Opinión

No es polarización, es exceso de aspirantes

RENE LESCORNEZ

La acusación constitucional contra el exministro Grau, y la amenaza de una ofensiva similar contra el ministro Quiroz, han reinstalado la idea de que Chile puede encontrarse en una espiral de polarización política, algo que ha rondado más como un fantasma que como un monstruo, más como una amenaza que como un hecho de nuestra vida pública.

Si despejamos el humo del debate político, no aparece nada parecido a un país dividido. Todo indica que existe un amplio consenso en lo que la sociedad persigue y acepta. En la primera categoría encontraremos la seguridad, el control de la inmigración ilegal, el empleo y también algunos principios progresistas, como la conservación -al menos- de los beneficios sociales actuales. Dentro de lo que la sociedad crecientemente acepta está la restricción a sus libertades a cambio de seguridad, y las políticas proinversión privada. Sería imprudente confundir esto con homogeneidad de la opinión pública, pero la foto está lejos de describir un país en conflicto. De hecho, el voto obligatorio ha contribuido a expresar en una mayor dimensión ese sustrato común, ampliando el peso del votante medio, marginalizando las agendas identitarias y devolviendo el debate a los grandes temas.

Hay evidencia de que hoy la polarización ideológica tiene una baja incidencia social (V-Dem, political polarization), lo que no significa que nuestra política goce de buena salud. La fuerte reconfiguración del mapa político, con partidos nuevos ganando los dos últimos gobiernos, ha aumentado la conflictividad al existir un mayor número de aspirantes con expectativas reales de ganar poder, e incluso cierta hegemonía. Este efecto se ha visto exacerbado por un sistema electoral que ha facilitado la fragmentación, reproduciendo en el congreso las disputas de poder de los partidos. También por una comunicación política cuya efectividad es mayor cuando destruye que cuando edifica. Las alternativas centristas que se han levantado desde la derecha y la izquierda -digamos, Evopoli y el Partido Liberal- se han visto superadas por este contexto en que la moderación y la tibieza se confunden.

Con la polarización ideológica como explicación débil de los problemas de nuestra política, ha emergido la tesis de la polarización afectiva. Esta inclinación a la intolerancia hacia las ideas ajenas y la condescendencia con las propias, da cuenta de una parte del fenómeno. En las fuerzas de derecha e izquierda que han sacudido la política chilena -y en su electorado más duro- eso abunda. Pero su éxito ha estado en que su impronta impugnadora ha generado tracción en un público más allá de los “fieles”, que no está polarizado de ninguna forma, sino hastiado de la mediocridad. Pese a esto, el fondo del asunto se encuentra en la coyuntura histórica de profundos cambios en nuestro orden político, que producirá conflicto hasta estabilizarse, algo que puede ser moderado a través de varios de los cambios al sistema político y electoral que siguen sin ver la luz.

Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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