Por Cristóbal OsorioKast y Piñera: la soledad del poder

El gobierno de José Antonio Kast enfrenta un desgaste estructural, el cual configura una peligrosa falta de prestancia comunicacional, orgánica y —en definitiva— estatal. Esto estabiliza la desafección ciudadana en torno a un crítico 36% de aprobación, según la reciente medición de Cadem.
En el plano comunicacional, el diseño deficitario de la Secretaría General de Gobierno, las “metáforas” presidenciales, y una gestión en Seguridad que —en su intento por mejorar la oratoria— terminó en una mímica excesiva, implican una performance gubernamental deficiente, muy lejana a los tiempos de campaña, cuando Kast pudo plantear al país claros énfasis, estilos y prioridades.
En lo orgánico, la afectación es a nivel de las más relevantes entidades gubernamentales; el Ministerio del Interior tiene un mando apenas nominal, mientras la hipertrofia de Hacienda valida una tesis compleja: en La Moneda habita el Presidente, pero en Teatinos 120 reside el poder real. Esto decanta en un Segundo Piso desprovisto de densidad analítica y perspectiva histórica, transmutado en un círculo de fieles confrontados, más enfocados en asegurar su sobrevivencia burocrática que en corregir el rumbo.
Ambos planos confluyen en un problema de credibilidad en la capacidad estatal, el cual comienza a afectar la figura del Presidente, quien hoy está volcado en tapar la desnudez de su crisis con una mega reforma que con el tiempo se ha vuelto impopular. Algo que lo acerca a las sombras de las prácticas parlamentarias (tejemaneje), y que lo alejan de una ciudadanía que reclama acción.
Así, es momento para que Kast asimile que el ejercicio del poder se define en la soledad y en la duda metódica. En la fría lógica del Estado, el autoconvencimiento del éxito no es un refugio táctico, sino apenas un placebo psíquico; el gobernante, por tanto, está obligado a distanciarse de su zona de confort y recurrir a sabios consejos, estén donde estén.
El rito republicano favorece la consulta a los expresidentes, quienes ya pasaron por los laberintos del poder y tienen una empatía de oficio para compartir experiencias, tal como pasó con Gabriel Boric y Ricardo Lagos. El problema de Kast es que dinamitó puentes, con lo que las opciones se redujeron a la periferia de un Eduardo Frei que responde a los códigos de otro siglo.
Ante tal avería, el Mandatario requiere de un diálogo introspectivo con la memoria de Sebastián Piñera, cuyo prematuro fallecimiento podría dar pie a un nuevo arquetipo de “gobernanza espectral”. Este no se afirma en una identidad doctrinaria, sino en una arquitectura técnica específica; un manual de gestión de crisis que le permitió al ex Presidente sortear vallas institucionales y calibrar bien el peso del Estado.
La primera lección de este ejercicio es la humildad. Piñera fue enfático con Boric —y lo sería hoy con Kast— en la distancia insalvable que separa la impugnación opositora de la gestión de la maquinaria estatal. El escritorio presidencial obliga a abandonar la retórica de trinchera, si es que se quiere avanzar en las tareas.
La segunda lección es construir desde el realismo de coalición. El piñerismo advirtió que las grandes agendas sólo son viables bajo alianzas de amplio espectro, tal como el propio ex Presidente indicó en su entrevista póstuma en Radio Duna. Si en su momento Ricardo Lagos y Michelle Bachelet sacrificaron parte de su círculo íntimo por la estabilidad del sistema, Kast deberá hacerlo con algunos de sus fieles para salvar su gobernabilidad.
Kast no puede persistir en su sordera, de lo contrario terminará navegando sobre vanas consignas identitarias, con una tripulación tan fiel como inútil, en un buque estatal cada vez más inmovilizado, en la medida en que se postergan los costos internos de decisiones difíciles, tal como ya pasó al principio de la administración Boric.
Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile
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