Un equipo sin pizarra
En días de Mundial, cuando el fútbol vuelve a ocupar buena parte de la conversación pública, la política también ofrece partidos que se entienden mejor mirando la cancha que leyendo solo el marcador.
Algo de eso ocurrió con la discusión de la megarreforma en el Senado. Antes de entrar a la cancha, la oposición sabía que el gobierno tenía los votos para aprobar su proyecto. El marcador no estaba completamente escrito, pero la correlación de fuerzas era evidente. El dilema, entonces, no era si se podía ganar el partido, sino si era posible evitar una goleada.
Una alternativa era jugarse todo a una pelota parada y llevar la controversia al Tribunal Constitucional. Esa opción puede ser jurídicamente legítima, pero políticamente tiene la lógica del todo o nada. Desde esa perspectiva, el acuerdo alcanzado por un grupo de senadores del PPD con el gobierno no debiera mirarse solo como una jugada aislada ni como una indisciplina de camarín. Puede gustar más o menos. Puede discutirse su oportunidad, su forma y sus efectos políticos. Sin embargo, el problema aparece cuando un equipo no llega con una estrategia común y algunos jugadores terminan resolviendo en la cancha lo que debió definirse antes en el vestuario.
En política, como en el fútbol, no basta con tener buenos nombres en la nómina. Hay que saber a qué se juega. Una cosa es defender ordenadamente y otra muy distinta es colgarse del travesaño sin plan. Una cosa es cuidar la identidad y otra confundirla con quedarse parado esperando que el partido cambie solo.
La complicación, para una oposición que necesita actuar como bloque en votaciones decisivas, no es que existan diferencias internas. Eso es normal en cualquier coalición amplia. El punto es que esas diferencias no se procesen antes de los partidos importantes. No hay entrenamiento conjunto ni táctica compartida. No está claro cuándo presionar arriba, cuándo replegarse, cuándo disputar el mediocampo, qué marca no se puede soltar ni qué resultado parcial vale la pena pelear cuando ya no se tienen los votos para ganar.
Así, cada jugador entra con una lectura distinta. Algunos creen que hay que resistir hasta el final aunque el rival tenga mayoría. Otros piensan que, si la derrota es inevitable, hay que disputar al menos el tamaño del marcador. Otros prefieren cuidar la épica de la galería antes que administrar los efectos concretos de la derrota. Y otros, simplemente, se mueven según la pelota que les llega.
Cuando se sabe que no se tiene mayoría, la política exige más estrategia, no menos. Una oposición en minoría no puede limitarse a correr detrás de la pelota ni apostar todo a una última jugada reglamentaria. Tiene que elegir bien sus disputas, ordenar a sus bancadas, construir argumentos verificables y definir cómo y de qué forma quiere incidir.
Incidir no siempre es ganar. A veces es impedir un daño mayor, modificar una norma, instalar una alerta, obligar al gobierno a asumir costos o dejar constancia de una diferencia sustantiva. La política no se mide solo por la pureza de la posición inicial, sino también por la capacidad de alterar el resultado posible. Pero para que eso tenga valor político debe ser parte de una táctica reconocible, no de movimientos dispersos.
La oposición tiene derecho a discutir sus diferencias. Lo que no puede hacer es seguir entrando a la cancha sin saber si quiere defender el arco, disputar el mediocampo o esperar un contragolpe que, incluso si llega, no tiene un goleador claro para definirlo. Porque cuando eso ocurre, el rival no necesita jugar extraordinariamente bien. Le basta con aprovechar que al frente tiene un equipo que todavía no decide a qué quiere jugar.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos de Feedback
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