Por Álvaro OrtúzarAtributos presidenciales: fomedad vs. esperanza

Dos sensaciones rondan por mi cabeza. Por un lado, la de que nuestro país es injusto. Por otra, que el gobierno no está concretando el anhelo que lo llevó al poder. Se nos dibujó un sueño, y un sueño es muy serio.
Ocurre que, por una de esas diagramaciones fortuitas de los diarios, aparecieron dos noticias, pegadas la una a la otra. La primera daba cuenta de que en Chile hay 985.000 cesantes, con una tasa de 9,5%. La segunda, exaltaba que las ganancias de las empresas, solo entre enero y junio de 2026, ascendieron a US$17.000 millones, con un alza de 21% sobre el mismo período de año pasado. En estas cifras se esconde la realidad decepcionante de siempre, la que alimenta la crítica -añeja pero peligrosamente cierta- de la izquierda radical, esa que dice que, en todos los momentos, sean de bonanza o decaimiento, los ricos se enriquecen mientras los pobres se empobrecen. Uno esperaría que parte de esos US$17 mil millones se distribuyeran de una manera equitativa y que los más necesitados recibieran mayores beneficios para salir de su situación. ¡Patrañas! Un país no se sana con medidas como esas. Lo que hacen los empresarios es reinvertir sus ganancias lo que, por defecto, crea nuevos empleos. El ministro Quiroz sigue la línea de pensamiento de Deirdre McCloskey, economista e historiadora que ilumina su gestión. Según ella enseña, un país crece bajo tres pilares básicos: libertad, rentabilidad y dignidad. Quiroz, más práctico, añade que requieren impuestos más bajos y, por lo mismo, mucha atención a la sostenibilidad fiscal. Así planteado, hasta parece un bello proyecto. Incluso al alcance de la mano. Pero en el Chile Day de Madrid, advirtió que se requieren años para cambiar la estrategia. O sea, más espera.
Por eso nos ronda la segunda sensación. La del país que reclama ahora -no después- lo que se le ofreció, el renacimiento de un sueño. Las virtudes para mantenerlo vivo y convencernos de que es posible son las que faltan. Los que gobiernan tienen la responsabilidad de que esperemos, aun cuando duela, de que alguna vez será realidad. Pero que no nos cambien un sueño por una fantasía, pues esta precede a la rabiosa decepción. Solo dos ministros -Quiroz y Alvarado- han demostrado saber lo que hacen, pues se atreven a ser claros, directos, ejecutivos y, por lo tanto, creíbles. Buenísimo. Sin embargo, quien debiera liderar esas virtudes es el Presidente. Al parecer su fomedad, junto con ser un rasgo de personalidad, es el espejo de su desconcierto. ¿Será que su proyecto como candidato -por iliberal que sea- no es el que se está implementando? Obviamente. Y no es que el país lo rechace (por eso lo eligieron). Es más probable que el problema esté al interior del gobierno antes que en el grupo de partidos que lo apoyan. Algunos creemos que el Presidente no ha entendido la urgencia de cambiar el grupo que ocupa la guarida del Segundo Piso. Ojalá por uno más realista, que no nos enrede con reformas constitucionales ni con estados de excepción mussolinianos. Uno al estilo de McCloskey: libertad, rentabilidad y dignidad. Sobre todo, dignidad, porque esa es la que por muchos años se ha pisoteado.
Por Álvaro Ortúzar, abogado
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