Opinión

Octubre y las izquierdas

Manifestación en Plaza Baquedano a 92 dia del estallido social

Hace no mucho tiempo atrás octubre era un mes que enorgullecía a nuestra centroizquierda. Baste recordar que el próximo martes 5 se conmemora un nuevo aniversario del triunfo del No en el plebiscito de 1988. El día en que con un lápiz y un papel la oposición democrática se imponía al régimen autoritario; el momento en que la mayoría del electorado respaldó el horizonte que Patricio Aylwin ya esbozaba en 1984 —derrotar a Pinochet con sus propias reglas—; el inicio de una transición pacífica admirada a nivel global y que, más allá de sus claroscuros, significó un período de indudable prosperidad para el país.

Los expresidentes Aylwin, Frei y Piñera, más allá de sus diferencias entre sí, sentían legítima satisfacción por el Chile de los noventa e inicio de los dos mil. El caso de la expresidenta Bachelet es más complejo, porque su segundo gobierno —con una nueva coalición, la integración del PC, la incorporación de figuras frenteamplistas y un proyecto más incómodo que orgulloso con el derrotero concertacionista— ya perfilaba la ruptura que luego experimentarán tanto la centroizquierda como el país.

Sin embargo, el quiebre definitivo se manifiesta en torno a los hechos del 18 de octubre de 2019. Hasta ese minuto nuestra clase dirigente todavía parecía mantener de modo muy mayoritario al menos un consenso básico: la exclusión de la violencia como método de acción política. Siempre han existido disturbios y también grupos con ganas de sacar provecho de ellos o instrumentalizarlos. Pero aunque ese tipo de dinámicas habían crecido —overoles blancos mediante—, seguían siendo políticamente marginales hasta el 18-O.

Y, por lo mismo, nadie habría imaginado que a estas alturas del partido una porción relevante de las fuerzas con representación parlamentaria avalaría expresa o tácitamente no sólo la violencia, sino incluso el derrocamiento espurio del legítimo gobernante. Porque, por incómodo que sea recordarlo, eso fue precisamente lo que se intentó hacer con Sebastián Piñera. Como advierte con lucidez Sergio Micco en su libro “Ocurrió en Octubre”, “llámelo como quiera, pero intentaron destituir a un Presidente de la República por las malas”.

Nada de esto fue baladí. Pocos años después, y a resultas de la desmesura del proyecto de la Convención Constitucional —la encarnación institucional del ánimo que dominó octubre de 2019—, las izquierdas sufrirían la peor derrota democrática de su historia (en todas las regiones, en más de 330 comunas, con especial masividad en los sectores populares y rurales, y así). Naturalmente, ese hito generó una honda división dentro del mundo político y cultural de la ex Concertación. De ahí que el expresidente Lagos —el primer socialista en llegar a La Moneda luego del expresidente Allende— fuera incapaz de votar Apruebo al punto de abstenerse; y que el expresidente Frei, Genaro Arriagada —el generalísimo para la campaña del No— y un muy largo etcétera de referentes de ese arco político votara Rechazo.

Mal que pese, las mentes más lúcidas de las izquierdas aún no logran ofrecer una explicación acabada ni satisfactoria del itinerario latente en las líneas previas. ¿Cómo y por qué el eje conductor de su acción política pasó de la defensa de la institucionalidad democrática a su erosión, del orgullo por los símbolos patrios y las tradiciones republicanas a la reivindicación de la “Plaza Dignidad”, de la confianza en el veredicto popular a la obsesión con los “bots” y el menosprecio del voto ciudadano? En suma, ¿cómo y por qué octubre se convirtió en un mes de discordia para quienes celebraron en el plebiscito de 1988?

Por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo del IES.

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