Sustentabilidad

La ciencia que todavía no sabemos que necesitaremos

Hugo Benítez Investigación en una isla Artica llamada Bolga, a los 66.8 grados latitud norte en el Artico.

Cada decisión pública contiene una imagen del futuro. Algunas la declaran en grandes discursos; otras la esconden en una base concursal o en una lista de áreas prioritarias. Pero todas responden a las mismas preguntas: ¿qué país queremos llegar a ser?, ¿qué capacidades necesitaremos para habitar un mundo incierto?, ¿qué conocimientos consideramos valiosos para construirlo?. Estas preguntas importan cuando hablamos de resiliencia, sostenibilidad y transformación. Una sociedad resiliente no es aquella que soporta los golpes para volver al punto de partida; si ese punto de partida producía vulnerabilidad, regresar a él no es resiliencia, sino reincidencia. Transformarse supone aprender, imaginar alternativas y cambiar las estructuras que nos conducen una y otra vez a los mismos resultados.

Hace unos días, un colega me envió un artículo de Clark y Harley sobre ciencia de la sostenibilidad. Sus autores muestran que los sistemas socioecológicos son complejos e interdependientes, y sostienen que orientar sus trayectorias exige vincular el conocimiento con la acción y desarrollar capacidades colectivas para adaptarnos y transformarnos. Ninguna disciplina puede hacerlo por sí sola, para enfrentar la crisis hídrica necesitamos hidrología y climatología, pero también comprender las decisiones, los conflictos y las historias que organizan un territorio. Un satélite puede detectar la degradación de un humedal, pero no explicar por qué una sociedad permite que ocurra ni construir los acuerdos necesarios para evitarla.

Por eso preocupan las modificaciones al Concurso FONDECYT de Postdoctorado 2027, con la incorporación de áreas prioritarias en un instrumento históricamente abierto y la exigencia de residencia definitiva para investigadores extranjeros. No son ajustes meramente administrativos, sino que expresan una política del conocimiento y, por tanto, un imaginario de país.

Definir prioridades nacionales es legítimo, el problema aparece cuando la priorización reemplaza, en vez de complementar, los espacios abiertos de investigación. Mientras nuestros desafíos se vuelven más complejos, reducimos la diversidad de miradas con que intentaremos resolverlos. Es como enfrentar una transformación ecosistémica simplificando el ecosistema. En ecología sabemos que la diversidad amplía las respuestas posibles frente a una perturbación, lo mismo ocurre con el conocimiento.

La investigación básica, las ciencias sociales, las humanidades y las artes no son lujos para tiempos de abundancia. Nos permiten formular preguntas, interpretar los cambios y discutir colectivamente hacia dónde queremos ir. Priorizar solo aquello cuya utilidad resulta visible hoy puede ser políticamente tentador, pero científicamente miope. Si financiamos únicamente las respuestas que ya sabemos que necesitaremos, terminaremos investigando variaciones del presente, no posibilidades de futuro.

Las políticas científicas no solo distribuyen recursos, también abren o cierran posibilidades. Determinan qué preguntas podrán hacerse, qué trayectorias lograrán consolidarse y qué voces participarán en la construcción del porvenir. Chile necesita prioridades, pero también apertura para descubrir aquello que todavía no sabe que será prioritario. Por eso, las bases de este concurso deben ser reconsideradas mediante un diálogo real con la comunidad científica. No se trata de defender disciplinas por separado, sino de proteger nuestra capacidad colectiva de imaginar, comprender y conducir las transformaciones que vienen. Si queremos un país preparado para el futuro, debemos comenzar por no cerrar hoy las puertas del conocimiento que mañana podríamos necesitar.

Por la Doctora María Paz Acuña Ruz. Centro de la Tierra y del Espacio, Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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