Por Soledad ArellanoLas universidades ante la emergencia laboral
Chile enfrenta una situación laboral preocupante. En el trimestre mayo-julio de 2026, la tasa de desocupación alcanzó 9,5%, 0,8 puntos porcentuales más que en el mismo periodo del año anterior. Entre los recién egresados universitarios de 25 a 29 años, llega a 15,3% (Beyer Sept. 2026), la más alta en muchos años. A ello se suma otro fenómeno menos visible: más del 35% de quienes tienen educación superior completa trabaja en ocupaciones que no requieren ese nivel de calificación (OCEC-UDP Agosto 2026). El desafío entonces para los recién egresados universitarios no es solo encontrar empleo, sino también encontrar uno en que sea posible desplegar lo aprendido.
Esto no significa que la formación universitaria no entregue valor. De hecho, esta sigue asociándose a mayores ingresos respecto de egresados de enseñanza media, aun cuando dicho premio ha disminuido. Al mismo tiempo, la formación universitaria ya no garantiza por sí sola un ingreso fluido al mundo laboral. Eso obliga a las universidades a preguntarnos qué podemos hacer mejor.
En primer lugar, debemos revisar qué tipo de profesionales estamos formando. No tiene sentido formar para las actuales ocupaciones en un entorno que cambia con rapidez. Formar para el futuro tiene el desafío de que no sabemos qué tipo de profesional será el que se requerirá. Hace sentido, entonces, reducir la formación disciplinaria acotándola a aquellos contenidos fundamentales sobre los que se pueda construir en el futuro y combinarla con el desarrollo de competencias que permitan seguir aprendiendo, como pensamiento analítico y creativo, capacidad de adaptación y resolución de problemas, entre otras. También necesitamos trayectorias formativas más flexibles, tanto a nivel curricular como metodológico.
En segundo lugar, es necesario aumentar las experiencias laborales durante la formación. No sólo a través de prácticas profesionales, sino también mediante la participación en proyectos reales con organizaciones, consultorías estudiantiles, investigación aplicada, emprendimientos, pasantías o trabajos de verano. Si a un recién egresado se le exige experiencia para conseguir su primer empleo, la universidad puede ayudar a resolver esa paradoja haciendo que no llegue al mercado laboral como alguien que nunca se ha enfrentado a problemas reales. Esto es aún más importante cuando la IA comienza a automatizar muchas de las tareas rutinarias con las que tradicionalmente aprendían los profesionales jóvenes.
Revertir el desempleo requiere de más crecimiento e inversión y de reducir los costos laborales. En ese sentido, las universidades no pueden crear por sí solas los empleos que la economía no genera. Sí, podemos reducir desajustes con el mercado laboral y facilitar el paso al primer empleo. Pero debemos ir más allá. En un mercado laboral cuyo futuro no podemos anticipar con certeza, no podemos conformarnos en preparar al estudiante para su primer trabajo, sino que debemos formar personas capaces de desenvolverse en empleos que todavía no existen.
Por Soledad Arellano, Vicerrectora académica y de Investigación UAI
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