Opinión

Un hombre de la transición

Mirada con perspectiva, la transición se eleva como una época digna de admiración. La realidad ha ido imponiéndose por sobre las teorías que, marcadas por la soberbia y la inmadurez, intentaron falsificarla y denostarla. Pocos gobiernos han enfrentado condiciones más complejas que aquellas bajo las cuales el Presidente Aylwin asumió la responsabilidad de conducir el país en 1990.

Hacía apenas 17 años -los mismos que median entre el primer gobierno de Bachelet y hoy- la democracia se había derrumbado como consecuencia de una polarización sin retorno que las instituciones fueron incapaces de procesar, en el contexto del enfrentamiento de proyectos ideológicos excluyentes, en que la extrema izquierda daba por superada lo que entonces llamaba la “democracia burguesa” y anunciaba la guerra civil como resultado inevitable. Luego, pasó lo que pasó y respecto de lo cual cada uno tiene su propia interpretación.

Pero, contra todo pronóstico, la transición fue un período marcado por la acción de políticos de una talla que hoy son la excepción y entonces eran la regla, tanto en la oposición como en el oficialismo de la época. La responsabilidad de consolidar un sistema democrático que permitiera la convivencia en armonía y el progreso material inspiró decisiones tan sorprendentes como la continuidad del modelo de desarrollo y el acuerdo que entregó la presidencia del Senado, con los votos de la UDI encabezados por Jaime Guzmán, a don Gabriel Valdés.

Quienes lideraron la política de esa época hicieron historia y la hicieron con mayúsculas. Uno de esos dirigentes, que cumplió un rol fundamental como ministro del Interior y, por ende, como vicepresidente de la República, acaba de partir. Enrique Krauss Rusque, político y abogado hasta la médula, formó su vocación al alero de don Eduardo Frei Montalva y llegó a la cima de su carrera en el servicio público junto a don Patricio Aylwin. Por muchos años expuso su visión del país en este mismo espacio, como un columnista agudo, con el sentido del humor punzante que lo caracterizaba y con referencias recurrentes al tango, pasión musical que de una manera sorprendente lo alegraba como pocas cosas.

Enrique Krauss, junto con otros dirigentes de distintos orígenes ideológicos, son emblema de una época fugaz en que izquierdas y derechas, renunciando a posiciones y legítimos objetivos propios, concordaron en un proyecto de sociedad dentro del cual podían competir visiones diferentes que tenían como límite todo aquello que pusiera en riesgo la convivencia cívica y la posibilidad del progreso material. Lamentablemente, ese acuerdo -el verdadero y único gran acuerdo- se rompió cuando volvieron a emerger las visiones ideologizadas y un discurso que tiñó el objetivo de la igualdad de un odioso revanchismo contra “los poderosos”.

La transición es historia y Enrique Krauss, uno de sus principales actores, está ya en la paz que su profunda fe le anticipaba; ese lugar en que, al decir de uno de sus tangos favoritos, “no habrá más penas ni olvido”.

Por Gonzalo Cordero, abogado

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