Opinión

No kids zone?

Aleksanar A.

Hace unos días, una carta publicada en otro diario abrió una interesante discusión. Un padre relataba la incomodidad que provocaban entre algunos feligreses sus hijos pequeños durante la misa. Las respuestas se dividieron: algunos reclamaban mayor tolerancia hacia niños que, después de todo, se comportan como niños; otros recordaban que corresponde a los padres enseñarles ciertas normas básicas de comportamiento.

La discusión excede a la iglesia. ¿Qué lugar estamos dejando a los niños en los espacios que compartimos?

Plazas, transporte público, bibliotecas, restaurantes o iglesias son los lugares donde los niños descubren que existe un mundo más allá de sus casas y colegios. Allí encuentran personas diferentes, aprenden a compartir y comienzan a entender que forman parte de una comunidad.

Una reciente guía de la OMS, Unicef y ONU-Hábitat -“Guide to create urban public spaces for children”- sostiene que los espacios públicos son determinantes para el bienestar y desarrollo infantil: favorecen el juego, la actividad física, el aprendizaje y la socialización. Más aún, afirma que los espacios públicos bien diseñados y frecuentados por niños son un indicador de una ciudad habitable para todos. Otro estudio chileno define precisamente la ciudad como el lugar donde las infancias “aprenden a con-vivir con otros”.

Por eso una ciudad amigable con los niños no se construye simplemente instalando juegos infantiles. Requiere barrios seguros y caminables, buenas veredas, áreas verdes, transporte accesible y equipamientos donde distintas generaciones puedan encontrarse. La misma guía internacional vincula el desarrollo infantil con espacios verdes, calles seguras y la posibilidad de desplazarse libremente.

Pero el espacio público también exige aprender a convivir. Pamela Druckerman popularizó en su libro “¿Cómo ser una mamá cruasán?” una interesante observación sobre la crianza francesa, que me consta después de haber vivido en ese país: desde pequeños, los niños aprenderían a esperar, tolerar la frustración y desenvolverse entre adultos. Los franceses hablan del cadre: un marco de límites claros dentro del cual existe libertad. No es un modelo necesariamente exportable, pero contiene una idea valiosa: incorporar a los niños a la vida adulta requiere también enseñarles sus reglas.

La cuestión adquiere especial importancia en un Chile con cada vez menos niños. Nuestra fecundidad cayó en 2025 a menos de un hijo por mujer. Si queremos que las nuevas generaciones se animen a formar familias, además de vivienda, empleo y cuidados necesitamos ciudades y una cultura que les diga que sus hijos son bienvenidos.

No hay contradicción. Necesitamos adultos suficientemente generosos para aceptar que los niños se comporten como niños y padres suficientemente responsables para enseñarles a convivir. Porque los niños no aprenden a vivir en sociedad quedándose en casa, sino estando entre nosotros. Y la ciudad y sus edificios tienen mucho que ver en la manera en la que eso se produce.

Por Ricardo Abuauad, decano Campus Creativo UNAB y profesor UC

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