de entender que los distintos tipos de glaciares sean blancos, cubiertos o de roca, forman parte del ciclo del agua, sosteniendo ríos, lagos, humedales, comunidades, agricultura y economías locales, siendo claves para el desarrollo sostenible de un país, e incluso cuantificables económicamente. Tampoco se trata de pensar que vamos a detener el derretimiento, ni el llamado cambio climático, se trata más bien de vivir el antropoceno con una conciencia ambiental activa, con estilos de vida y producción que equilibren el consumo humano con la salud planetaria.

Mientras sigamos leyendo noticias catastróficas de extinción de glaciares, del consecuente aumento del nivel del mar, y otras calamidades planetarias, los glaciares continuarán retrocediendo. Es como si Chile estuviera mirando esta transformación de un palco privilegiado -con el título honorífico de tener nada menos que el 80% de los glaciares de Sudamérica- observando cómo nuestros glaciares desaparecen ante nuestros ojos sin decidir aun como protegerlos. La ciencia en estos temas es indiscutible, la evidencia está ahí. Pero, aun así, los datos de la glaciología no han logrado hacerse un espacio en leyes ni en las políticas públicas. Hay como una mano invisible.

Hoy, a días de la efeméride que pone en valor a estos inmensos ríos de hielo, y que busca posicionarse desde lo positivo y propositivo, el desafío es permear en la sociedad, en la educación, y a través de múltiples formas y expresiones el mensaje inequívoco de los glaciares, que va mucho más allá de su belleza y grandeza, sino que apela a cuestionarnos cómo nos estamos preparando para el futuro, y qué modelo de país queremos.

Por Camilo Hornauer, Presidente Fundación Plantae.

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