Por Hernán LarraínEl fanatismo, ¿de la moderación?

Me llamó la atención la expresión del ex Presidente Boric en una exposición reciente en Uruguay, cuando criticó el “fanatismo de la moderación” que, a su juicio, “no lleva a ninguna parte”. Lo había dicho antes, como presidente electo, para justificar la exclusión de la DC de su gobierno. Sin embargo, tras el abrumador rechazo ciudadano a la propuesta constitucional que él apoyara, cambió de parecer. En diciembre de 2025 dirá: “los fanáticos, los que siempre creen que tienen la razón y solo se miran al espejo, no llegan a ninguna parte (sic)”. Por eso me sorprenden sus palabras actuales, como si no hubiese aprendido nada en su experiencia gubernativa, que es donde se forjan los estadistas. Me extrañó, en breve, el sutil elogio a las posturas radicales.
Coincide este enunciado con una actitud muy en boga: el desprecio por la moderación. Muchos, en derechas e izquierdas, se ven seducidos por el atractivo de plantear las cosas fuerte y claro, con la certeza de quienes lo saben todo y hablan desde la verdad. Esta mirada gana adeptos ante el fracaso de políticas que no resuelven conflictos, como ocurre hoy en la esfera de la seguridad pública donde la falta de respuestas efectivas ante el crimen organizado, incentiva posiciones cada día de mayor dureza. De ahí a denostar a quienes tienen posiciones sensatas no hay más que un paso.
Vale la pena detenerse. Aristóteles estaría entre los juzgados con desdén, pues afirmaba que la virtud consiste en encontrar el justo medio entre los extremos, actuando en cada momento según la razón y en la medida adecuada. Tal proceder no configura falta de carácter ni búsqueda de posiciones intermedias o complacientes, sino obrar conforme a la prudencia: la capacidad de discernir lo que corresponde hacer en circunstancias concretas.
En política, las decisiones versan sobre asuntos complejos y en democracia es necesario escuchar al adversario, reconocer los propios límites y buscar lo que puede ser compartido. Eso no significa renunciar a las convicciones, sino reconocer que deben coexistir con otras en una sociedad plural. La moderación no es relativismo moral ni debilidad, sino un camino diferente -más humilde, quizás- que prefiere el diálogo a la descalificación y la persuasión a la imposición. En momentos de polarización, los fines que nos animan no se alcanzan evitando las diferencias, sino impidiendo que ellas destruyan la convivencia.
Las posturas refundacionales pasan la aplanadora, olvidando la experiencia acumulada, los logros alcanzados y los valores culturales arraigados en una sociedad. Las utopías se encandilan con destruirlo todo para reconstruir desde cero lo que ya existía. Pero tampoco el inmovilismo es un valor: impedir los cambios rigidiza y paraliza el inevitable avance social. Gobernar bien consiste en actuar con firmeza ante lo que debe ser preservado y con generosidad donde es necesario ceder, en aras del bien común. No en sostener posiciones exageradas, sino en impulsar cambios justos y posibles.
Los moderados no actúan con fanatismo. Ese es un privilegio de los extremistas.
Por Hernán Larraín, abogado y profesor universitario
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