Opinión

La política como medio

Foto: Dedvi Missene. Dedvi Missene

La política no es tanto un fin como un medio.

Por supuesto, cualquier persona que se dedica a ella busca un objetivo claro: llegar al poder y ejercerlo. En las democracias modernas la representación de ese poder debe contar con la anuencia y legitimidad de los ciudadanos, lo que se manifiesta a través de las elecciones periódicas y la posterior rendición de cuentas de las autoridades. Todo eso es cierto.

Sin embargo, también lo es que la política es algo más complejo y menos lineal que una constante lucha por el poder. Los mejores políticos, de hecho, pasan la mayor parte de su tiempo convenciendo y persuadiendo, no peleando ni descalificando. Ejemplos en la historia sobran, como lo atestiguan momentos críticos como la reconstrucción de los sistemas políticos posrevolucionarios y las transiciones a la democracia en los años noventa.

La presentación esta semana de la Ley de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social es una buena oportunidad para que el gobierno y la oposición muestren sus diferencias, pero también, y quizás más relevante, los puntos de encuentro que permitan discutir y eventualmente aprobar la reforma sin incurrir en el cortoplacismo del pirquineo de votos.

Para ello, es indispensable que el gobierno le dé el espacio a Interior y la Segpres para que sus ministros y subsecretarios desplieguen lo que saben hacer: conversar, dialogar, ceder aquí para ganar allá. Por su parte, la oposición (o al menos la que sabemos que no se opondrá a todo porque sí) tendrá que estar a la altura de lo que significa representar las urgencias de las clases medias y populares, hoy más que nunca necesitadas de las ayudas económicas que contiene el proyecto.

Para los fanáticos de lado y lado todo lo que digo es anatema, por cierto. Creen que parlamentar es para los traidores y cobardes; que pactar en un artículo o inciso es tan grave como ceder en los principios. Nada más alejado de la realidad: hay pocas cosas más difíciles en política que aceptar el error propio y la sensatez del que está al frente. Los que lo hacen, los que logran vencer el miedo del qué dirán, los que entienden que la política identitaria es peligrosamente simplista, son los que al final de cuentas sobresalen y ganan el partido.

El poder, entonces, es un objetivo, pero un objetivo que depende de las herramientas y medios que se utilizan para alcanzarlo. Mientras más abiertos y transversales sean esas herramientas y medios, mejores serán los resultados. Al final de cuentas, se trata de un fino equilibrio entre los intereses particulares de los propios y las urgencias colectivas de la sociedad. O, parafraseando al célebre historiador inglés E.H. Carr, de que los individuos entiendan que no son entidades aisladas, sino productos de su entorno social y temporal.

El debate sobre la propuesta del gobierno se anticipa largo y tensionado, y no hay problema en que así sea. Lo que sí sería un error es que el Ejecutivo se conformara únicamente con los votos propios y los de uno que otro descolgado. Eso sería, en el fondo, pan para hoy y hambre para mañana.

Por Juan Luis Ossa, historiador e investigador CEP.

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