Opinión

Fecundidad en tiempos de amor líquido

Según estimaciones recientes del INE, la tasa de fecundidad en Chile descenderá a 0,97 hijos por mujer en 2025, el nivel más bajo desde que existen registros. Esta proyección obliga a interrogar las causas de este fenómeno, más allá de explicaciones coyunturales. Tener un hijo es una de las decisiones más irreversibles que puede tomar una persona, pero la vida contemporánea se organiza cada vez más en torno a vínculos reversibles y sometidos a evaluación permanente. En esa tensión —entre decisiones irreversibles y relaciones frágiles— se juega una clave central de la crisis de la natalidad. La caída de los nacimientos ocurre en paralelo a la disminución e inestabilidad de las uniones. No se trata solo de un problema de costos o políticas insuficientes, sino de un marco de vida en pareja que dificulta las condiciones mínimas de confianza que suponen los proyectos familiares duraderos. De esto, sin embargo, se habla poco.

Este escenario se refleja en los indicadores demográficos. Mientras los nacimientos han descendido a niveles históricamente bajos, el matrimonio ha perdido centralidad como forma de organización de la vida adulta. Ambas curvas avanzan casi en paralelo. Cada vez menos personas se casan, lo hacen a edades más avanzadas o permanecen solteras durante gran parte de su vida fértil. Al mismo tiempo, los matrimonios se han vuelto más frágiles, con mayores probabilidades de ruptura y menor capacidad de ofrecer horizontes estables. Y aunque la convivencia ha aumentado, lo ha hecho también de modo más inestable y menos duradero. El resultado es una proporción creciente de hombres y mujeres que atraviesa sus años reproductivos sin estar inserta en relaciones suficientemente sólidas como para sostener decisiones familiares exigentes.

Esta fragilidad impacta en la decisión de tener hijos. Cuando la relación de pareja es percibida como incierta o reversible, el costo subjetivo de dar ese paso aumenta. Aquí no solo entran en juego los recursos materiales o los apoyos externos, sino la capacidad del vínculo para absorber tensiones futuras. Cuando esa capacidad es dudosa, la decisión tiende a postergarse y, en muchos casos, a no concretarse.

En este punto, el matrimonio cumple una función social difícil de reemplazar. No garantiza estabilidad ni elimina los conflictos, pero establece un marco normativo y simbólico que facilita la coordinación de expectativas y los compromisos sostenidos en el tiempo. Al formalizar la relación, reduce la ambigüedad respecto de su continuidad y distribuye de manera más clara los costos y responsabilidades asociados a ser padres. Cuando el matrimonio pierde legitimidad o se vuelve prescindible, esa función no desaparece, pero deja de cumplirse de manera consistente.

Su disminución y debilitamiento no solo reducen el número de nacimientos –como muestran de manera consistente los estudios comparados–, sino que también alteran su distribución social. La fecundidad tiende a concentrarse en quienes logran sostener vínculos estables, mientras otros quedan crecientemente excluidos de la experiencia parental. Al mismo tiempo, la fragilidad de las uniones incrementa la probabilidad de maternidades en contextos de mayor vulnerabilidad, profundizando desigualdades ya existentes y reforzando la sobrecarga de cuidados sobre las mujeres.

Tal vez la pregunta de fondo no sea solo por qué nacen menos niños, sino qué condiciones estamos ofreciendo para su desarrollo. Recuperar la fecundidad no consiste sólo en aumentar el número de nacimientos, sino en facilitar que esos niños crezcan en entornos familiares amigables para la crianza. En ese sentido, el matrimonio suele ofrecer un marco más favorable, en la medida en que tiende a la presencia estable de ambos padres. Ignorar esta dimensión dificulta cualquier intento serio por contener la crisis. No se trata de conservadurismo, sino de mirar con realismo dónde están las raíces de uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Por Catalina Siles, investigadora del IES

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