La diferencia entre ser y haber sido
¿Qué es lo que quiere el gobierno de Trump? ¿Cuál es su diseño estratégico? ¿Qué teatro está escogiendo? ¿Y qué pitos toca Chile? ¿Toca alguno?
Trump gobernó en su primer mandato en un mundo de tres superpotencias. Una, Rusia, ya empezaba a comportarse como una mera “potencia regional”, según la frase de Obama que tanto ofendió a Putin en el 2014. Enfangada por casi cinco años en una guerra que iba a ser relámpago, Rusia es hoy una amenaza para un solo frente, aunque este frente sea nada menos que Europa.
China no quiere ser empujada al mismo rincón. Tiene su “asunto pendiente” con Taiwán, pero es improbable que cometa el error de embarcarse en una aventura militar cuando su posición no es la más fuerte. (Ojo, que el almirante retirado Philip Davidson dijo que China tendría una “ventana” entre el 2021 y el 2027 para ir por Taiwán).
La economía china atraviesa por un enorme problema de sobreproducción, que la obliga a exportar productos bajo sus costos. Esos precios dañan a los productores de otros países, que ya no miran con agrado el ofertón chino. Por lo tanto, el PIB de China se ha refrenado bien por debajo de los dos dígitos con que crecía a comienzos de siglo.
China tampoco disfruta ya del “dividendo demográfico”; su población disminuye, como en todo el mundo, y envejece, como en todo el mundo. Xi Jinping, que no oculta su deseo de superar a Mao, sin su huella de hambre y sangre, tiene otras prioridades: por ejemplo, asegurar la unidad de los chinos mediante la asimilación (a veces forzosa) de las minorías; acelerar sus desarrollos de inteligencia artificial para alcanzar a Estados Unidos, o convertir su moneda, el renminbi, en una divisa comercial.
China sabe que Trump hará lo posible por estrangular su comercio y reducir su influencia en el mundo. La más reciente de esas operaciones es la investigación del U.S. Trade Representative en torno al trabajo forzoso, una de las excusas encontradas para presionar a los socios comerciales luego de que la Corte Suprema anulara los aranceles arbitrarios anunciados en el ya infausto “Día de la liberación”.
Trump llegó al poder con la tesis de que el mundo estaba abusando de Estados Unidos con el comercio libre. Pero no podría anular los tratados sin enfrentarse con el Congreso y la Corte Suprema. La solución fue acudir a la presión para cambiar los tratados.
Aquí, recién, entra Chile, que en el 2004 firmó con Estados Unidos su compromiso recíproco de arancel cero. El objetivo estratégico del gobierno de Trump es anularlo mediante un acuerdo diferente, uno con un arancel parejo de 10% para todo. Como el gobierno chileno rechazó esa oferta envenenada, el USTR le aplicó el arancel de 12,5%, cuyo objetivo es doble: negociar producto por producto, evitando una represalia chilena, y degradar la neutralidad de Chile ante China.
Lo hizo mediante la sección 301 de la ley de comercio, aplicada a 60 economías. El trabajo forzoso es una excusa singularmente pobre; allí entra China, aunque como una presunción general (en relación con Chile, el USTR sólo menciona el algodón), pero también entran 15 de los estados de Estados Unidos y, por ejemplo, varias de sus firmas de comida rápida.
La verdad es que las presiones han ido de menos a más: tienen la forma de una escalada. Por eso es improcedente subrayar que los nuevos aranceles fueron aplicados a escala global, como si eso los hiciese más benéficos. Nada de eso: son, estos y los anteriores, violaciones flagrantes del tratado de libre comercio.
El otro brazo de la pinza se presentó en julio, en Lima, durante la conferencia de ministros de Defensa de las Américas, en la que el subsecretario Elbridge Colby planteó que su gobierno espera que sus aliados aumenten sus presupuestos de Defensa hasta un 3,5%, más del doble que el actual. La idea es que estos gobiernos sean autosuficientes para combatir el crimen organizado, que combatirían participando, además, de una “Coalición contra los carteles”, extensión del “Escudo de las Américas”.
El gobierno de Trump da por hecho que Chile participa de ambas coaliciones, aunque no se conoce ningún documento que lo sustente. Las Fuerzas Armadas chilenas no dirán nada, pero es improbable que apoyen un aumento presupuestario destinado a tareas de seguridad, y además bajo un mando extranjero. Nada de esto está en su doctrina. Y, por fin, ¿dónde habría que gastar ese presupuesto nuevo?
La misma exigencia planteó Trump a Europa, tanto para financiar la guerra de Ucrania como para defenderse de Rusia. No hay ninguna amenaza de esa envergadura en el sur del hemisferio. De modo tal que lo que empieza como un 2,5% se convierte, como un embudo invertido, en un enorme compromiso extendido a toda la acción externa, incluida la militar. Trump parece querer financiar con ahorro más ingresos otras decisiones poco luminosas, como la guerra con Irán, hasta ahora una colección de amenazas fallidas; la gigantesca movilización sobre Venezuela, concluida sin democracia y sin transición, y el inclemente maltrato al Presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, al que le ha ido mejor sin Trump.
Las presiones sobre Chile no se han moderado, ni mucho menos, con las inmoderadas declaraciones del gobierno de Kast acerca del carácter de “socio estratégico” de Estados Unidos, un estatus que nadie ha pedido y que es impertinente conceder cuando a uno lo están estrangulando.
El Presidente Kast quería ser un amigo privilegiado del Washington de Trump. Pero esa Casa Blanca le ha negado el privilegio y la amistad en la forma que solían ser.
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