¿Recuerdan su primera vez?
Los quiero invitar a hacer memoria. ¿Se acuerdan de su primer día de clases? ¿De la primera entrevista laboral? ¿Recuerdan ese primer trabajo que tuvieron? ¿A su jefe y sus compañeros de trabajo? Probablemente sí, porque —para bien o para mal— todos recordamos nuestra primera vez. Es una experiencia que marca un hito en nuestras vidas: es el inicio de un camino que nunca terminamos de recorrer.
A medida que pasa el tiempo, el primer trabajo deja de recordarse por el cargo en particular o el sueldo. En cambio, lo que realmente nos queda en la memoria, es cómo nos sentimos, de la expectativa nerviosa ante la novedad de lo que podíamos aprender, de la presión por demostrar que podíamos desempeñarnos de buena forma y de ser reconocidos por eso. Más que todo lo anterior, nos puede haber especialmente marcado un líder —hombre o mujer— que confió en nosotros cuando no teníamos experiencia; si las equivocaciones lograron ser vistas como parte del aprendizaje, y si fue un espacio para crecer o únicamente para cumplir una función.
Este tema cobra mayor relevancia cuando uno de cada cuatro jóvenes en Chile (entre 15 y 24 años) no consigue trabajo. Esto significa que hay 220.000 jóvenes desocupados, con mayor prevalencia en el caso de las mujeres. Con un mercado laboral deprimido, marcado por la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías, este problema podría acrecentarse. En la mayoría de los casos, para postular a un empleo se solicita experiencia laboral, la cual —evidentemente— muchos jóvenes no tienen. Frente a esta exigencia debemos reaccionar, pues se hace necesario dar tiraje a la fuerza laboral, y porque no es claro que la experiencia laboral sea un requerimiento razonable ni positivo para todos los cargos buscados.
El estudio Empleo Joven en Chile 2026, elaborado por CADEM y Arcos Dorados Chile, muestra que el 64% de los jóvenes identifica la falta de experiencia como la principal barrera para acceder a un empleo, y que el 79% considera fundamental que su primer trabajo le permita adquirir y desarrollar nuevas habilidades. Por supuesto, esa oportunidad necesita ir acompañada de jefaturas que inspiren, enseñen y ayuden a transformar un empleo en el comienzo de una trayectoria de crecimiento futuro. Otro hallazgo del estudio es que el 82% de los jóvenes declara que prefieren un empleo formal y estable, que uno informal, aunque ello le signifique un menor sueldo.
En este desafío, las empresas y las instituciones de educación superior tenemos una responsabilidad compartida. Incorporar jóvenes en etapas tempranas de la formación no debe entenderse como un costo ni como un acto de responsabilidad social, sino como una inversión estratégica en quienes liderarán y harán crecer las organizaciones del futuro. Al mismo tiempo, debemos trabajar por acercar tempranamente a los estudiantes al mundo laboral mediante prácticas, proyectos con empresas y experiencias reales, para que la transición entre la formación y el empleo sea parte natural del proceso educativo.
La mejor política social de un país es el empleo, lo que constituye la mayor urgencia de Chile. Repliquemos lo que se ha hecho exitosamente en países desarrollados: articulemos al sector público, privado y academia para que las trayectorias formativas se transformen en trayectorias laborales. Ofrecer oportunidades para que más personas accedan a su primer trabajo constituye una responsabilidad compartida de toda la sociedad, con líderes que acojan e inspiren a los jóvenes que ingresan, llenos de expectativas y sueños, a trabajar por primera vez.
Por Lucas Palacios Covarrubias, Rector INACAP
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