Del Gobi (China) a Atacama: innovar para escalar en conservación
"Necesitamos pasar de experiencias aisladas a ecosistemas de colaboración. La ciencia aporta evidencia; la tecnología, nuevas capacidades; las comunidades, conocimiento y pertenencia; la filantropía puede asumir riesgos y abrir caminos; el sector privado aportar innovación y escala; y el Estado transformar aprendizajes exitosos en políticas públicas duraderas".
El desierto de Gobi, en China, y el desierto de Atacama, en Chile, están separados por miles de kilómetros. Sus paisajes, culturas y escalas difieren, pero ambos plantean la misma pregunta de futuro: ¿cómo conservar la vida en territorios donde el agua es escasa y las condiciones ambientales llevan al límite nuestra capacidad de adaptación?
La respuesta se encuentra en un concepto que suele asociarse casi exclusivamente a la tecnología: la innovación. Pero innovar en conservación significa mucho más que incorporar nuevas herramientas. Significa ser capaces de conectar ciencia, tecnología, conocimiento territorial, comunidades y capacidad de gestión para encontrar nuevas respuestas a problemas que ya no podemos seguir abordando de manera aislada.
Dunhuang, en la provincia de Gansu y a las puertas del desierto de Gobi, permite observar esa lógica a gran escala. En un mismo territorio conviven infraestructura de energía renovable y proyectos de restauración ecológica destinados a enfrentar el avance de la desertificación, que se traducen en más de 750 millones de árboles plantados.
Lo interesante de esa experiencia no es solamente su magnitud. Es la capacidad de conectar mundos que durante demasiado tiempo hemos pensado por separado: innovación tecnológica y naturaleza; actividad económica y conservación; comportamiento individual e impacto colectivo.
A miles de kilómetros, el desierto de Atacama enfrenta preguntas similares. En la Reserva Elemental Puribeter, en San Pedro de Atacama, Filantropía Cortés Solari ha trabajado durante 25 años en un territorio también marcado por la escasez hídrica, buscando conservar un oasis, enfrentar procesos de desertificación y favorecer la recuperación de su biodiversidad.
Si bien la escala es distinta, existe un principio común: la conservación efectiva exige comprender el territorio como un sistema.
En Atacama, eso ha significado integrar ciencia y restauración ecológica con educación, cultura, conocimiento ancestral y vinculación con las comunidades. Porque si el cambio climático es multidimensional, su respuesta necesariamente debe serlo también. El territorio deja así de ser solamente el lugar donde se ejecuta un proyecto para transformarse en un laboratorio natural donde es posible probar, aprender, medir y perfeccionar soluciones. Ese es precisamente el principio que inspira el Modelo de Conservación Efectiva desarrollado en nuestras Reservas Elementales.
Y es justamente en ese punto donde Gobi y Atacama pueden comenzar a conversar.
China muestra la capacidad de llevar soluciones a una escala extraordinaria. Chile, por su parte, posee territorios únicos en términos de biodiversidad, a la vez que conocimiento acumulado que le permite aportar respuestas desde el Sur Global. No se trata de importar un modelo ni de replicarlo mecánicamente. Se trata de identificar aquello que funciona, adaptarlo a la identidad de cada territorio y generar las alianzas necesarias para multiplicar su impacto.
A su vez, la tecnología permite acelerar ese proceso. La inteligencia artificial, los sistemas de monitoreo, las plataformas digitales o las experiencias inmersivas pueden permitirnos conocer mejor los ecosistemas, conectar a más personas con ellos y transformar información científica en herramientas para la educación y la toma de decisiones. Pero la innovación adquiere sentido únicamente cuando existe un propósito que la orienta.
La pregunta, entonces, no es cuánta tecnología podemos incorporar a la conservación, sino qué conservación queremos construir con ella.
Necesitamos pasar de experiencias aisladas a ecosistemas de colaboración. La ciencia aporta evidencia; la tecnología, nuevas capacidades; las comunidades, conocimiento y pertenencia; la filantropía puede asumir riesgos y abrir caminos; el sector privado aportar innovación y escala; y el Estado transformar aprendizajes exitosos en políticas públicas duraderas.
En ese contexto, Gobi y Atacama demuestran, desde extremos opuestos del planeta, que incluso en los territorios más frágiles es posible construir nuevas respuestas. El desafío ahora es conectarlas.
Porque escalar la conservación no significa hacer lo mismo en todas partes. Significa aprender de cada territorio, conectar ese conocimiento con la innovación y ponerlo al servicio de un propósito común: conservar la vida.
Por Francisca Cortés Solari, Fundadora y Presidenta de Filantropía Cortés Solari.
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