Hablemos de amor: devuélveme mi corazón
Amanda tenía 16 años cuando conoció a Andrés. Se enamoraron, pero no pudieron estar juntos y cada uno siguió con su vida. Casi treinta años después, ella decidió buscarlo para cerrar una historia que, pese al tiempo, nunca había logrado dejar del todo atrás.

Nos conocimos cuando teníamos aproximadamente 16 años. Éramos tres amigas pololeando con tres amigos. Compartimos años de salidas, viajes, noches de películas, cumpleaños y veranos que parecían no terminar nunca.
Yo fui la primera en terminar mi relación y, sin buscarlo, me enamoré del pololo de mi amiga. Él se llamaba Andrés. Nos enamoramos sin querer. Fue un amor mágico, loco, incontrolable. Cuando lo destapamos, él habló con su polola y yo hablé con mi amiga. Le dije la verdad, que me había enamorado de él. Ella me respondió que lo amaba y que haría todo lo necesario para quedarse a su lado. Yo le dije que no iba a competir con ella ni a intentar convencerlo de que la dejara. Dentro de todo lo doloroso y complejo que era aquello, me pareció lo más leal que podía hacer.
Después de esa conversación fui a buscarlo. No quería convencerlo de nada, pero necesitaba escucharlo de él para poder cerrar esa historia. Cuando estuvimos frente a frente, me dijo que no podía dejar a su polola, y sentí como si mi alma se hundiera hasta el fondo de la tierra. Teníamos apenas 18 años y pensé que me volvería loca de pena. No lograba dejar de pensar en él y, cuando conseguía dormir, soñaba con él toda la noche.
Pero a los 18 años las decisiones no siempre duran tanto como una quisiera. Intentamos alejarnos, pero no pudimos. Volvimos a encontrarnos a escondidas, empezamos a salir y a hablar noches enteras por teléfono, hasta que comenzaban a cantar los pajaritos al amanecer. Nos amábamos, pero la vida parecía empeñada en separarnos.
El tiempo pasó y un día conocí un nuevo amor, un amor solo para mí, sin terceros involucrados. Comencé una larga relación y, poco a poco, Andrés y yo nos fuimos alejando.
Diez años después nos reencontramos en un bar. Él me dijo que se acababa de separar y me preguntó qué iba a hacer yo con esa nueva realidad, pero ya era tarde para mí. Llevaba menos de un año casada y soñaba con ser mamá.
Nos volvimos a perder el rastro. Supe que poco tiempo después él también se casó y la vida siguió avanzando para ambos. Sin embargo, durante todos esos años seguí soñando muchas veces con él. En esos sueños nos mirábamos a los ojos, pero nunca lográbamos estar juntos.
Mi matrimonio era un buen matrimonio, pero una parte de mí siempre quedó atrapada en aquel amor inconcluso. Años después, en una terapia espiritual, me dijeron que quizás nunca había logrado entregarme por completo a mi marido porque una parte de mi corazón seguía ligada a otro hombre. Entonces pensé en Andrés. Habían pasado décadas, pero algo de ese amor de los 18 años nunca se había ido del todo.
Curiosamente, esa misma semana me lo encontré en un semáforo. Cada uno iba en su auto, nos saludamos, cruzamos un par de palabras y, cuando cambió la luz a verde, sentí que ya no teníamos nada que ver. Le deseé una buena vida. No intercambiamos teléfonos ni nada parecido, pero durante años seguí pensando en él y deseando volver a encontrarlo.
A veces lo buscaba en redes sociales y nunca lo encontraba. Seguíamos siendo amigos en Facebook, pero ninguno de los dos lo usaba hacía años. Hasta que este verano entendí que aquella historia seguía ocupando un lugar en mí y decidí buscarlo. No quería seguir cargando con algo que sentía inconcluso.
Una noche recordé que era su cumpleaños. Faltaban pocos minutos para la medianoche, entré a su Facebook y vi que alguien acababa de felicitarlo y él había respondido. Entonces supe que, al fin, lo había encontrado.
Le escribí, me respondió al día siguiente y le propuse tomar un café. Una semana después nos reunimos a almorzar. Habían pasado casi treinta años desde que nos habíamos enamorado. Estuvimos seis horas hablando; ni siquiera comimos. Me sentí feliz, tranquila, completamente en confianza. Nos costaba sostenernos la mirada hasta que le dije por qué lo había buscado: necesitaba que me devolviera mi corazón.
Él tomó mis manos y me dijo: “Te devuelvo tu corazón”. Repasamos nuestras vidas y también nuestra historia. Hablamos incluso de aquello que durante tantos años había quedado sin respuesta: qué habría pasado si nos hubiéramos quedado juntos. Él llevaba un par de años separado y ambos teníamos dos hijos adolescentes. Quedamos en volver a vernos algún día, si yo me separaba. Nos despedimos sin saber si eso ocurriría.
Esa tarde regresé a mi casa feliz por haber cerrado algo pendiente y por haberme sincerado con alguien que había sido tan importante para mí. Pero esa noche no pude dormir. Durante los días siguientes volví una y otra vez a sus palabras, sus ojos, su voz. Lo que pensé que había cerrado con ese encuentro seguía abierto.
Al mismo tiempo, mi matrimonio atravesaba una de sus tantas crisis. La apatía, los silencios y la distancia se habían vuelto parte de nuestra vida. Una semana después de volver a ver a Andrés tomé una decisión que durante años había creído imposible: me iba a separar. Siempre había pensado que envejecería junto a mi marido, que nuestra vida seguiría así hasta el final. Pero por primera vez pude imaginarme fuera de ese matrimonio y entendí que no quería seguir viviendo de esa manera. Después de veinte años juntos, decidí terminar nuestra relación.
No sentí que me estuviera separando por Andrés. Volver a verlo, sin embargo, me obligó a mirar mi matrimonio de otra manera y a reconocer algo que llevaba mucho tiempo evitando: ya no éramos felices juntos. Mi marido no quería separarse y me dijo que, si era lo que yo quería, me fuera. Yo no estaba dispuesta a abandonar mi casa ni a mis hijos. Así seguimos compartiendo cama mientras intentábamos entender cómo continuar y cómo se lo diríamos a los niños y a la familia.
Los días pasaron y volví a escribirle a Andrés. Él también había estado pensando en mí. Comenzamos a hablar todos los días, todavía como amigos, porque yo quería darme tiempo para entender qué pasaba con mi matrimonio. Pero nada cambió y finalmente me saqué el anillo. Así comenzó la segunda temporada de nuestra historia de amor.
Nos encontrábamos en parques, mientras nuestros hijos estaban en el colegio, todavía con miedo de que alguien nos viera. Retomábamos una historia que había quedado suspendida hacía casi treinta años.
Estábamos felices. No podíamos dejar de pensar el uno en el otro, hablábamos de todo, nos acompañábamos en lo cotidiano y él también estuvo presente durante mi separación. Todo avanzó muy rápido. Mientras intentaba cerrar veinte años de matrimonio, comenzaba a construir algo con Andrés.
Había momentos en que esas dos vidas se superponían y me costaba entender lo que estaba viviendo. Pero también había algo que tenía muy claro: por primera vez podía vivir aquella historia sin que ninguno de los dos tuviera 18 años y sin una amiga en medio. Hasta que las cosas comenzaron a complicarse.
Había menos tiempo, menos espacios y más obligaciones. Seguíamos siendo felices cuando estábamos juntos, pero yo empecé a sentirme insegura. Los mensajes comenzaron a espaciarse y a sentirse más distantes. Veníamos de meses muy intensos y apenas habíamos tenido tiempo para preguntarnos qué estábamos haciendo.
Habíamos postergado durante semanas una salida especial y finalmente la dejamos para mi cumpleaños. Una hora antes de encontrarnos me llamó para decirme que sus planes habían cambiado y que debía ir a buscar a su hijo.
Lloré como aquella primera vez. Le escribí que podría haberme roto el corazón cualquier otro día, pero no ese. Le dije que, si esto no era recíproco, prefería dejarlo hasta ahí. Le agradecí todo lo vivido.
Al día siguiente me respondió que nunca había querido romperme el corazón, que lo sentía y que también agradecía todo lo compartido. Después me arrepentí de haber terminado todo de esa manera. Entendí que había reaccionado desde el miedo. Lo invité a tomar un café y me dijo que no. Le pregunté si podríamos conversar después. No volvió a responder.
Han pasado los días, las semanas, y sigue doliendo. Sigo pensando en él y necesitando una respuesta que me ayude a entender qué nos pasó. ¿Nos ganó el miedo? ¿Nos abrumó la intensidad? ¿O simplemente llegamos hasta donde podíamos llegar? Lo que todavía me cuesta aceptar es tener que dejar ir, otra vez, esta historia de amor.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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