Odisea
Una anécdota señala que, tras la redacción del Código Civil de los franceses por parte de los juristas de Napoleón, un libro cuya claridad haría innecesaria la existencia de los abogados, estos últimos hallaron en el texto de inmediato ambigüedades que requerían de sus servicios para ser bien entendidas.
La historia está llena de intentos de codificación que no se limitan a las leyes. Tecnologías del saber para abreviar, acortar, tomar atajos, que luego requieren de la prudencia y hasta la astucia artesanal de los seres humanos, con sus trámites y malas caras, para seguir adelante. Desde el gancho que le arranca una naranja a un naranjo, sin tener que treparlo, hasta la utopía de robots que nos agasajarán de buenas ganas, los seres humanos han tenido que ver cómo se genera un nuevo universo de caos desconocido al lado del que acaban de ordenar. Cada galaxia que se descubre es más rara que la nuestra. En cierto sentido, los astrónomos contemplan más futuros que los astrólogos.
Ahora que se volvió a poner de moda el poeta-historiador Homero, recordemos que llamamos en el lenguaje ordinario “odisea” no solamente a un viaje muy largo, sino a un sinfín de dificultades que siempre se reconfiguran. Hechos que no controlamos.
Cuánta razón tuvo el aburrido Kant (ese primer cyborg autogenerado desde la biología) cuando descubrió que los seres humanos tenían algo distinto de las cosas en general porque no estaban completamente amarrados a las cadenas de causas y efectos. Y aunque debían comportarse en algo parecido a robots para no convertirse en meras veletas en el ajeno viento, de esa rigidez surgía, sin embargo, la libertad más auténtica. Porque siempre hace falta ordenar, aclarar, precisar para no quedar a merced de las estrellas.
Las investigaciones sobre el insondable misterio que es la humanidad no dan tregua. Llamamos “humanidades” a esa tarea titánica. Sostener que los seres humanos somos conjuntos de átomos (como una piedra) dice muy poco. Sostener que somos conjuntos de células (como una planta), también. Asegurar que somos animales avanzados, hace preguntarse ¿avanzados en qué? Y que somos dioses retrasados, los invoca a ellos más de la cuenta.
Algunas humanidades deterioradas por el reduccionismo han pretendido dar respuestas definitivas a esas preguntas, las que han codificado en metodologías de pretendido cientificismo. Y lo que han conseguido son ciencias obsoletas por ciencia ficción de la mala.
La odisea de la humanidad es un viaje muy largo. Y quien se detiene demasiado tiempo en una isla confunde una mera escala con el destino final. La Odisea de Homero enseña que el punto de llegada no es del todo ilusorio. Pero alcanzarlo requiere los esmeros de Ulises, que se hizo amarrar al mástil para resistirse al canto de las sirenas, y el ingenio en casa de Penélope, gracias al cual se resistió por años a sus desagradables pretendientes. Aunque envejecidos, el movimiento y la quietud se encuentran.
Así, la odisea de las humanidades enseña que en el mundo nada hay demasiado inestable ni tampoco definitivo. El puerto existe, pero nunca es el mismo.
Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP
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