Desconectarse: por una sociedad habitable
En Chile, la discusión sobre los celulares en los colegios no es sólo pedagógica, es también social. Cuando una tecnología reorganiza la atención, la convivencia y la forma en que nos relacionamos, se convierte en un asunto de interés y preocupación colectiva. Por eso no sorprende que el país haya optado por regularla. La Ley 21.801, prohíbe como regla general el uso de dispositivos móviles personales en actividades curriculares, especialmente dentro de la sala de clases.
Este ha sido un cambio profundo y crítico si se consideran los usos intensivos del celular y otros dispositivos, que se agravaron en la pandemia. Con esta medida Chile se alinea a las decisiones que un conjunto de países comenzó a tomar para responder a las brechas en el aprendizaje. Es importante destacar que la mayoría de los países pertenecientes a la OCDE han desarrollado iniciativas en este sentido.
Los datos demuestran que el problema ha sido evidente durante años. En la consulta del Ministerio de Educación de 2019, el 88% de la población apoyó la prohibición de los teléfonos celulares en las escuelas primarias, y el 71% la apoyó en las escuelas secundarias. Según PISA 2022, en Chile el 51% de los estudiantes declaraba distraerse usando dispositivos digitales en clases, frente a un promedio OCDE de 30%; y el 42% afirmaba distraerse porque otros compañeros los usaban, versus el 25% OCDE.
Existe consenso social respecto a la urgencia de limitar el uso de estos dispositivos porque compite directamente con el aprendizaje, la concentración y el bienestar. La desconexión ha comenzado a entenderse como una medida que trae al menos dos ventajas centrales. Primero y más evidente, la mejora en la concentración. Aprender exige foco, continuidad y tiempo, tres requisitos escasos en una cultura de interrupción permanente. La segunda ventaja es más humana que tecnológica y es recuperar la presencia. Un recreo sin pantallas puede convertirse en conversación; una clase sin notificaciones, en atención real; una comida sin celular, en encuentro. En una sociedad saturada de estímulos, desconectarse no empobrece la experiencia: la vuelve más habitable.
Por Beatriz Revuelta, directora carrera de Sociología, U. Central.
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