Elogio de la moderación
“Hay una romantización de la moderación […] yo creo que ya pasó de moda”. Así de tajante fue la diputada republicana Stephanie Jéldrez al referirse a las dudas que ha generado en las bancadas de Chile Vamos la acusación constitucional contra el ex ministro Grau. No solo eso. También aseguró que, de seguir en esa senda, dicho sector (la “derechita cobarde”) se quedaría sin votos, por lo que le recomendó tomar clases de política con Pamela Jiles porque es “gente que entiende bien hacia dónde va el buque”.
A primera vista, y desde una perspectiva netamente pragmática, la diputada pareciera tener toda la razón. Es cosa de levantar la cabeza. Quienes ganan elecciones son los Trump y los Milei. Asimismo, partidos tradicionalmente moderados como el Partido Republicano, el PSOE o el Partido Conservador no son ni la sombra de lo que eran con Reagan, González o Churchill. Hoy se desangran bajo el autoritarismo de Trump, la desfachatez de Sánchez o la irrelevancia de la dirigencia tory.
Sin embargo, radicalizar posturas puede ser útil para ganar elecciones, pero sirve de poco y nada para gobernar. De hecho, el propio presidente Kast parece haber hecho suya esta idea. Luego de llegar segundo en la primera vuelta con apenas 23% de los votos, se apartó rápidamente de sus viejas posiciones. Conformó una base amplia de apoyo, sumó ministros Evopoli y ex Concertación, dejó afuera a los libertarios, sustentó su comité político en Chile Vamos, ha reconocido el legado de Sebastián Piñera y ya no quedan rastros de sus simpatías por Orbán, Bolsonaro o Bukele.
Otro que siguió la misma línea fue el ministro Martín Arrau, quien apenas asumió en Seguridad admitió que el tema debía manejarse como un asunto de Estado, incluso sobre la base de lo realizado durante el gobierno de Gabriel Boric (lo que debe haber dejado a varios con los crespos hechos).
Es que el punto es evidente. El discurso de la polarización extrema y el desprecio por la moderación es un error político de proporciones. Primero, porque hace imposible el progreso de las democracias, que por definición necesitan acuerdos mínimos para avanzar. Y en sociedades cada vez más impacientes los gobiernos necesitan mostrar resultados. Pero, en segundo lugar, porque a la larga termina siendo contraproducente para los mismos que lo esgrimen. Al final, siempre habrá alguien dispuesto a jugar más rudo que terminará reemplazando a los viejos exaltados (si no, pregúntenles a los girondinos franceses o a los mencheviques rusos).
De hecho, las sociedades más exitosas del mundo —la Alemania de la posguerra, los países nórdicos, los anglosajones— no son aquellas donde un bando aplastó al otro. Por el contrario, son países construidos sobre la base de desacuerdos civilizados, donde se explicita la diferencia pero se buscan soluciones de compromiso entre las partes.
También desde una perspectiva ideológica, a un gobierno conservador como el de José Antonio Kast debiese acomodarle un talante moderado. La prudencia, a fin de cuentas, es una virtud conservadora clásica. No por nada Edmund Burke, uno que debiese agradar en la bancada republicana, advertía que en tiempos de frenesí la moderación es estigmatizada como la virtud de los cobardes. Su advertencia era simple: los proyectos políticos sin límites ni frenos terminan destruyendo precisamente aquello que pretenden salvar.
Por eso, la moderación exige mucha más valentía que el extremismo. El radical siempre tiene una audiencia garantizada, mientras que el moderado suele quedar atrapado entre dos fuegos. El radical simplifica la realidad, mientras que el moderado asume su complejidad. Peor aún, la radicalidad descansa sobre certezas absolutas, la moderación sobre la duda.
La moderación puede ser fome, ingrata, pasada de moda. Todo eso puede ser cierto. Pero la historia enseña que ninguna democracia funciona sin ella.
Por Gonzalo Blumel, Horizontal.
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