Opinión

De las cumbres regionales a las reuniones de países amigos

Al parecer, el Presidente Trump ha decidido convocar una reunión con mandatarios latinoamericanos para confirmar que China es el problema estructurante de su política hemisférica. No se estaría pensando en una cumbre regional amplia o un foro regional temático, sino en una reunión selectiva con gobiernos definidos como ideológicamente cercanos. Así lo han confirmado fuentes de la Casa Blanca en el marco, además, de una próxima visita a Beijing.

El problema no es que exista preocupación por China, sino convertirla en el único idioma de la relación interamericana. Cuando la agenda de problemas y posibilidades que tenemos en las Américas es amplia, diversa y potencialmente vibrante, incluso para aquellos países considerados hoy como aliados especiales de Estados Unidos.

Por supuesto que una reunión de “amigos” tiene ventajas. Permite velocidad, anuncios y, sobre todo, incentivos concretos. El Project Vault, la reserva estratégica de minerales críticos, con un financiamiento inicial de más de US$ 10.000 millones, anunciada por Trump es un ejemplo. Pero no hay que olvidar que China se ha consolidado como el segundo socio comercial de Latinoamérica y el primero para Sudamérica, siendo crucial para la exportación de materias primas e inversión en infraestructura.

Pero también tiene costos. Primero, polariza. Si el encuentro se percibe como un alineamiento de “gobiernos correctos” versus “gobiernos incómodos”, la región entra en una dinámica de suma cero entre los amigos y los “otros” que se verán impulsados a diversificar alianzas. El viaje del Presidente Lula con más de 260 empresarios a la India esta misma semana es un ejemplo. Segundo, confunde soberanía con obediencia. Washington está elevando un discurso de soberanía frente a China, pero lo hace desde una lógica de tutela. Hace pocos días, el Departamento de Estado advirtió, a partir de un fallo judicial en Perú, que “el dinero barato chino cuesta soberanía”. Sin duda, el debate sobre regulación, contratos y jurisdicción es legítimo, pero el tono es el de la advertencia disciplinaria más que de asociación entre iguales.

La pregunta real es ¿qué le conviene a América Latina? No se trata de ser “pro-China” o “pro-Estados Unidos”. Esa dicotomía es una trampa. Si la cumbre sirve para discutir reglas claras sobre infraestructura estratégica, estándares de transparencia, mecanismos regulatorios robustos y financiamiento para agregar valor —no solo para extraer— podría ser útil. Es más, sería clave convertirla en un espacio de debate político hemisférico donde, además, se podría llegar a acuerdos sobre situaciones políticas complejas en casos como Haití, Cuba o Venezuela. Evidentemente, los mecanismos que existen hoy no han funcionado, no hay que olvidar que la X Cumbre de las Américas fue postergada en diciembre de 2025 por las tensiones regionales.

Pero si la reunión se limita a un pedido de lealtad geopolítica, las consecuencias serán pan para hoy y fragilidad para mañana. El desafío regional no es escoger un bando; es construir Estado, regulación y estrategia productiva, lo que se logra con políticas de largo plazo que sobrevivan a los ciclos electorales en ambos lados del Río Bravo (o Grande).

Por Lucía Dammert, académica de la Universidad de Santiago de Chile.

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