Opinión

Hipérboles y polarización

Foto: Sebastian Cisternas/Aton Chile

A casi 70 días del inicio del nuevo gobierno, partidarios y opositores no han menguado el tono estridente y efectista tan propio de la última campaña electoral. Ya asumido, el Ejecutivo siguió hablando de “país en quiebra” y “urgencias”; la oposición, por su parte, anunció “tsunamis” de indicaciones e intentó construir un mundo dicotómico de ricos versus pobres. No solo la “luna de miel” del gobierno duró poco: también el período inicial de su administración sin fuertes confrontaciones. En ambos lados, ha costado calibrar los niveles del discurso y generar un clima proclive al diálogo.

Este estilo de hacer política, que se reforzó tras el estallido social y los ensayos constitucionales, no da tregua al oponente y, al momento de formular diagnósticos y promesas, sobreutiliza las exageraciones e “hipérboles” -como reconoció el propio Presidente Kast-. Eso no es inocuo. Aunque permita ganar elecciones, a la larga esas maneras desacreditan a la política en su conjunto y alimentan la polarización.

Hoy, la polarización afectiva en Chile se sitúa en su nivel más alto tras elecciones presidenciales en casi una década -6,7 puntos en una escala de 1 a 10-, de acuerdo con el estudio longitudinal realizado por LEAS UAI y el Comparative National Elections Project (CNEP), publicado por La Tercera. Entre los 10 países medidos, Chile presenta el segundo mayor nivel de polarización afectiva, superado solo por Estados Unidos. A diferencia de ese país, en Chile la polarización muestra un patrón sinuoso: recién a partir de 2021 se observa un aumento sostenido (Segovia, 2022), y se combina con fragmentación, desafección política y baja identificación partidaria (Cox et al., 2025).

Al inicio de un nuevo gobierno, se espera un momento de mayor tranquilidad y unidad, pero los datos de LEAS-CNEP muestran que esta vez la polarización no se detuvo con el cierre del proceso electoral: iniciada la nueva administración, esta tendencia creció, especialmente entre quienes votaron por Kast y por Jara.

La inquietud por este fenómeno no puede minimizarse. Altos grados de polarización pueden socavar las bases de la democracia en una doble dimensión. A nivel institucional, cuando los actores no se reconocen mutuamente como un legítimo “otro”, se profundiza la desconfianza hacia las instituciones y se abre espacios para movimientos antidemocráticos (Torcal, 2023). En materia de eficacia, una mayor polarización obstaculiza la deliberación democrática, dificulta el procesamiento de diferencias, el alcance de acuerdos y la capacidad del sistema para entregar soluciones a los problemas de la ciudadanía.

El clima de descrédito mutuo alimenta un círculo pernicioso que, en los últimos años en Chile, se ha expresado en dificultades para construir consensos y realizar grandes transformaciones. En ese escenario, la intención de avanzar al ritmo deseado por el gobierno en su proyecto “mega reforma” enfrentará no solo un camino con más ripios de lo que el diseño original supuso, sino también el riesgo de que una inadecuada conducción del debate expanda los ya altos niveles de polarización.

Por Magdalena Browne, decana Escuela de Periodismo y Comunicaciones UAI

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