El otro Adam Smith
Esta semana Jesse Norman, político conservador británico, exministro y autor de una de las biografías intelectuales más leídas de Adam Smith visitó nuestro país. Lo hizo invitado por la Cátedra Adam Smith de la Universidad Adolfo Ibáñez y el CEP, en el contexto de los 250 años de La riqueza de las naciones.
En varias ocasiones recordó que, para el autor escocés, el interés propio no basta para sostener el mercado. Su funcionamiento, aunque muchas interpretaciones lo olviden, depende también de las condiciones morales, sociales e institucionales que el mercado no puede generar por sí solo.
¿Qué más requiere el mercado? Necesita confianza, respeto por la palabra empeñada, disposición a cumplir las reglas incluso cuando transgredirlas podría resultar rentable, capacidad de cooperación entre otros. En definitiva, una cultura moral previa.
Esta perspectiva complejiza la lectura de la célebre frase de Smith: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de la consideración que ellos tienen por su propio interés”.
La cita, que suele interpretarse como un elogio del egoísmo, sugiere, en el contexto de su obra, algo distinto. Como explicó Norman a los estudiantes, para obtener lo que queremos del carnicero hay que entender qué busca, ofrecerle algo que valore y aceptar que puede decir que no. El intercambio impone así una pequeña disciplina moral: nos obliga a reconocer que el otro no está a nuestra disposición.
Una preocupación similar aparece en The Big Society, el libro en que Norman desarrolló las bases intelectuales de una de las principales propuestas políticas de David Cameron. Su tesis central fue que la sociedad no se sostiene únicamente por la acción del Estado y del mercado, sino también por los vínculos, las asociaciones y las responsabilidades que las personas asumen en la vida común.
El Estado, por ejemplo, puede proteger pero no puede sustituir los afectos, la confianza y el sentido de comunidad. El mercado puede coordinar intereses, pero necesita confianza y hábitos de cooperación que no nacen de la propia transacción económica.
Ahí se encuentra la conexión más interesante entre Smith y Norman. Una sociedad libre no se sostiene únicamente porque limite al Estado o expanda los mercados, sino porque cuenta con una trama social lo bastante robusta como para formar personas capaces de ejercer responsablemente esa libertad.
Ese es, muchas veces, el punto ciego de nuestro debate. Discutimos con pasión cuánto Estado y cuánto mercado queremos, como si todo se jugara en ese eje. Pero pocas veces nos preguntamos qué ocurre en el espacio que existe entre ambos.
Es cierto que la Big Society de Cameron, inspirada en parte por Norman, fracasó en la práctica: coincidió con la austeridad y terminó pareciendo un pretexto para que el Estado se retirara. Pero eso no invalida la intuición, sino que revela su exigencia. Que la idea se haya tenido problemas de aplicación es una razón para pensarla mejor, no para abandonarla.
Tal vez , 250 años después, tengamos que volver a preguntarnos qué hace posible el trato con el carnicero.
Por María José Naudon, abogada.
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