¿Tiene el Himno Nacional de Chile su origen en una canción patriótica venezolana?
Primero fue el clásico tostador chileno de pan, comercializado por una empresa local como “parrilla para arepas” ante las nuevas demandas migratorias. Ahora es nuestra Canción Nacional la que ha sido puesta en disputa desde Venezuela, donde se sostiene que tendría su origen en una canción patriótica venezolana. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

La historia conocida de la Canción Nacional chilena comienza en 1819, cuando el gobierno de Bernardo O’Higgins encargó a Bernardo de Vera y Pintado un poema de diez estrofas y un coro destinado a ser cantado. El texto recibió respaldo oficial en septiembre de ese año y se ordenó imprimirlo, distribuirlo por el país y cantarlo antes de cada representación teatral. Inicialmente fue entonado con distintas melodías, entre ellas la del Himno Nacional Argentino, según recuerda José Zapiola. Esto no resultaba extraño, pues las nuevas repúblicas latinoamericanas podían compartir aquello que más tarde se convertiría en símbolos patrios exclusivos. Habría sido el empresario teatral Domingo Arteaga quien posteriormente encargó una música propia a Manuel Robles, violinista de la orquesta de su teatro. Como señala el musicólogo Cristián Guerra, esta nueva versión fue estrenada bajo la dirección del propio compositor el 20 de agosto de 1820, durante la inauguración del local definitivo del Teatro de Arteaga.
La música de Robles combinaba el estilo de las nuevas marchas e himnos republicanos con elementos heredados de la tradición colonial y del villancico catedralicio. Guerra incluso encuentra semejanzas entre el coro del himno de Robles y las coplas de una pastorela de José de Campderrós, antiguo maestro de capilla de la Catedral de Santiago. La sencillez de esta síntesis musical favorecía el canto colectivo y contribuyó al arraigo popular del primer himno patrio. Cuando comenzaba su interpretación en los teatros, el público se ponía de pie, y tanto O’Higgins como Ramón Freire lo escuchaban con respeto y emoción.

Sin embargo, este himno no era bien aceptado por la élite letrada chilena, que tenía gustos más modernos y refinados, cercanos al estilo de las óperas de Gioachino Rossini. De este modo, Mariano Egaña, representante diplomático de Chile en Londres, tomó la iniciativa de buscar una nueva composición. Encargó la tarea al compositor y director catalán Ramón Carnicer, entonces exiliado en la capital británica, quien en 1827 escribió una nueva música para los mismos versos. Esta es la música que entonamos hasta la actualidad. Pero aún faltaba algo.
En efecto, fue a partir del reconocimiento de la independencia chilena por España en 1844 y del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países, que el tono marcadamente antiespañol de los versos de Vera y Pintado comenzó a resultar incómodo.
Por ello, en 1847 el gobierno chileno encomendó al joven poeta Eusebio Lillo una nueva letra. Lillo compuso seis estrofas, pero conservó el antiguo coro: “Dulce Patria, recibe los votos…”. De este modo quedó establecida la autoría reconocida hasta hoy en Chile: música de Ramón Carnicer, estrofas de Eusebio Lillo y coro de Vera y Pintado.
El giro venezolano
Esta es, en líneas generales, la historia de la Canción Nacional chilena que conocemos. Sin embargo, en los últimos años la musicología venezolana ha planteado un desafío a esta historia en lo que podría ser un gran equívoco, aunque sustentado en hallazgos muy concretos.
Todo comenzó en 2008 con el descubrimiento en la Biblioteca Nacional de Venezuela una hoja con el himno patriótico “Caraqueños, otra época empieza”, con letra de Andrés Bello y música de Cayetano Carreño, fechado en 1810. Ese himno, cuya música no estaba incluida en la hoja descubierta, había quedado en el olvido frente al que se transformaría más tarde en el Himno Nacional de Venezuela, “Gloria al bravo pueblo”, también de 1810.
El descubrimiento pocos años después de una partitura con la música de la letra de Bello produjo la verdadera sorpresa, pues esa música correspondía a la Canción Nacional de Chile. Además, el coro decía: “Dulce Patria, recibe los votos / con que América toda juró / que o la tumba serás de los libres / o el asilo contra la opresión”. A partir de ese hallazgo empezó a circular en Venezuela la idea de que la música de la Canción Nacional de Chile era de Cayetano Carreño y el coro de Andrés Bello.

El hallazgo de Caracas era extraordinario, pero planteaba un problema de cronología. Aunque “Caraqueños, otra época empieza” era de 1810, la partitura encontrada en Caracas habría sido copiada entre 1840–1845, más de una década después de la partitura de Carnicer. No deja de ser sugerente que esta copia fuera de la época en que se preparaban los actos de repatriación de los restos de Simón Bolívar a Venezuela, para lo que se requería abundante repertorio patriótico. Todo indica, entonces, que la Canción Nacional chilena circulaba en Venezuela a mediados del siglo XIX.
Andrés Bello, había trabajado con Mariano Egaña en la legación chilena en Londres, y debe haber conocido tempranamente el nuevo himno chileno encomendado a Carnicer. Que luego aparezca en Caracas bien pudo haber sido un gesto de diplomacia cultural del propio Bello. Todo esto es solo una posibilidad que invierte la dirección que parecía sugerir inicialmente el hallazgo venezolano.
Lo particular es que en esta dimensión continental que adquiría “Caraqueños, otra época empieza”, ahora chileno-venezolana a partir de la década de 1840, también participaba Bolivia, pues la música del verso final del himno chileno, “o el asilo contra la opresión”, es la misma que la del himno boliviano, pero cantada con la letra “morir antes que esclavos vivir”. Sucede que cuando en 1845 el presidente boliviano José Ballivián le encargó una canción patriótica al músico italiano Leopoldo Benedetto Vincenti, este acababa de trabajar con bandas militares chilenas y conocía muy bien nuestro himno nacional. Vicentini, entonces, no dudó en utilizar ese fragmento conclusivo como final del himno patrio de Bolivia, hermanando a dos naciones vecinas desde sus propios himnos nacionales.
Hay que tener presente que en aquellos años circulaban por Hispanoamérica numerosas canciones patrióticas cuyos versos y melodías se intercambiaban, adaptaban y reutilizaban con bastante libertad. Un mismo texto podía cantarse con distintas músicas, como sucedió con nuestro primer himno nacional, y una misma melodía podía recibir nuevas palabras según las circunstancias políticas de cada territorio, como ocurrió con nuestro segundo himno nacional. Todavía no estaba consolidado en América el concepto moderno de himno como una unidad fija e inalterable de letra y música, asociada además a autores claramente identificados.
Las diferencias entre los hallazgos venezolanos de la letra y de la música obligan, por lo tanto, a separar preguntas que hasta ahora se habían presentado como una sola. Una cosa es comprobar la estrecha semejanza entre la copia venezolana de la década de 1840 y la música de Carnicer; otra, demostrar que esa copia reproduce una obra compuesta en 1810 por Carreño sobre versos de Bello. La hoja impresa confirma la colaboración de ambos autores en “Caraqueños, otra época empieza”, pero no prueba que la música perdida de esa canción sea la que hoy cantamos en Chile. Tampoco permite atribuirle a Bello el coro de Vera y Pintado, ausente del impreso caraqueño original.
El aislamiento internacional de Venezuela y el deterioro de sus espacios académicos y musicológicos durante los difíciles años transcurridos desde comienzos de la década de 2010 ayudan a explicar por qué estos equívocos no se discutieron antes con mayor amplitud. Solo recientemente, gracias a la iniciativa de musicólogos venezolanos que continúan trabajando en su país, ha sido posible retomar el diálogo, intercambiar fuentes y contrastar interpretaciones. Entonces, podemos afirmar que, al igual que el Estrecho de Magallanes, nuestra Canción Nacional y nuestro tostador de pan son, han sido y seguirán siendo chilenos.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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