Por Pablo Retamal N.Nostalgia de la Luz: el documental de Patricio Guzmán en que unió astronomía y memoria y que lo enfrentó a TVN
Fue uno de los trabajos más célebres y reputados del realizador que falleció este martes 15 a los 85 años. Una mirada profunda donde los telescopios del desierto de Atacama que exploran el origen del universo se cruzan con la incansable búsqueda de los detenidos desaparecidos de la dictadura. Un legado poético, político y clave del cine latinoamericano.

En el árido y luminoso desierto de Atacama, a más de tres mil metros de altura, el cielo se vuelve tan transparente que permite a los astrónomos asomarse a los confines del universo. Allí, arriba quemando el sol, en uno de los lugares más secos del planeta, los telescopios más potentes del mundo escudriñan galaxias lejanas, agujeros negros y los orígenes mismos de la vida.
Pero bajo esos mismos cielos cristalinos, el suelo salitroso y extremadamente seco conserva intactos restos humanos: momias precolombinas de miles de años, huesos de mineros del salitre del siglo XIX y, también fragmentos de cuerpos de detenidos desaparecidos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet.
Esta poderosa yuxtaposición entre lo cósmico y lo terrenal, entre la búsqueda de las estrellas y la de la memoria histórica, constituye el corazón de Nostalgia de la luz, el documental de 2010 dirigido por el cineasta chileno Patricio Guzmán, fallecido en esta jornada.

Considerado uno de los grandes logros de su vasta filmografía —después de la monumental trilogía La batalla de Chile y obras como Chile, la memoria obstinada o El caso Pinochet—, Nostalgia de la luz marca un punto de madurez artística y poética en la trayectoria de Guzmán.
El director, que se exilió tras el golpe de Estado de 1973 dedicó gran parte de su vida a recuperar la memoria colectiva chilena, logra aquí una meditación profunda sobre el tiempo, la memoria y el destino humano.
Con una duración de aproximadamente 90 minutos, el filme combina imágenes de una belleza hipnótica —capturadas por la fotógrafa Katell Djian— con testimonios de astrónomos, arqueólogos, sobrevivientes de campos de concentración y, especialmente, de mujeres que aún hoy remueven la tierra del desierto en busca de los restos de sus seres queridos.
La narración, en la voz serena y reflexiva del propio Guzmán, guía al espectador por un arco que une la infancia del director —fascinado por la astronomía y por Julio Verne— con las inquietudes del adulto que ha vivido el horror de la historia reciente.

En los primeros tramos, el documental se sumerge en el trabajo de los observatorios internacionales instalados en Atacama: La Silla, Paranal, Gémini. Astrónomos como Gaspar Galaz explican cómo la luz que llega desde estrellas lejanas es, en realidad, un viaje al pasado, un pasado “más pasado” que el que investigan los arqueólogos.
Lautaro Núñez, arqueólogo, reflexiona sobre cómo la dictadura interrumpió la investigación del pasado más lejano de Chile, un país que, según él, “no trabaja su pasado”.Pero la película no se queda en la contemplación científica. Pronto aparecen las mujeres de Calama y otras buscadoras, como Vicky Saavedra y Violeta Berríos, que desde hace décadas peinan el desierto con herramientas precarias, casi con las manos, en una labor titánica e inacabada.
Mientras los científicos miran hacia arriba con telescopios multimillonarios, ellas miran hacia abajo, en busca de osamentas que el régimen militar intentó hacer desaparecer: cuerpos que fueron enterrados, luego exhumados y arrojados al mar o reenterrados en lugares inverosímiles. La ironía es brutal y conmovedora: el mismo desierto que preserva la historia antigua y permite ver el origen del universo también guarda las pruebas de los crímenes de lesa humanidad.

Guzmán entrelaza estas búsquedas con otras historias personales. Por ejemplo, Luis Henríquez, sobreviviente del campo de concentración de Chacabuco (un antiguo pueblo salitrero reconvertido en prisión tras el golpe), recuerda cómo los detenidos estudiaban astronomía y construían pequeños instrumentos de observación hasta que los militares lo prohibieron, temerosos de que mirar las estrellas les diera ideas de escape. Miguel, un arquitecto preso, memorizó cada detalle de las cárceles y campos donde estuvo y luego los dibujó con precisión milimétrica, dejando a los militares “estupefactos”. Valentina Rodríguez, astrónoma cuyo padre fue desaparecido cuando ella era bebé, habla de la “falla de fábrica” que siente y de la esperanza que depositan en sus hijos. Victor González, ingeniero hijo del exilio, y su madre, que trabaja con cuerpos traumatizados por la tortura, completan un mosaico de memorias vivas.
La recepción crítica internacional fue extraordinaria. Estrenada en la selección oficial del Festival de Cannes 2010, donde obtuvo una mención especial del premio François Chalais, Nostalgia de la luz ganó el Premio al Mejor Documental de la Academia de Cine Europea ese mismo año. Acumuló distinciones en festivales de Toronto, Miami, Guadalajara, Yamagata, Sheffield, Biarritz y muchos más. Fue nominada a un Emmy y a diversos premios de crítica especializada. Incluso, en 2023, la prestigiosa encuesta de la revista británica Sight and Sound la incluyó entre las 250 mejores películas de la historia del cine, compartiendo votos con clásicos como La naranja mecánica o Annie Hall. Formó la primera parte de una trilogía que Guzmán completó con El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019), obras que continúan explorando la relación de Chile con el agua, la tierra y la memoria.

“Sabotaje inadmisible”
Sin embargo, en el país la obra enfrentó obstáculos que revelan las heridas aún abiertas de la historia chilena. En agosto de 2013, Televisión Nacional de Chile (TVN) emitió el documental de forma considerablemente editada y desordenada.
Según denunció el propio Guzmán, la transmisión del domingo 28 de julio (pasada la medianoche) omitió los títulos iniciales, el nombre de la obra y toda la introducción. La película comenzó abruptamente en el minuto 35, se saltó la primera parte completa y luego se mostraron fragmentos dispersos, algunos incluso repetidos.
Indignado, Guzmán envió una carta abierta desde París al entonces director ejecutivo de TVN, Mauro Valdés. El director habló de un “sabotaje inadmisible” de una obra que denuncia los crímenes de la dictadura y da voz a las víctimas.
“Este sabotaje inadmisible de una obra cinematográfica que denuncia claramente los crímenes de la dictadura y que muestra muchos personajes que fueron víctimas graves de la represión y el crimen, me produce una completa indignación y detrás de este hecho no sólo hay una violación del derecho moral y del derecho de autor de un director de cine como yo sino también un acto grave de negación de la historia reciente de Chile protagonizado por un canal de televisión que pertenece al Estado en un país democrático... ¿Es que probablemente en su equipo hay personas que niegan la historia de la dictadura y se expresan de esta manera a través del medio de comunicación que Usted dirige?“, dijo Guzmán en la misiva.

Valdés respondió públicamente atribuyendo el problema a un “error de emisión” técnico por una lectura equivocada de códigos del sistema automático, ofreció disculpas y anunció una retransmisión íntegra para el 24 de agosto. Afirmó además que TVN ya había emitido el documental completo en marzo de 2012 y rechazó cualquier intención de manipulación.
Sin embago, el episodio no fue aislado. Meses después, en octubre de 2013, la directora de un colegio de Curacaví interrumpió violentamente la proyección del documental en una clase de Historia, alegando que los temas de la dictadura “son cosas que no se pueden tratar en los colegios”. Guzmán volvió a escribir una carta abierta, esta vez a la ministra de Educación de entonces, Carolina Schmidt, denunciando el incidente como un síntoma de la situación chilena y prometiendo difundirlo en sus presentaciones internacionales.
En Chile, Nostalgia de la luz se puede ver en Ondamedia, y en Netflix.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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