Opinión

Demografía e inmovilismo ambiental

Jonnathan Oyarzún/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

El 13 de marzo de este año falleció el científico estadounidense Paul Ehrlich, autor del libro “La bomba de la población” (1968), el que tuvo gran repercusión en la opinión pública y reinstaló en ésta el concepto malthusiano de una población con crecimiento desbocado a la cual el mundo sería incapaz de alimentar en un plazo no muy largo (entre los años 80 y 2000), generando cientos de millones de muertes por hambruna. El efecto de esta publicación fue reforzado por el trabajo del Club de Roma, institución que publicó en 1972 “Los límites del crecimiento”, cuya tesis principal es que, "en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per cápita) no son sostenibles". El debate global generado por esta corriente de pensamiento introdujo esta idea, que parece tener mucha lógica, en el sentido común de gran parte del público.

Lo anterior generó una sólida visión ideológica de la necesidad de cautelar prioritariamente la protección del medio ambiente e incluso impulsar políticas de control de la población y de “crecimiento cero” o “decrecimiento económico”, lo que reforzó y legitimó fuertemente las ideas de las corrientes ecologistas radicales.

Pero los pronósticos de Ehrlich no estuvieron ni cercanos a cumplirse. ¿Es que no aumentó fuertemente la población? Sí, lo hizo; se ha más que duplicado desde la publicación de su libro. Pero el desarrollo tecnológico permitió que los productos sean cada vez más ecoeficientes; es decir, usen menos recursos naturales para cada unidad. Y esto fue especialmente notable en la producción de alimentos, incrementando la productividad mucho más que el incremento de la población.

Por su parte, el Club de Roma ha ido revisando sus proyecciones, pero mantiene su visión de que el potencial del planeta para sostener la población está superando los límites sostenibles. De modo que, si continúa aumentando la población, seguiría existiendo la sombra del temor a algún tipo de colapso ambiental.

Sin embargo, muy discreta pero firmemente, está emergiendo una nueva realidad. Hoy, la mitad de la población del planeta vive en países cuya tasa de fertilidad está por debajo de 2,1 niños por mujer, la necesaria para mantener la población. En Chile es cercana a 1, es decir por cada dos personas que fallecen nacerá una. Lo cierto es que la “explosión demográfica” en el planeta ya fue, y solo se espera un crecimiento lento el próximo medio siglo, incrementándose entre un 15 y un 20%, para luego empezar a reducirse. Chile se frenará antes, y el próximo siglo tendremos probablemente una población menor a la actual.

Ante esta nueva realidad, comienza a perder fundamento el temor al “crecimiento exponencial” de la población y el consumo; el límite ya está a la vista. Por otra parte, el desarrollo tecnológico ya ha mostrado lo que puede hacer en materia de ecoeficiencia, y lo continuará haciendo, con lo que las nuevas generaciones presionarán menos la naturaleza. Es un buen momento quizás, ya liberados de la incertidumbre sobre los límites del crecimiento demográfico, para repensar la forma a menudo exageradamente aprensiva con que enfrentamos los temas ambientales.

Volvamos a recordar que la sostenibilidad tiene tres ejes, económico, social y ambiental y no sólo este último. Abandonemos las ideas de “decrecimiento económico”, que no sólo empobrecen a las generaciones actuales y futuras, sino que limitan los recursos para mejorar la conservación ambiental. Busquemos la evaluación técnica objetiva de los proyectos productivos, con sus costos y beneficios ambientales, económicos y sociales, por sobre la inmovilización ambiental “preventiva” de las actividades económicas, consecuencia esta última del temor difuso a un Apocalipsis ecológico que ya no vendrá. Busquemos también las soluciones ambientales de menor costo para la sociedad, para no empobrecerla innecesariamente. Y no olvidemos que no sólo es importante dejar a las generaciones futuras un medio ambiente igual o mejor al que recibimos, sino también un mundo con más tecnología, mejor educado, con mejor salud, mejor infraestructura y con una economía más fuerte, que les permita atender mejor sus necesidades y, en definitiva, tener una mejor vida.

Por Fernando Raga, ingeniero civil industrial

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