¿Creonte preside el Directorio?
Antígona es, probablemente, una de las obras más vigentes de la tragedia griega del siglo V a.C. Uno de sus personajes centrales, Creonte, rey de Tebas, encarna al gobernante autoritario que prioriza el orden normativo y las reglas impuestas por su propia mano, ubicándolas por sobre la moral, los lazos humanos y el sentido común. Sófocles aborda la arrogancia y la desmesura del ser humano cuando accede al poder; cuando su ceguera lo lleva a olvidar sus límites y que, fatalmente, dictamina que el único camino hacia la sabiduría es a través del dolor.
La pregunta surge de inmediato en el Chile empresarial actual: ¿Cuántas veces nos encontramos con un Creonte presidiendo el directorio?
Cuando las empresas se enfrentan a problemas complejos —aquellos cuyas consecuencias impactan profundamente no solo la rentabilidad, sino también el valor reputacional— la presencia de este sesgo autocrático se vuelve crítica. Las respuestas cambian drásticamente si predomina la rigidez de Creonte o la mirada de Antígona, quien busca hacer lo correcto. En el diseño estratégico, por definición de largo plazo, es fácil extraviarse y privilegiar beneficios de corto plazo, pero que comprometen el valor de futuro. La historia demuestra que actuar con un marco moral estricto no es un idealismo: con un comportamiento bajo las categorías aristotélicas de virtud y razón, el desempeño es sustentable y rentable.
Hay decisiones que ilustran con nitidez esta encrucijada. Pensemos en lo complejo que resulta a veces para ciertos gobiernos corporativos sancionar la compensación variable de sus equipos ejecutivos. En ocasiones, se despliega una resistencia más de impulsos que de argumentos para retribuir adecuadamente el valor creado, minimizando el aporte técnico y humano de la Administración, bajo la premisa de que el resultado es básicamente, atribuible al capital. Se olvida un principio básico del management: el capital es inerte sin el talento, que es el único factor capaz de transformarlo en valor concreto.
Por el contrario, cuando observamos operaciones financieras exitosas en el mercado local —como la reciente colocación de deuda de una firma mediana que logra un respaldo contundente—, no se está premiando un mero flujo de caja. Lo que los inversionistas respaldan también es la confianza en un equipo profesional -directorio y administración- que entrega certeza moral de que quienes están a cargo de la empresa lo hacen con responsabilidad y apego a las promesas realizadas.
El desafío de fondo es que, en un entorno dominado por la irrupción de la inteligencia artificial y la conectividad 24x7, el ser humano paradójicamente parece perder el control sobre sus decisiones si margina a las humanidades de la alta dirección. La literatura, la filosofía y la historia no son adornos culturales; son herramientas estratégicas indispensables para decodificar la complejidad que nos rodea en cada decisión.
Solo cultivando las virtudes cardinales que la tradición clásica nos legó —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— es posible lograr resultados sostenibles en el tiempo. Si la alta dirección persiste en actuar desde el “pensar calculador”, tensiona al talento y no lee correctamente el contexto. Por el contrario, si entendemos la humanidad que nos rodea, la ruta al éxito es más expedita. Sófocles lo advirtió hace veinticinco siglos: el poder no se impone con tozudez, se construye con sabiduría y prudencia, de lo contrario, el destino es trágico.
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