La sociedad que debemos construir en la era de la IA
Nunca habíamos tenido tanta capacidad de obtener respuestas y, al mismo tiempo, nunca había sido tan necesario preguntarnos qué hacer con ellas. Hoy, al alcance de un clic, la inteligencia artificial entrega datos, argumentos, ideas o soluciones convincentes, transformando la manera en que trabajamos, aprendemos y decidimos. Pero una respuesta bien elaborada no equivale necesariamente a conocimiento ni reemplaza el juicio humano.
Por eso, el foco no solo debe estar en cuánto sabe la IA o qué es capaz de resolver, sino en qué capacidades debemos desarrollar como personas y como sociedad para seguir pensando, aprendiendo y actuando responsablemente con criterio para verificar, contextualizar y cuestionar.
Esa reflexión adquiere aún más sentido ante la mirada del Papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, en la que advierte que estamos viviendo un verdadero “cambio de época”. Nos invita a no dejar que la sucesión de emergencias y la velocidad de las transformaciones decidan por nosotros el rumbo que queremos seguir como comunidad. Al contrario, nos llama a detenernos y hacernos preguntas que hoy resultan especialmente pertinentes en la era de la IA: ¿hacia dónde vamos? ¿Qué dirección queremos elegir como sociedad?
Durante mucho tiempo nos preocupó que las máquinas llegaran a pensar como las personas. Hoy, cuando la IA ya puede realizar tareas que asociábamos al pensamiento humano, la preocupación debería ser que las personas dejemos de pensar y nos rindamos ante las máquinas. Steven D. Shaw, académico de la Wharton School, denominó este riesgo como “rendición cognitiva”, que es la tendencia a delegar en la IA procesos de razonamiento que antes realizábamos nosotros mismos. Estas capacidades no desaparecen de un día para otro, sino que se debilitan cuando dejamos de ponerlas en práctica.
Ahí está la verdadera dimensión de esta transformación. En un mundo donde el acceso al conocimiento dejó de ser el principal factor diferenciador, cobran valor aquellas capacidades que ninguna tecnología puede reemplazar por sí sola: el pensamiento crítico, el criterio, la creatividad, las habilidades blandas, la flexibilidad, la capacidad de aprender permanentemente, de adaptarse y de colaborar con otros.
Esto se vuelve más urgente en un contexto de creciente incertidumbre laboral. La discusión suele concentrarse en eficiencia y cuántos empleos desaparecerán. Como ha ocurrido con toda revolución tecnológica, enfrentamos un período de incertidumbre y profundas transformaciones en el mercado laboral. Pero quizás la pregunta principal que debemos responder es si estamos preparando a las personas para esa transición, especialmente a quienes están iniciando su vida laboral, que ya enfrentan un escenario más incierto.
Y esta responsabilidad nos interpela a todos, porque la respuesta no depende únicamente del desarrollo tecnológico. Depende de las decisiones que tomemos como sociedad, de la disposición de cada persona a seguir aprendiendo, cuestionando y adaptándose; de la capacidad de las universidades para formar las competencias que demandará este nuevo escenario; del compromiso de las empresas con la capacitación, la reconversión de habilidades y el desarrollo continuo de sus equipos; y también de políticas públicas que permitan que esta transición no profundice las brechas existentes ni deje a miles de personas atrás.
Las sociedades que enfrenten mejor esta nueva etapa no serán necesariamente aquellas que desarrollen la IA más avanzada, sino las que sean capaces de desarrollar mejor a sus personas. Como recuerda el Papa León XIV, “cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo”. Tal vez esa sea precisamente la responsabilidad de la nuestra aprovechar el enorme potencial de la IA sin olvidar que el progreso existirá solo si pone en el centro a las personas.
En medio de años marcados por una pandemia, crisis económicas, conflictos bélicos y el avance acelerado de la IA, puede que las respuestas que buscamos no están en algo completamente nuevo, sino en volver a lo esencial: reconectar con el propósito y los valores que forman parte de nuestro ADN, ya sea en personas, instituciones o empresas. Desde ahí podemos construir la sociedad que necesitamos en medio del cambio.
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE