Preparar el portafolio para lo inesperado
En las últimas semanas, el ruido geopolítico volvió a tomarse los mercados, trayendo consigo un recordatorio incómodo: los shocks no avisan. Si pudiéramos sacar una lección de los últimos cinco años, es justamente esa: los escenarios base pueden volverse irrelevantes en cuestión de días. Pandemia, inflación, expectativas de bajas de tasas que se transforman en alzas, crisis en mercados puntuales, tensiones geopolíticas, resoluciones rápidas antes de lo previsto, y más recientemente una disrupción tecnológica sin precedentes –la IA– cuyos efectos sobre las empresas aún son inciertos.
Con esto en mente, más que intentar predecir eventos de corto plazo, la pregunta correcta es otra: ¿Está mi portafolio preparado para un shock inesperado? Los precios de mercado se basan en la probabilidad de ocurrencia de distintos escenarios. Cuando ese mapa cambia, las probabilidades se ajustan rápido, y con ellas cambian también las correlaciones, la liquidez y la capacidad de ciertos activos para cumplir su rol defensivo.
En este contexto, las recetas del pasado no necesariamente serán útiles hoy. La renta fija puede tener menos efectividad para protegernos durante episodios de volatilidad en la renta variable, dado un aumento en las correlaciones entre ambos activos.
Construir resiliencia no es buscar el portafolio perfecto para un escenario base, sino diseñar uno que se adapte a cambios de régimen y que sea coherente con el perfil de riesgo del inversionista. La diversificación –real y bien construida, no solo de muchos nombres en una cartera– ayuda a amortiguar golpes, preservar liquidez y reducir la necesidad de actuar bajo presión. Porque cuando el portafolio está mal calibrado, un shock no solo genera pérdidas: también gatilla malas decisiones. El mercado cae, el portafolio se deteriora más de lo esperado, aparece el miedo y muchos terminan vendiendo en el peor momento, cristalizando pérdidas que podrían haberse recuperado con tiempo. Prepararse para lo inesperado no elimina la volatilidad, pero sí evita que la volatilidad nos obligue a equivocarnos.
A este componente estructural se suma un factor igual de relevante: el comportamiento humano. La evidencia en behavioural finance muestra que los inversionistas no siempre actúan de manera racional, especialmente en momentos de estrés. Sesgos como la aversión a la pérdida, el sesgo de confirmación o el exceso de confianza pueden amplificar los ciclos del mercado, llevando a comprar en máximos y vender en mínimos. En escenarios de alta incertidumbre, nuestras emociones tienden a dominar sobre los procesos, generando decisiones reactivas más que estratégicas.
Por eso, un portafolio bien construido no solo debe resistir shocks desde una mirada técnica, sino también estar diseñado para ser “conductualmente robusto”. Esto implica estructuras alineadas al horizonte de inversión, niveles de riesgo que el cliente pueda tolerar en la práctica —no solo en teoría— y una adecuada diversificación que reduzca la probabilidad de tener que tomar decisiones impulsivas. En definitiva, preparar el portafolio para lo inesperado también es prepararnos a nosotros mismos para no ser nuestro propio peor enemigo en momentos de volatilidad.
*La autora de la columna es head of intermediary Andean Region de Schroders Chile
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