Paula

Bullying: el ramo oculto del sistema educacional chileno

Semanas después de la muerte de V., su madre encontró dos cartas en las que la adolescente relataba las burlas de un compañero. Su familia denuncia años de bullying y la falta de respuesta del colegio. Una historia que nos lleva a mirar nuestras propias respuestas, porque cuando decimos “son cosas de niños” o “no los pesques”, podemos estar dejando solo a un niño que se atrevió a pedirnos ayuda.

Una madre encontró, semanas después de la muerte de su hija V., dos cartas de despedida en su mochila. En ellas aparecía el nombre de un compañero a quien la adolescente responsabilizaba de burlarse de su físico y su personalidad. Según la familia, V. había sufrido bullying durante años en el Instituto Regional del Maule. Cuando pidieron que se investigara, la abogada de los padres sostiene que el establecimiento reunió al curso y les pidió no hablar del caso. Recurrieron entonces a la Superintendencia de Educación. Según la demanda que hoy mantienen contra el organismo, las primeras dos fiscalizaciones no derivaron en sanción; recién la tercera detectó infracciones. Los padres acusan “fiscalización irregular y tramitación arbitraria” y piden una indemnización de 200 millones de pesos.

¿Cuánto dolor tiene que mostrar un niño antes de que los adultos entendamos que no está exagerando?

“Son cosas de niños”. Probablemente pocas frases adultas han servido tanto para explicar tan poco. La hemos usado frente a las burlas, los sobrenombres, los empujones y esa crueldad grupal que encuentra en un compañero un blanco para ensayar hasta dónde se puede llegar. “No los pesques”. “Defiéndete”. Durante mucho tiempo tratamos ciertas formas de violencia entre niños como un peaje inevitable de crecer, casi un ramo oculto del currículum escolar.

El bullying no es una pelea ocasional ni el dolor de descubrir que no todos van a querernos. Supone agresiones reiteradas dentro de una relación marcada por un desequilibrio de poder: golpes, amenazas e insultos, pero también humillaciones, rumores, exclusión deliberada o acoso mediante tecnologías. Tampoco corresponde llamar bullying a cualquier conflicto. Los niños pelean, se frustran, cambian de amigos. Pero ser rechazado alguna vez no es lo mismo que convertirse sistemáticamente en el blanco del grupo. Esa distinción no debería tener que hacerla el niño que lo vive. Es tarea nuestra.

Hay niños que aprenden muy temprano a ocupar menos espacio. Empieza casi sin darse cuenta: hablan más bajo, dejan de levantar la mano, esconden ciertas palabras o gestos, como si existir espontáneamente fuera peligroso. Cuando la humillación apunta a una característica difícil o imposible de cambiar -el origen, la apariencia, una discapacidad, la expresión de género- el mensaje se vuelve particularmente corrosivo y ya no se experimenta como “se ríen de algo que hice”, sino como “hay algo malo en mí”. Con el tiempo, algunas víctimas dejan de sentir únicamente que las tratan mal y comienzan a incorporar esa mirada ajena sobre sí mismas.

Y ese silencio que aprenden a guardar no las hace menos vulnerables al daño, solo más difíciles de ver para los adultos que podrían ayudarlas. Quizás por eso muchos niños que sufrieron bullying recuerdan, años después, no solamente a quienes los molestaban, sino también a los compañeros que miraban y a los adultos que respondían “no pesques”.

Hoy existe, además, una diferencia que muchos adultos no conocimos de niños. Antes, el timbre podía marcar una pausa, volver a casa permitía alejarse por unas horas del acoso. Ahora, en cambio, el agresor puede volver contigo en el bolsillo. Las humillaciones siguen en un grupo de WhatsApp, una fotografía circula una y otra vez y una burla alcanza una audiencia que ninguna sala de clases podría contener. Un metaanálisis de 27 estudios longitudinales, que reunió a más de 27 mil niños y adolescentes, encontró que sufrir ciberacoso se asocia a un deterioro posterior de la salud mental, especialmente a síntomas de depresión y ansiedad. Para un niño que vive ese acoso, llegar a casa ya no siempre significa estar a salvo.

El informe Análisis de la Situación de la Niñez y Adolescencia en Chile 2025, de UNICEF, registra 672 suicidios de niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 19 años entre 2018 y 2024. Esa cifra no dice cuántas de esas muertes estuvieron relacionadas con bullying, y establecer una relación causal directa sería irresponsable: el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. Pero tampoco es razonable tratar como menor una experiencia que la evidencia relaciona con ideación suicida, autolesiones y deterioro de la salud mental.

Una revisión de Frederiks-Franssen y colaboradores, publicada en BMC Pediatrics en 2026, revisó 4.233 registros bibliográficos y finalmente incluyó 32 estudios sobre bullying en jóvenes que murieron por suicidio. Cuando el antecedente se investigaba sistemáticamente, aparecía documentado en entre el 29% y el 55% de los casos. Los autores son cuidadosos: eso no significa que el bullying haya causado esas muertes, significa, entre otras cosas, que su presencia puede quedar subregistrada cuando nadie pregunta por ella. Y quizás ahí la palabra “subregistro” se queda corta, porque su traducción menos técnica es que en muchos casos nadie preguntó.

El caso de V. resulta inquietante precisamente por eso. Según la familia, dos años antes de su muerte le había contado a una compañera que había pensado en quitarse la vida. La compañera avisó a su madre, quien acudió al colegio a pedir que se activara el protocolo correspondiente. La familia sostiene que ese protocolo nunca se activó y que el apoyo psicológico que recibió V. fue siempre particular. Cuando posteriormente recurrieron a la Superintendencia, cuestionaron también la manera en que el organismo fiscalizó esos antecedentes.

Un niño difícilmente va a decir que una dinámica sostenida de violencia entre pares está deteriorando su salud mental. A veces dice que le duele la guata, no quiere ir al colegio, duerme mal o se encierra. Y otras veces sí cuenta exactamente lo que ocurre, pero recibe un consejo antes que una escucha: “ignóralos”, “tienes que hacerte respetar”. Escuchar sin minimizar es el primer paso. Después corresponde a los adultos hacer aquello que un niño no puede resolver solo: registrar lo ocurrido, activar los protocolos y exigir una respuesta institucional. Desde julio de 2026 rige en Chile la Ley 21.809 sobre Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas, que reforzó las obligaciones de los establecimientos frente al acoso, la violencia y la discriminación. Organizaciones como Fundación Summer existen, en parte, porque muchos establecimientos no hacen lo más básico: visibilizar el problema en vez de ocultarlo.

Queremos que los niños tengan herramientas para enfrentar las dificultades. Pero eso no puede significar que les pidamos aguantar el acoso porque los adultos no hemos sabido detenerlo. Cuando un niño se atreve a pedir ayuda y le responden que no es para tanto, no solo sigue sufriendo las agresiones, también puede sentir que no tiene a quién recurrir, incluso después de haber contado lo que le pasa.

Deberíamos dejar de preguntarnos tan rápido si un niño está exagerando y preguntarnos qué intenta decirnos que todavía no hemos escuchado. Si son cosas de niños, precisamente por eso deberían importarnos tanto a los adultos.

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