La otra primera línea: Mujeres que no han dejado de trabajar durante la pandemia

Recolectoras, dueñas de almacenes de barrio o farmacias. La historia de estas mujeres refleja las de muchas chilenas que no han tenido la suerte de quedarse en casa durante la cuarentena, porque son sus propias jefas y solo de ellas depende su sustento diario. Pero no solo eso; sus negocios se han transformado en protagonistas de su comunidad, ya que tal como les dicen sus clientes, sin ellas la pandemia hubiese sido mucho más difícil.

Rosa Cabrera (61), feriante

“En este país hay mucha miseria”

De martes a domingo, el despertador de Rosa suena a las 2 a.m. A esa hora se levanta y arma todo lo necesario para partir a la feria donde ha trabajado toda su vida. “Mi mamá era feriante y yo nací aquí”, cuenta. Pero reconoce que le gusta, a pesar del esfuerzo que implica someterse al calor del verano y al frío en invierno. “Amo mi trabajo porque somos una fuente de alimentación para la gente. Esa es la razón por la que no he parado, porque no puedo dejar a la gente sin comida. Hay varios puestos que no se han podido armar, porque quienes los atienden son más viejitos o se han enfermado, pero yo soy fuerte y gracias a Dios no me he contagiado”, dice.

A los 37 años, Rosa quedó embarazada de su única hija y a penas se enteró, el padre desapareció. “Desde entonces he tenido que aperrar sola, pero las mujeres somos así. Salimos adelante y no dependemos de los hombres”. Ya está acostumbrada a ser la fuente de ingresos de su casa y así logró que su hija estudiara Administración de Empresas y que su madre, de 86 años, no tenga que salir y arriesgarse a contraer el virus. “Con la plata que me hago en la feria le compro su comida y sus remedios. Acá veo a gente que no tiene para comer. Vendemos la fruta que está machucada a 100 pesos el kilo, y vieran cómo se va esa merma. Por eso me da rabia cuando dicen en la tele, sentados, calentitos, que nos quedemos en la casa. Ellos no tienen idea cuánto cuesta ganarse los pesos”.

Pero eso no quiere decir que no le de miedo contagiarse. “Hemos tomado muchas medidas. Usamos mascarilla, guantes, tenemos harto alcohol gel y bidones con agua. También pusimos unas barreras para que la gente no pase y otras reglas para asegurarnos”. Precauciones que han implicado que en estas semanas se demore más en desarmar. “Estoy llegando cerca de las 6 p.m. a la casa. Me alcanzó a preparar algo caliente para comer y me meto a la cama. A las 8 p.m. estoy acostada para alcanzar a dormir y partir un nuevo día”.

Rosa Ibaceta (71), dueña de una farmacia de barrio

“Vengo de una familia donde las mujeres hemos llevado la batuta”

“Jamás pensé que me iba a tocar vivir algo así. Incluso me parecía más real vivir una guerra, pero las pandemias o las pestes, como les decían antes, para mi eran cosa de la Edad Media”, dice Rosa, tras del mesón de la farmacia que fundó hace 32 años. Fue una mujer muy adelantada para sus tiempos, ya que estudió Química y Farmacia, en una época en la que –reconoce– la mayoría de sus compañeros eran hombres. “Vengo de una familia donde las mujeres hemos llevado la batuta. Mi mamá también fue químico farmacéutica y mi abuela fue muy conocida en el ámbito educacional”, cuenta.

En todos estos años nunca ha cerrado la farmacia y esta tampoco ha sido la ocasión. “Trabajo porque me gusta, porque siento que soy necesaria. Mientras tenga la cabeza buena y las fuerzas me den, lo voy a seguir haciendo”, dice. Pero también porque sus hijos la necesitan. Una de ellas es dentista y desde marzo no ha podido trabajar. “Desde esa fecha que me ayuda en la farmacia. La persona que trabajaba conmigo vive lejos y era un riesgo que siguiera viniendo, así que nos hemos arreglado las dos y ella puede seguir pagando su dividendo y la cuota del auto”, cuenta.

Reconoce que aunque ha sentido miedo, ha tomado muchas precauciones y ya no atiende hasta las 21:30 hrs., como lo hacía antes, para no sobreexigirse. “Las mujeres somos así, no dejamos botados a los nuestros, de ninguna manera”, dice.

Por eso le da rabia cuando la gente no entiende. “Ayer mismo vino una señora a comprar y me dijo: ‘¿Será verdad todo esto?’. Me cuesta entender que tenga que pasarle algo a ellos o a sus cercanos para tomar consciencia. Este bicho es asesino y quienes pueden quedarse en su casa, deberían hacerlo”.

Nancy Lobos (61), dueña de un almacén

“Dejé de ver noticias, porque el último domingo que vi al día siguiente no quería abrir”

“Los dos kilos están a “3.290, pero a ella déjaselo a $3.000 porque es clienta”, le dice Nancy a su marido una de las tantas veces que la interrumpe para saber el precio de alguno de los productos que venden en el almacén que pusieron juntos hace 38 años. Una anécdota que no es trivial. Y es que ella es la cabeza del negocio familiar. “Soy la que maneja los precios, la matemática”, dice riendo. Por eso, cuando llegó a Chile el coronavirus fue quien decidió seguir trabajando. “Primero entré en pánico y quise cerrar, porque soy asmática. Me llevé harta mercadería a la casa para no tener que salir, pero después sacamos cálculos y si bien nuestro plan era dejar de trabajar este año, aún no nos alcanza para jubilar sin deudas”, cuenta.

Tomaron todas las medidas necesarias para abrir el local y partieron. Entre medio la llamó una de sus dos hijas –ambas profesionales– y le dijo que ellas se iban a encargar de sus gastos, que no querían que les pasara algo. “El tema es que una vez que partimos se nos hizo difícil parar, porque a pesar de todo lo malo que ha traído esta pandemia, también han salido cosas buenas”, dice. Nancy se refiere a la relación con sus clientes y vecinos. Cuenta que sus mejores amigos son del barrio, porque han hecho su vida ahí y que en este tiempo les mandan mensajes dándoles las gracias. “El otro día uno me dijo que sin nosotros su familia no podría haber pasado bien esta pandemia; otra vez nos dijeron que somos parte de la primera línea. Y nos trajeron regalos para el Día del trabajador”, cuenta orgullosa.

Estas muestras de cariño son las que –dice– le permiten levantarse con optimismo. “Porque no voy a mentir, estoy asustada. Si me duele la cabeza, altiro me tomo la temperatura. Y dejé de ver noticias, porque el último domingo que vi, al día siguiente no quería abrir”, confiesa. Por eso también es estricta con la clientela. “La mayoría entiende que hay que cuidarse, pero hay otros que no. Los jóvenes a veces son impetuosos y andan en grupo. Pero yo los freno. Les digo cara de palo que si no vienen con mascarilla, no los voy a atender”.

A sus clientes de edad les van a dejar los pedidos a la casa. “Tenemos que cuidarnos entre todos, es parte de vivir en comunidad. No sé si en algún momento cierre, quizás más entrado el invierno, porque yo me suelo enfermar y hago neumonías con facilidad. Pero hay que evaluarlo. Eso es otra cosa que aprendí con la pandemia, que debemos vivir el día a día y dar gracias a Dios porque estamos sanos”.

María Inés Cerda (33), recolectora

“Cuando partió esto sabía que me estaba exponiendo, pero yo vivo el día a día”

El 23 de mayo María Inés llegó a su casa con mucho dolor de cabeza y de cuerpo. Esa noche tuvo fiebre, así que al día siguiente fue al consultorio donde le hicieron exámenes que estarían listos en tres días. Como se siguió sintiendo mal fue a dejar a su hijo a la casa de su mamá. Y el miércoles la llamaron del consultorio para avisarle que era Covid positivo. “Me puse a llorar porque me pasaron mil cosas por la cabeza. Tuve mucho miedo”, confiesa.

María Inés es recolectora y vive en una mediagua en la comuna de Peñalolén junto a su marido y su hijo de 4 años. Tiene otras dos hijas más grandes de una relación anterior, pero ellas viven con su abuela. “Las dejé allí por un tema de estabilidad, pero siempre las voy a ver y trabajo para ellas”. Cuenta que antes de este trabajo hizo distintas cosas, entre ellas fue promotora y parte del staff del Café Haití. Pero no le gustaba. “Me cargaba tener que estar horas ahí, tampoco me gustaba la relación con los clientes. Prefiero la libertad que me da el ser dueña de mi propio trabajo”, cuenta. En ese tiempo conoció a su actual marido, el que la metió en el tema del reciclaje.

Desde entonces, se levanta de lunes a domingo a las 5 a.m. Va a la feria a reservar un puesto y se queda ahí hasta las 2 p.m. vendiendo las cosas que recolecta durante las tardes. “Hay que tener personalidad para hacer esta pega, porque no cualquiera se atreve a meter las manos a la basura. Pero yo me pongo mi gorrito, lleno mi botella de agua y me subo al triciclo. No me importa lo que la gente diga o piense de mí, total, todos los trabajos son dignos y este a mí me encanta. Me gusta mucho reciclar las cosas”. Confiesa también que lo hace por sus hijos. “Cuando partió el coronavirus sabía que me estaba exponiendo al seguir con mi trabajo, pero yo vivo del día a día y mis hijos dependen de la plata que llevo a la casa”, cuenta.

“Igual no tenía miedo hasta que me tocó”, agrega. Ya pasaron los 14 días de cuarentena y en el consultorio le dieron el alta. Pero Inés comenzó con un síndrome vertiginoso que todavía la tiene encerrada. “No he salido ni a la esquina. Creo que fue el estrés de la enfermedad y el encierro, y por eso mi cuerpo se debilitó. Pero por suerte he recibido algunas ayudas. Si no fuese por eso, enferma y todo, hubiese tenido que salir igual”, dice.

Silvia Tello (68), dueña de un almacén

“Nos sentimos contentos por darle felicidad a otros”

“Cuando tu mamá no abra, es porque realmente está la embarrada”, le decían siempre los amigos al hijo de Silvia, dueña hace 22 años de un almacén en la comuna de Ñuñoa. Y efectivamente ha sido así. “Lo decían porque la verdad es que abrimos siempre, somos el típico almacén de barrio al que recurren todos los vecinos porque tenemos de todo”, dice. Esta vez –aunque vivimos la pandemia más grande de los últimos cien años– tampoco cerraron. “Por suerte somos todos sanos en mi familia y gracias a eso hemos podido seguir funcionando”.

Tienen dos locales juntos y en uno está atendiendo ella con una de sus hijas y en el otro su marido con su otro hijo. “Ha sido una linda etapa, porque estas mismas dificultades nos han permitido unirnos como familia”, dice. Recuerda que cuando hablaron de la opción de cerrar fueron sus hijos los que los incentivaron a seguir y les ofrecieron su ayuda. Así activaron las redes sociales y –como dice ella– modernizaron un poco el negocio. “En octubre con el estallido social bajaron mucho las ventas y desde ahí que veníamos mal. De hecho en marzo habíamos repactado los créditos y no podía volver a hacerlo. Además, tenemos que pagar los arriendos del local, así que para nosotros era muy difícil parar”, confiesa.

Lo bueno es que a pesar de ser un riesgo, ha sentido la recompensa. “No hablo solo de lo económico. Nos sentimos contentos por darle felicidad a otros. Y es que eso es lo que los clientes, que muchos de ellos ya son amigos, nos dicen cuando vienen. Nos agradecen por abrir, porque con eso evitan tener que trasladarse o exponerse en un supermercado”. A pesar de eso, todo el grupo familia ya siente el cansancio de abrir los siete días de la semana, especialmente Silvia que tiene una artrosis en la rodilla que resiente cada vez que camina a la puerta del local para atender, porque ya no permiten la entrada a nadie.

“Creo que esta pandemia nos ha mostrado una cara distinta, especialmente a la comunidad. Pasa algo colectivo, que entre todos nos ayudamos y eso es lindo. Algunos venden frutos secos, otros van a La Vega y ofrecen traer cosas. Se da una dinámica de colaboración que al menos para mí es el lado bueno, al sentirse útil para el resto de la gente”.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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