Por qué no soy de izquierda (una respuesta a Mauro Salazar)
Ser leído con profundidad en Chile es un lujo raro que merece ser tomado muy en serio. Y tomarse algo en serio exige tiempo. Por lo mismo, cuando leí en el medio “Cine y Literatura” a mediados de febrero el ensayo de Mauro Salazar “Masificación terciaria en Chile: Pablo Ortúzar y la frustración de los «antiélites»”, supe que mi respuesta iba a llegar tarde, pues no la iba a producir a la ligera. No imaginé, eso sí, que “tarde” sería a mediados de agosto, casi medio año después. Pero así es la vida de alguien con múltiples ocupaciones en el capitalismo tardío.
En este medio año, en todo caso, el punto central de “Sueños de cartón: sobreoferta de credenciales académicas y sobreproducción de élites en un país estancado” (2024), que Salazar en ningún minuto desestima, sólo parece haberse reforzado: nuestro sistema de educación superior está produciendo cada vez más frustración en la medida en que se banaliza al igual que las etapas educativas anteriores, y ese hecho no debería ser ignorado políticamente. Pero ya que estamos bastante de acuerdo en el plano del fenómeno, vamos a los desacuerdos.
(1) La primera y mayor objeción presentada por Salazar es que yo veo una especie de accidente lamentable, un Chernobyl, ahí donde hay una operación estructural y premeditada, un Auschwitz. Y Salazar le achaca a la dictadura y a la derecha el haber montado, en 1981, esa estructura inflacionaria y mercantil de aspiraciones que serían defraudadas. En palabras de Salazar: “un sistema diseñado para que las clases precarizadas busquen en la universidad la salida de un ciclo de precariedad que la propia universidad, al masificarse bajo la lógica del mercado, reproduce y profundiza”.
Esta objeción ha sido persistente desde críticos de izquierda a mi ensayo: yo habría escondido el pecado original que produce este desastre. Y revelarlo volvería a la Nueva Mayoría y al Frente Amplio, y a sus promesas credencialistas vacías e interesadas, no arquitectos de la demolición de los pocos espacios de meritocracia existentes, sino meros saqueadores de tumbas. En palabras de Salazar,
La contraélite antimeritocrática no destruye la meritocracia: hereda su cadáver. Hereda un sistema donde la meritocracia ya había sido vaciada de contenido, saqueada desde adentro, corroída por su propio éxito, por la sobreproducción de credenciales que la derecha facilitó y celebró.
Al ser el problema estructural, Salazar considera que la capitalización política por parte del Frente Amplio es sólo coyuntural, y que la frustración generada también puede ser capitalizada por otros agentes políticos, como las derechas más duras. Por lo mismo, le resta responsabilidad específica al Frente Amplio.
(2) La segunda objeción es que mi crítica a la derecha presente, aunque existe, no se traduce en una agenda crítica, sino que esconde esa demanda lógica, permitiendo que la derecha capitalice la munición contra la izquierda, sin hacerse cargo de su propia responsabilidad. Al sustituir el origen del problema (las reformas de 1981) por la escala (la masificación vía CAE), la derecha pasaría de acusado a fiscal. Y yo hablaría como “clínico” en vez de como político, diagnosticando un mal sin necesidad de justificar mi propia posición en el esquema de las cosas que lo produce. Si entiendo bien, aquí el punto es: ¿cómo alguien que llega a las conclusiones que yo llego podría apoyar a la derecha chilena?
(3) Salazar también critica que no me hago cargo del capitalismo académico, que hace posible todo lo demás. (4) Por último, Salazar apunta, correctamente, que no abrazo por completo la solución propuesta por Turchin. Es decir, el Estado de bienestar, ofreciendo, en cambio, un remedio cultural a un problema estructural.
En suma, la crítica de Salazar podría formularse como: el autor describe correctamente los síntomas, pero se niega a reconocer la enfermedad, que es la sociedad de mercado en el marco del capitalismo moderno, y eso hace que termine confundiendo algunos síntomas (como el Frente Amplio o la masificación misma de la matrícula universitaria) con el origen del problema y prescribiendo remedios que, en el mejor de los casos, son paliativos.
Pero vamos, como diría el profesor, a las “fisuras” de esa crítica.
Respecto a (1), comenzaría diciendo que la industria de la educación superior y los títulos profesionales, sea administrada por el Estado, por el mercado o por una combinación de ambos, es tremendamente opaca. Y lo es porque el producto o servicio administrado es demasiado oscuro como para ser disciplinado por parámetros racionales siquiera medianamente transparentes. Desde un punto de vista de mercado, estamos frente a una realidad totalmente distorsionada por distintos tipos de subsidios a la demanda, donde además los riesgos de la inversión no están indexados en los costos del servicio. En el caso de los títulos profesionales, por ejemplo, el estudiante paga –o el Estado paga por él total o parcialmente- por una formación y un certificado, pero los riesgos de que esa inversión no produzca retorno alguno caen exclusivamente en el estudiante, y no hay ningún incentivo para que la institución que asigna títulos se preocupe por esos retornos o al menos comparta los riesgos de la inversión. En suma, es difícil ver la racionalidad de mercado operando en la educación superior. Por algo la asignación de recursos es tan deficitaria que produce una gran cantidad de cesantes ilustrados, frente a lo cual la reacción de muchos expertos es simplemente llamar a los estudiantes a “informarse mejor”. Junto con esto, estamos hablando de un campo lleno de distorsiones políticas, porque la política siempre ha utilizado la aspiración profesional como un instrumento de promesa.
Dicho eso, si uno ve el cuadro completo, me parece que las reformas de 1981, si bien atomizan la Universidad de Chile y permiten la proliferación de universidades privadas (varias con fines de lucro), no son el origen directo del problema que enfrenta la educación superior hoy en día. Es la escala de la masificación y la forma de esa escalada lo que me parece más directamente determinante, y eso remite al CAE y a la gratuidad. En la escala está el veneno. Si el problema fuera la voluntad de masificar la universidad sin preocuparse por la calidad de la enseñanza, entonces podríamos apuntar, en vez de a Pinochet, a la Reforma Universitaria de 1967 y al movimiento que le dio origen, que luego se proyectó políticamente con la Unidad Popular. El sociólogo Carlos Cousiño explica en su artículo “Populismo y radicalismo político durante el gobierno de la Unidad Popular” (2001) que, mientras el gobierno de Frei Montalva luchaba por tratar de ampliar la educación secundaria, la universitaria vivía un boom: los universitarios pasaron de 11.000 en 1950 a 25.000 en 1960 a 78.000 en 1970. Y para 1975 eran 147.000. Y la calidad de esta expansión ya dejaba mucho que desear: “la expansión de la matrícula universitaria no se dio en el contexto de una maduración de la institución universitaria… los miles de alumnos que se incorporaban a la universidad no encontraban en ella a profesores profesionales, sino a improvisados instructores sólo marginalmente mayores a ellos”.
Si esto es así, las recetas del capitalismo de Estado (o socialismo) no habrían sido muy distintas a las del capitalismo de mercado. Y ambos sistemas habrían intentado utilizar la aspiración profesional por vía de títulos universitarios como válvula de escape a las presiones de la modernización (el socialismo, que no le hace asco a la inflación en ningún aspecto, hizo lo mismo con el dinero, cosa que también describe Cousiño). De hecho, si uno mira la situación actual del problema, ésta parece corroborar la famosa frase de Nicanor Parra respecto a que izquierdas y derechas unidas jamás serán vencidas: todos se benefician del modelo de educación superior, y todos lo defienden con uñas y dientes.
¿Por qué apuntar entonces al Frente Amplio? Lo que yo pretendo hacer es plantear una hipótesis respecto a cómo se consolida el Frente Amplio. Cuál es su modelo de negocios y quiénes son su público objetivo. Y me parece que todo apunta a que ellos logran capitalizar especialmente el boom universitario y la frustración de estatus de sus egresados. Ellos fueron dirigentes universitarios justamente en la etapa más intensa de masificación, y tienen por clientela a muchos de los que pasaron por las universidades en aquellos años. Por algo el perdonazo del CAE era, al final del día, la gran bandera de lucha del gobierno de Boric, por injusta que fuera la medida. Por eso, también, Boric nunca cae del 25% de apoyo, y cuando uno investiga ese apoyo se trata principalmente de jóvenes de clase media y alta con estudios profesionales. Y ahora, que ese público está envejeciendo, el Frente Amplio cambia su promesa a “el problema no son ustedes, sino el modelo de desarrollo”. Sigue la adulación al profesional hijo de la masificación de los títulos, porque cuestionar la calidad de esa masificación sería un suicidio político. Como le dije a Eugenio Tironi, no es honesto intelectualmente tratar al adversario como pura agencia y a los propios como pura estructura: la gente del Frente Amplio es responsable también de lo que está haciendo, y es importante describir eso que están haciendo.
Esta tesis se complementa con otra que me parece interesante e importante, y es que la sobreproducción de élites, al saturar los sistemas meritocráticos, incentiva los emprendimientos en el campo del activismo y las lógicas identitarias, que permiten formar “contraélites” parasitarias del orden ya existente, integradas al sistema desde la negatividad. Este segmento, hasta ahora, ha sido capitalizado por la izquierda. Pero en la medida en que “la rebeldía se vuelva de derecha”, como plantea Stefanoni, supongo que también podría comenzar a ampliarse ese perfil. Los personajes que saltaron de “Sin Filtros” al gobierno, en particular Mara Sedini, podrían servir de ejemplo.
Sobre (2), creo que la imagen descrita por el profesor Salazar se ve modificada en la medida en que las críticas más brutas y brutales en contra del libro, y los debates más amargos a partir de él, se han dado no con académicos ni intelectuales de izquierda, sino con académicos vinculados a la derecha. En particular, el debate con Harald Beyer ha terminado, cada vez que se ha dado, en un marasmo incomprensible donde él pretende no entender lo que estoy diciendo y yo me frustro porque no le creo que no lo entienda. Con Loreto Cox, discípula de Beyer, ha sido todavía peor, ya que ella ha escalado el asunto hasta la descalificación no sólo intelectual, sino moral (planteaba en una columna que quienes somos críticos del sistema probablemente mirábamos con satisfacción las tasas de desempleo actuales entre jóvenes profesionales). Ella, al igual que Beyer, omite olímpicamente el tema de la sobreproducción de élites, la frustración de estatus y el potencial de desequilibrio político que tienen. También considera “bajo” y “adecuado” que al menos un 20% de los estudiantes universitarios tenga retornos negativos con sus carreras (que son la base mínima de los frustrados). A este grupo hay que sumar otros expertos en educación y economistas de derecha, o ambas cosas, que no están dispuestos siquiera a discutir este asunto. El ambiente agrio reproduce mucho de lo ocurrido en Estados Unidos en torno al trabajo de Bryan Caplan condensado en “Against Education” –un texto clave para el desarrollo de mi argumento- que terminó en términos muy duros y peyorativos.
Luego, toda la operación supuestamente quirúrgica que describe Salazar la verdad es que no es tal. He pagado costos personales, políticos y profesionales por plantear la crítica, al igual que le pasó a Arturo Fontaine, que merece todas las loas de Salazar y más, y no ha tenido una recepción ni políticamente sofisticada ni feliz en la derecha. Su recepción constructiva ha sido más bien en la izquierda (como el propio Salazar, Lucy Oporto o Juan Pablo Luna) y en algunos casos más bien aislados, pero muy interesantes, como el trabajo de Mauricio Salgado, César Gamarra y Matías Díaz en el CEP sobre privación relativa salarial o los análisis del profesor Claudio Sapelli. ¿Por qué, a pesar de todo esto, puedo seguir apoyando a la derecha chilena? Esto lo responderé al explicar por qué tampoco apoyo por completo la salida de Turchin tipo Estado de bienestar para el caso chileno.
Respecto a (3), si entiendo bien a lo que Salazar se refiere con “capitalismo académico”, es decir, la forma en que opera y se reproduce hoy el campo de la academia –aquello que Bourdieu describió para el caso francés de los 80 en su “Homo Academicus”- estoy completamente de acuerdo con él en que es un asunto que requiere desesperadamente ser abordado de manera sistemática. Lamentablemente no tenía el tiempo para hacerlo en “sueños de cartón”. Eso sí, no veo por qué yo tendría que esconder ese asunto para darle coherencia a mi argumento. Al contrario, creo que la descripción de esa maquinaria y su operación, sólo reforzaría mi crítica. Por ejemplo, el brillante artículo de Tyler Austin Harper “Why I Quit the Tenure Track: the insufferable hipocrisy of academia”, aparecido este mes en The Atlantic, me pareció totalmente coherente con lo que he venido planteando. También explica por qué la elite intelectual de izquierda no es realmente crítica con el sistema: muchos viven de él y para él. Y, en todo caso, la crítica a este tipo de burocratización de la vida universitaria, de hecho el concepto mismo de “capitalismo académico”, nació desde sectores conservadores: fue el sociólogo estadounidense Robert Nisbet el que lo usó por primera vez. Mal podría desbaratar una crítica conservadora al sistema como la mía.
Finalmente, es cierto que no adhiero por completo a la propuesta de Turchin para salir del problema general. Pero en el libro expongo la razón por la que no lo hago: creo que el Estado, cuando no opera con estándares suficientes de eficiencia y profesionalismo, es también una aspiradora de riqueza al servicio de una oligarquía. La inflación del dinero, la inflación de los títulos nobiliarios y la inflación de títulos profesionales han sido siempre operaciones estatales que expropian riqueza simulando que la reparten. Keynes entendió muy bien esto en su momento. Y tal como plantea Salazar, no tenemos hoy en día élites políticas creíbles operando desde afuera de la disputa palmo a palmo por el poder. Y si no es posible una tregua de élites, menos es posible un Estado de bienestar creíble. De hecho, basta mirar en lo que terminó el intento por generar uno realizado por la primera convención: mezcla de autoritarismo y repartija impúdica. Creo en la construcción de lo que, en algún minuto, llamamos “sociedad de bienestar”, que es una versión del Estado de bienestar corregida por el principio de subsidiariedad y más personalista. Sin embargo, no tengo claro cómo avanzar una agenda así a partir de la situación política actual.
En todo caso, para el caso concreto de la educación superior, hay varias propuestas de medidas correctivas que me parecen bien encaminadas. De hecho, con Loreto Cox, a pesar de la mala sangre derivada del debate, hay bastante acuerdo práctico: acortar carreras, vincular más la formación universitaria con las industrias realmente existentes en el país y mejorar la habilitación cognitiva en las etapas previas a la educación superior. También señalar con claridad aquellas carreras que están saturadas. A ello hay que sumarle potenciar desde la educación industrias locales estratégicas –todo lo contrario a lo que se hizo en Aysén con su naufragada universidad estatal- y, me parece, recuperar estándares de alto rendimiento a lo largo de todo el sistema (lo que implica selección, por cierto). Parchar todo lo posible la rueda, reacomodar la carga y tratar de seguir adelante.
¿Por qué no soy de izquierda, por último? Lo fui. Pero no tengo el estómago necesario para predicar que mi prioridad son los desposeídos y vivir rodeado de lujos gracias a esa prédica. A Boric y su entorno, como esos embajadores amigos de él que se forraron siéndolo y ahora pretenden dictar lecciones morales por el diario, no parece importarles. Lo mismo pasa con un numero enorme de académicos. Yo lo encuentro deshonesto y desorientador. Si uno tiene hábitos y valores burgueses, lo correcto es tratar de buscar una ideología política que más o menos represente esos ideales en vez de falsificarlos y lucrarse con la farsa. La socialdemocracia de la Concertación permitía ser un burgués de izquierda sin ser un impostor, la izquierda de mi generación me parece que no. El estallido, que además llevó a una gran cantidad de antiguos concertacionistas hacia la derecha, terminó por cristalizar esa convicción. Como dijo una vez Keynes con franqueza y lucidez, “cuando se trata de la lucha de clases como tal, mis patriotismos locales y personales, como los de todo el mundo, salvo ciertos celos desagradables, están ligados a mi propio entorno. Puedo dejarme influir por lo que me parece justo y sensato; pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía culta”. Eso sí, y al igual que él, creo que la lucha de clases es una patología social que debe ser prevenida y evitada, no que es una constante o el motor de la historia. Lo irónico es que eso mismo me hace pensar que la desigualdad extrema es un problema que requiere ser tomado muy en serio.
A nivel teórico, por cierto, dejé de creer en la revolución. Dejé de creer en la bondad y la solidaridad espontánea de los humanos reemplazando las estructuras institucionales. Y dejé de creer que la construcción del Reino de Dios sea un mandato traducible en el plano de la política mundana. Me parece tan fácil imaginar el fin del capitalismo ampliamente definido como imaginar el fin del mundo. La única alternativa real que conozco es la caza y recolección, y no es viable volver a ella sin pasar por una crisis absolutamente terrorífica. Me contento con buscar la paz temporal necesaria para permitir a los peregrinos pasar por este mundo sin que la maldad, el odio o la escasez les rompan la espalda. Soy, entonces, un escéptico y un pesimista moderado. Esa es mi receta para combatir el nihilismo. Y desde ahí uno puede estar de acuerdo en algunas cosas con la izquierda, pero no ser de izquierda. Me niego a ser un traficante de falsas esperanzas, y de ahí nace justamente mi denuncia al sistema universitario actual. En cualquier caso, lo que me define es un pensamiento liberal-conservador. La derecha en la que milito sólo existe en mi cabeza, aunque de tarde en tarde calce con tal o cual discurso, política o decisión de alguna autoridad. P
Por Pablo Ortúzar, investigador del IES.
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