Vacaciones que revelan la falta de coparentalidad
Las vacaciones familiares, lejos de ser un tiempo de descanso, pueden dejar en evidencia profundas desigualdades en la crianza. En este Consultorio Legal abordamos el caso de Paola, que muestra qué ocurre cuando la coparentalidad nunca se ha ejercido y la carga recae en una sola persona.
Paola llegó a marzo del año pasado agotada. Como si las vacaciones no hubieran existido. Tiene dos hijos de 6 y 4 años, altamente demandantes como cualquier niño a esa edad. Pero lo que realmente la tenía al límite no era eso, sino la sensación, ya crónica, de estar criando sola.
Llevaba años cargando con todo: las rutinas, comidas, mochilas, tareas, vacunas, rabietas, culpas y el cansancio. Y sí, también trabajaba. Tenía un empleo, cumplía horarios, respondía correos. Ganaba menos que él, pero aportaba igual. Solo que además sostenía todo lo “invisible”. Lo había hablado muchas veces con su marido, muchas. Siempre chocaba con la misma respuesta: “Pero si yo aporto más económicamente”. Como si el dinero fuera un comodín que compensa las ausencias. Como si pagar cuentas fuera lo mismo que estar.
En este caso, el quiebre no llegó con un grito ni con una infidelidad, sino con las vacaciones familiares.
Supuestamente es un tiempo para descansar, pero Paola vivió exactamente lo mismo que el resto del año: levantarse temprano, preparar desayunos, ordenar, lavar, cocinar, limpiar, entretener, calmar pataletas, organizar panoramas. Mientras él descansaba. Porque “estaba de vacaciones”. Como si ella no lo estuviera.
Ahí lo entendió. No era que él no pudiera, era que no quería, o peor, ni siquiera veía el problema. En esta familia no había coparentalidad, nunca la hubo.
En marzo, sentada frente a nosotras, Paola lloraba con rabia. “Si me separo, ¿cómo va a hacerse cargo de los niños si nunca lo ha hecho?”. Apareció el miedo real de muchas mujeres. ¿Quién va a saber sus rutinas? ¿Quién va a acordarse del inhalador? ¿Quién va a llamar al pediatra? ¿Quién va a escuchar cuando tengan pena?
Lo que dice la ley
Desde el año 2013, con la Ley 20.680, se habla de coparentalidad. Este principio es rector en el derecho de familia chileno. En simple: ambos padres tienen el derecho y el deber de participar de forma activa, equitativa y permanente en la vida de sus hijos, aun cuando estén separados. Ya no existe, al menos en el papel, el modelo del “papá visitador” y la mamá que hace todo.
El artículo 224 del Código Civil es claro: el cuidado personal se basa en la corresponsabilidad, y ambos padres deben involucrarse en la crianza y educación activa, equitativa y permanentemente. No es ayudar, es hacerse cargo. Esto significa estar en las decisiones sobre la salud, colegio, emociones, límites y crisis de los hijos.
En la práctica, esta corresponsabilidad se expresa en dos cosas: el cuidado personal y la relación directa y regular. Hoy la ley permite incluso el cuidado compartido, cuando ambos padres han demostrado que pueden cooperar, comunicarse y priorizar a sus hijos. Y aquí está la clave: ese vínculo no se construye de la noche a la mañana. No se aprende a cuidar con una sentencia, ni se adquiere sensibilidad parental porque el tribunal lo ordene.
Separarse no iba a empeorar la carga de Paola, solo iba a hacerla visible. Porque ella ya hacía todo, además de trabajar fuera de la casa, solo que con un adulto al lado que descansaba. Y ahí aparece la verdad más dura: muchas mujeres no se separan porque son dependientes. No se separan porque sostienen todo y temen que si sueltan, todo se caiga.
Las vacaciones no rompieron el matrimonio de Paola, sólo dejaron en evidencia que este se sostenía en una desigualdad estructural.
Hoy, en pleno verano, cuando las rutinas se desarman y pasamos más horas con nuestros hijos, vale la pena detenerse y mirar cómo estamos ejerciendo la corresponsabilidad: quién se levanta primero, quién contiene una pataleta, quién sabe la dosis de los remedios, quién organiza el día cuando todo se sale del libreto.
Porque la corresponsabilidad no es un favor que se le hace a la madre. No es “ayudar”. Es cumplir un rol, y sobre todo, es un derecho de los niños. Les da seguridad, estabilidad emocional, modelos sanos de vínculo y de cuidado.
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