Lo bueno, lo malo y lo feo del IPOM
El Banco Central entregó este miércoles su Informe de Política Monetaria, un documento que, leído con atención, parece escrito por un economista con sentido del humor negro: te dice que las cosas no van tan mal… pero que irían mucho mejor si dejáramos de tropezar con la misma piedra.
Como en el clásico de Sergio Leone, conviene ver la película completa: lo bueno, lo malo y lo feo. Sin anestesia, sin eufemismos, y con un recordatorio histórico para no repetir el guión.
Lo bueno: cobre alto, una cartera de inversiones que aumenta y un crudo que cede a tiempo
Hay oxígeno externo. El Central subió su proyección del cobre a US$5,8 la libra para el 2026, empujado por la demanda de la transición energética, las nuevas tecnologías y el mayor gasto global en defensa. El catastro de grandes proyectos de la Corporación de Bienes de Capital elevó 33% la inversión prevista para el período 2026-2029, y el propio Banco subió el rango de crecimiento del PIB del 2027 a 2%-3%, y como regalo de última hora, el anuncio del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, posterior al cierre estadístico del Informe, ya llevó al petróleo bajo los US$80, un respiro directo para nuestros términos de intercambio.
Como decía Milton Friedman, la gran virtud del libre mercado es que “no le importa el color de las personas ni su religión; solo le importa si pueden producir algo que otros quieran comprar”. La bonanza es real. El desafío, como siempre, es no dilapidarla. Conviene, eso sí, también leer la letra chica. El IPOM no consagra ningún ajuste fiscal: al contrario, supone un gasto público 1,2 puntos del PIB mayor que en marzo, con un consumo estatal que crece más de lo previsto. La disciplina fiscal, lejos de ser un logro para celebrar, sigue siendo la tarea pendiente. Y no es un detalle contable. Sin ella, el peso del ajuste terminará recayendo sobre la tasa de interés o sobre más deuda. Contener el gasto es una condición y no un capricho, para que la inversión privada vuelva a respirar. De ahí la relevancia de que se concreten los ajustes anunciados por el Gobierno para todo su mandato.
Lo malo: el crecimiento de este año recortado a 1%-1,75% y un consumo que se arrastra
La sorpresa negativa del primer trimestre, los desempeños de la minería, agro, pesca y un turismo, que obligaron a bajar la proyección del PIB del 2026 desde 1,5%-2,5% a 1%-1,75%. El consumo privado se ralentiza por un empleo débil, una inflación que erosiona los ingresos reales y unas expectativas golpeadas, todo con una TPM clavada en 4,5% y sin margen evidente para recortar.
Hayek lo advirtió hace ocho décadas: “cuanto más planifica el Estado, más difícil se vuelve planificar para el individuo”. Reformas mal calibradas o eternamente postergadas han dejado un rastro de estancamiento en toda la región. Chile no está solo en eso; pero tampoco puede darse el lujo de copiar a quienes repiten el ciclo.
Lo feo: la inflación que repunta, las rigideces que no ceden y el costo de los malos experimentos
La inflación, según el Central, cerraría el año algo por sobre el 4% por el shock del petróleo, aunque convergería al 3% hacia el 2027.
Lo estructural es lo que más duele: excesiva dependencia de unos pocos recursos naturales, productividad estancada y un empleo que no despega. Schumpeter hablaba de “destrucción creativa”; lo nuestro se parece más a una “conservación improductiva”. Y aquí el recordatorio con datos duros. Entre 1990 y 2010, Chile creció a tasas promedio cercanas al 5%-6% anual, lideró con holgura a América Latina y le sacó ventaja al mundo. Redujo la pobreza de forma drástica y se ganó el título de estrella regional. En la última década, en cambio, el crecimiento promedio apenas roza el 2%, por debajo del regional y del mundial. No fue mala suerte, sino en buena medida, un deterioro autoinfligido.
La reforma tributaria del 2014 subió la carga sin mover la aguja de la recaudación neta ni de la inversión. Los cambios al sistema político premiaron el caudillismo y la fragmentación, y dejaron en el congelador lo verdaderamente importante: la modernización del Estado y los acuerdos de largo plazo, esos que miran a la próxima generación y no a la próxima elección, a lo que se sumó la obsesión por la gratuidad universitaria que dejó huérfana a la educación preescolar y básica, justo donde se forja el capital humano. Chile pagó caro esos experimentos.
El “milagro” que elogiaron Friedman y Hayek nunca fue magia: fueron reglas estables, apertura, equilibrio fiscal y libertad económica las que convirtieron a un país en crisis en uno de los más prósperos de la región.
En el seminario de los 35 años de Libertad y Desarrollo, en noviembre pasado, José Luis Daza lo resumió sin vueltas: el crecimiento resuelve casi todos los problemas de Chile, pensiones, salarios, salud, y para recuperarlo no hay que inventar nada nuevo, sino volver a hacer bien lo que ya hicimos bien: estabilidad macro, incentivos a la inversión y certeza jurídica. El proyecto de Ley de Reconstrucción, con rebajas impositivas, invariabilidad tributaria, facilitación regulatoria y un crédito al empleo formal focalizado, apunta justo en esa dirección. Ojalá el Senado lo respalde con la misma amplitud con que lo hizo la Cámara: crear empleo formal de calidad no es solo buena economía, es un deber moral.
En síntesis, el IPOM es un llamado a la cordura. Hay una ventana abierta (lo bueno), pero también límites nítidos si seguimos navegando con vientos externos y sin motores propios (lo malo y lo feo). Sin reformas de fondo y sin accountability, el 2027 será otro año del “casi”. Chile ya demostró que sabe reinventarse. Toca hacerlo de nuevo, con inteligencia, y con sentido de urgencia, para superar de una vez por todas esta dolorosa emergencia.
*El autor de la columna es economista, director de empresas y director de Ideas Republicanas
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