Educación, mérito y justicia
El nuevo libro de la filósofa política Teresa Bejan, “First Among Equals: Visions of Equality Before Egalitarianism” (Primero entre iguales: visiones sobre la igualdad antes del igualitarismo”), aparecerá a fines de este año. Y, a juzgar por las entrevistas y artículos que ha publicado su autora, debería ser de bastante utilidad para el debate sobre educación que comienza a configurarse en Chile.
Lo que Bejan hace es reconstruir la historia del concepto político de igualdad, mostrando que ha significado cosas bastante distintas en el pasado, y que la tensión entre sus significados sigue latente en el presente. Esto, en buena medida porque varios de estos significados están asociados a distintos niveles que se tensionan entre sí. Igualdad entre individuos, igualdad entre familias, igualdad entre grupos.
La pregunta respecto a en qué somos iguales y qué se sigue de ello no tiene una respuesta obvia, y las aparentes soluciones en un nivel pueden generar resultados odiosos y contradictorios en otros.
Bien lo sabemos en Chile, donde la fiebre por la justicia correctiva respecto de los grupos indígenas durante la fallida Convención terminó generando una masiva indignación por la injusticia que se generaría a nivel interpersonal. Así, la pretensión de corregir una injusticia grupal, llevada demasiado lejos, terminaba generando privilegios odiosos para los miembros de esos grupos.
En educación ocurre algo parecido. Las reformas realizadas por el segundo gobierno de Michelle Bachelet, dirigidas directamente desde el Mineduc por dos asesores del Frente Amplio (Miguel Crispi y Gonzalo Muñoz), tenían por objetivo asegurar una igualdad casi geométrica entre los estudiantes del sistema estatal. Que nadie pudiera diferenciarse de ninguna manera. Por eso su símbolo es la tómbola en vez de la balanza: la justicia como aleatoriedad en vez de como ponderación.
Hoy la derecha reclama, en nombre del mérito, reintroducir la balanza. Y, claro, el concepto de mérito es tan complicado como el de igualdad, y están íntimamente relacionados. ¿Qué se merece y bajo qué condiciones? Si se niega todo mérito se termina negando la agencia humana. Si se niega toda determinación, se terminan justificando graves injusticias. La izquierda, decía André Frossard, no cree en el pecado, mientras que la derecha no cree en el perdón.
Junto a esta disputa por el mérito aparece, de la mano del trabajo de la historiadora Sol Serrano, una discusión que tiene que ver con la justicia no entre individuos, sino entre grupos. Esto es, el debate respecto de la necesidad de élites públicas que permitan no sólo la movilidad social, sino una mayor diversidad de perspectivas y experiencias vitales entre los grupos dirigentes chilenos.
En suma, la búsqueda de justicia entre individuos terminó lesionando la justicia entre grupos sociales, para beneficio directo, además, de las élites frenteamplistas que, viniendo de colegios privados y selectivos, finalizan ocupando el espacio de aquellos que venían de los liceos de excelencia. Un caso de ironía turchiniana.
Lo que nuestra discusión pública probablemente necesita, para lograr dar pasos constructivos, es reconocer la existencia de distintos niveles y de distintos sentidos en los que debe intentar buscarse la justicia. Esto llevaría a soluciones de más espíritu de sutileza que espíritu geométrico y partisano.
Podríamos, así, discutir, por primera vez en décadas, efectivamente sobre educación. No sobre edificios, modelos de negocio, lucro, efecto pares o tablets, sino sobre proyectos escolares, el rol de los directivos, las realidades del aula, los premios al esfuerzo, el rol de los padres, el sentido de los contenidos, los programas de alto rendimiento, los propedéuticos, el analfabetismo funcional campante, y tantas otras cosas. Cómo equilibrar la búsqueda de justicia en distintos niveles y para beneficio de todos.
Da la impresión de que muchos de los tecnócratas educativos del ciclo político anterior no querrían tener estas conversaciones. Sin embargo, no tienen muchos logros para defender su obra. De la educación lo hemos esperado casi todo, pero no la hemos pensado casi nada.
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