Piñera: ¿patrimonio o pieza de museo?
Las vacaciones de verano suelen presentarse como un tiempo propicio para la lectura. Se recomienda aprovechar estos días porque, se presume, disponemos de más tiempo y, en consecuencia, de la posibilidad de abordar asuntos que exigen mayor profundidad que los habituales, marcados por el ritmo del trabajo. Pero el verano no solo invita a la reflexión individual. También podría constituir una oportunidad para que las fuerzas políticas hagan un alto en el camino y examinen con serenidad su desempeño. En el caso de la centroderecha, representada por Chile Vamos, una parte sustantiva de ese examen debería referirse al lugar que ocupa Sebastián Piñera en su ideario.
Un punto de partida de esta reflexión se refiere al significado que se le atribuye a la palabra “legado”. En su acepción más elemental, un legado supone la transmisión de un bien, de algo que se considera valioso. Pero más relevante aún es advertir que dicho bien se estima valioso porque puede ser utilizado en el presente. En breve, parafraseando a Marc Bloch, un legado no solo nos ayuda a comprender el pasado del cual proviene, sino, sobre todo, a iluminar el presente que habitamos. Desde esta perspectiva, un legado histórico debería constituir un patrimonio vivo; algo que se aplica y se proyecta en el presente, y no simplemente una pieza de museo que se admira, pero que no incide en la práctica.
Sin embargo, no resulta evidente que la centroderecha haya asumido como propio el legado de Piñera. En otras palabras, no es difícil advertir la siguiente paradoja: aunque algunos dirigentes le han rendido sentidos homenajes, no se aprecia en Chile Vamos en su conjunto una acción política inspirada en ese legado. Un ejemplo de ello se observa cuando se afirma que la “centroderecha debe superar el piñerismo”. El problema es que, bajo esa etiqueta, no suele entenderse el legado histórico de Piñera, sino algo mucho más superficial: el conjunto de personas que colaboraron en sus gobiernos. En otras ocasiones, el término se reduce a su capacidad de gestión, que, siendo relevante, no constituye el núcleo más significativo de su legado.
¿Cuál es, entonces, ese núcleo? Aunque en buena medida lo conocemos, conviene recordarlo. En primer lugar, la defensa inequívoca de la democracia liberal y el rechazo a los autoritarismos, cualquiera sea su signo político. En segundo término, la promoción de una libertad integral, no reducida a su dimensión económica, sino extendida también a sus expresiones civiles, políticas y sociales. Y, por último, la convicción de que un Estado subsidiario debe, en auxilio de quienes más lo necesitan, apoyarse en la cooperación público-privada. Todo ello podría sintetizarse en una idea central: el Estado no debería adoptar un rol paternalista, ni en el plano moral ni tampoco en el económico.
Si este es el legado de Sebastián Piñera, la reflexión no debería orientarse a superarlo, sino a asumirlo con coherencia y proyectarlo en el presente. Y acaso sean las propias exigencias del presente las que vuelven todavía más necesaria la reivindicación de ese legado.
Por Valentina Verbal, Horizontal
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