Volver a mirarlos
Hay un dolor que me acompaña siempre: el de un niño rodeado de gente y, aun así, profundamente solo. No es una escena de calle ni de una institución lejana. Puede ser la mesa de cualquier casa chilena, un living con la televisión encendida, una pieza con la puerta cerrada. Porque hoy la soledad de la infancia no siempre se ve. A veces tiene forma de ausencia total, el niño sin familia que crece esperando un lugar en el mundo, y a veces tiene forma de pantalla: el niño que tiene padres, que tiene casa, que tiene todo, menos la mirada de los adultos que ama.
Quiero hablar de ambas soledades, porque las dos duelen y las dos son nuestra responsabilidad.
Están los niños y niñas que no tienen una familia que los cobije. Los que crecen en residencias, esperando. Chile les debe una respuesta más rápida, más humana y más decidida: cada niño merece un hogar, un adulto que los espere en la puerta, alguien que aprenda de memoria sus gestos y sus miedos. No podemos naturalizar que haya infancias creciendo sin ese abrazo cotidiano. Es, quizás, la deuda más silenciosa y más urgente que tenemos como país.
Y están también los niños con familia, con techo, con comida en la mesa, pero cada vez más solos frente a una pantalla. Vivimos una época en que la tecnología nos conecta con el mundo entero y, paradójicamente, nos puede alejar de quien tenemos al lado. Un niño puede pasar horas “acompañado” por un teléfono y, sin embargo, no cruzar una conversación real con sus padres en todo el día. Esa soledad silenciosa, la de estar juntos, pero ausentes, es una de las heridas más nuevas y menos comprendidas de nuestra época.
Por eso quiero decirlo con toda claridad: la responsabilidad de cuidar la infancia empieza en casa. No hay política pública, por buena que sea, que reemplace la mirada de un padre o una madre puestos a disposición por sus hijos. Bajar el teléfono para mirarlos a los ojos con atención, preguntarles cómo les fue, sentarse a escuchar sin apuro: eso también es proteger la infancia. Eso también es construir un país.
Cuidar a un niño no es solo darle de comer y llevarlo al colegio. Es entregar atención genuina, protección, cariño constante. Es sostenerlo cuando tiene miedo, corregirlo cuando se equivoca y celebrarlo cuando se atreve. Todo eso que parece poco y cotidiano es, en realidad, la base de lo que ese niño va a ser mañana: un adulto seguro de sí mismo, capaz de querer bien, de trabajar con sentido, de mirar a los demás con empatía.
Porque los niños de hoy son el Chile de mañana. Su educación, sus valores, la forma en que fueron mirados y queridos en la infancia va a determinar qué país seremos en 20 o 30 años más. Un niño protegido y amado tiene muchas más posibilidades de convertirse en un adulto bueno y responsable, en un profesional comprometido, en un vecino solidario, en un padre o una madre presente. Ahí está la inversión más importante que podemos hacer como sociedad: no en cifras, sino en la infancia bien cuidada.
Proteger que los niños sigan siendo niños, que jueguen sin apuro, se aburran, imaginen, se equivoquen, aprendan y crezcan a su propio ritmo.
No apuremos su infancia, ocupémonos de su infancia.
Por eso esta carta no es solo mía. Es de Chile entero, escrita a cuatro manos con cada padre, cada
madre, cada adulto que decide, hoy, volver a mirar. Volver a mirar al hijo que tenemos al frente y al que no tiene a nadie quien lo mire. Volver a mirar cómo se mira lo que realmente importa: con tiempo, con paciencia, con amor. Sin excusas, sin pantallas.
Porque un país no se mide por lo que promete, sino por cómo cuida a sus niños. Y un niño bien cuidado hoy es un Chile mejor mañana.
Por María Pía Adriasola, primera dama.
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