Impresiones
Qué tajantes, pretenciosamente concluyentes, suelen ser las columnas de opinión de nuestros diarios: ni que fueran editoriales, manifiestos, testamentos o últimas palabras. Y eso que la opinión individual es siempre un parecer, un autoconvencerse en público, con todo lo desvergonzado que significa dar rienda suelta a la subjetividad. ¿Por qué no, mejor, ofrecer impresiones, no meras aseveraciones? Algo menos presumido, no por ello menos potente.
Pienso en los pintores impresionistas y en lo que aprendieron de sus pares japoneses: aquel acierto en el que no se pretende nada definitivo, aunque lo que se muestra resulte igual de iluminador. Representar tentativamente, como si se estuviera indagando, sondeando, sirviéndose de bosquejos ensayísticos, pinceladas o trazos brevísimos, a la rápida, si bien asertivos. Sin dedicarse a detalles ni a elaboraciones trabajosas que busquen retratar idealmente lo que se ve. Los impresionistas no eran academicistas, recordemos. Más bien dan curso a la imaginación propia y ajena. No se proponen aleccionar ni seguir reglas rígidas sobre cómo representar. Parecen suponer que los espectadores saben lo que ven o lo intuyen de antemano, familiarizados gracias a skematas previos que hacen las veces de arquetipos guía con que el artista formula una ilusión (véase E. H. Gombrich). Basta con transmitir una aproximación sugerente, tan provocadora como cuando a impresiones fugaces se las captura a fin de devolverlas a un espectador expectante que las completa. De hecho, las impresiones se captan en fracciones de segundo. Hacen persistir su efecto incluso después de que dejan de coincidir con el campo de visión; en el entretanto, se las puede reproducir.
Ahora bien, mientras el público siguió corseteado por un academicismo convencional ya obsoleto, las “impresiones” de Monet, Renoir, Pissarro, Morisot y compañía fueron objeto de rechazo. Exponen por primera vez, estalla una escandalera y se les veta durante décadas. Se creyó que lo de ellos era una tomadura de pelo. Un siglo y medio después, en nuestros días, masas de personas en todo el mundo (en especial en Japón) prefieren el impresionismo por sobre cualquier otro estilo pictórico. Y no solo se ha revertido el rechazo inicial, sino que tendemos a ver la realidad tal como los impresionistas nos enseñaron y adiestraron a verla. Su taquigrafía la hemos hecho nuestra.
En efecto, no se conoce revolución más exitosa que la del impresionismo. Compare la suerte de Robespierre, Lenin y Fidel con la de Monet, Cézanne y Seurat. Y vea usted las maravillas que nos han legado; contrástelas con los desastres con que esos otros revolucionarios fracasados se hacen perdurar a la fuerza. En fin, a nuestros columnistas les iría mejor si repararan en cuán convincentes han terminado por resultar los impresionistas.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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