Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales: “Para evitar discriminaciones no es necesario torturar el castellano”

A juicio del abogado, extremar la demanda de un lenguaje inclusivo a límites como reemplazar los géneros de las palabras por signos como “@”, “x” o expresiones como “compañeres” es un absurdo.


Una de las demandas del movimiento feminista ha sido la exigencia de un lenguaje inclusivo. Fue un punto en el petitorio de las estudiantes de la Universidad Diego Portales que abrió un público debate con el rector Carlos Peña, quien en esta entrevista explica por qué se niega a alterar el uso correcto del castellano e invita a sus colegas a defender el idioma.

“Como todo el mundo sabe, el lenguaje es portador de marcadores socioculturales, diferencias sociales y formas de vida. Es cosa de leer a Wittgenstein, quien, no por casualidad, dijo que los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, o a Heidegger, para quien el lenguaje era la casa del ser. El idioma es portador de distinciones o de prejuicios, y en él, desde luego, se infiltran distinciones que a poco andar se revelan moral o políticamente incorrectas. Entre ellas está la división sexual del trabajo. Todo esto es obvio y es casi ridículo recordarlo; pero de ahí no se sigue que las universidades deban transgredir las reglas del español para evitar el machismo o la discriminación”, explica Peña.

¿Valora esta demanda en particular?

Si se refiere a la demanda de transgredir las reglas del castellano (con el uso de “les alumnes” “compañeres”, la @, la x, etcétera), no, no le concedo valor alguno. Permítame subrayarlo, para corregir la información errónea que (por frivolidad o mala intención) se ha divulgado. Ni yo ni la UDP aceptamos ese tipo de lenguaje. E invito a las universidades a no aceptarlo. Considero esa petición una demanda innecesaria y absurda. Innecesaria, porque para evitar exclusiones no es necesario torturar el castellano o violar sus reglas, y absurda, porque un lenguaje como ese hace prácticamente imposible la comunicación, es un sociolecto o idiolecto que quiere ser impuesto o generalizado mediante la presión estudiantil. Algo así es inaceptable.

¿Cuál es su definición de un lenguaje inclusivo?

Un lenguaje inclusivo es un lenguaje que no confiere predominancia a un género en cuestiones social o políticamente relevantes. La palabra persona, por ejemplo, es inclusiva; la expresión integrantes de la comunidad, también. Es posible evitar exclusiones empleando bien el castellano, sin torturarlo a extremos ridículos.

¿Cree que se puede contener el lenguaje frente a usos y costumbres, o en este caso, de las “x” y las “@”? ¿Percibe que se trata de una postura temporal?

El lenguaje es una institución o uso social, que depende del prestigio de los hablantes y de la funcionalidad que posea. El italiano que hoy conocemos es la lengua de Dante; el castellano, la de Cervantes, etcétera. La unificación del lenguaje italiano o castellano pasó por un proceso político complejo y evolutivo, pero eso es muy distinto a una apresurada presión estudiantil. Transformar el cambio de las reglas del castellano en una propuesta política estudiantil es malentender el lenguaje y la forma en que evoluciona. Eso no es aceptable en una universidad.

No olvidemos que la RAE ha incorporado palabras como toballa. Es decir, hasta la Academia cambia de opinión…

La Academia no cambia de opinión, recoge usos sociales previamente admitidos, lo que es harto distinto, ¿verdad? Nada de eso tiene que ver con cambiar el lenguaje o modificar sus reglas, por demandas que ven, erróneamente, en el cambio gramatical un triunfo político. Lo que los estudiantes deben hacer si quieren cambiar la cultura o hacer hegemónicos sus puntos de vista es leer más, escribir bien y ejercer con paciencia casi religiosa las virtudes intelectuales. Estoy seguro de que los estudiantes están de acuerdo con eso.

Su decisión, en esta materia, ha sido bastante cuestionada por parte de algunas alumnas de la UDP que integran el movimiento feminista. Ellas lo acusan de seguir el debate interno a distancia y que se sentó a conversar con ellas solo el pasado lunes, después de que se habían firmado los acuerdos en torno al petitorio que ellas presentaron.

Nadie puede seriamente acusarme de no participar del debate. He escrito y publicado sobre estos temas sometiendo mi punto de vista, que resumo en esta entrevista, al escrutinio de todos. Y, de hecho, me he reunido, además, con las alumnas, pero es razonable que sus peticiones sean consideradas por quienes integran la comunidad académica. De ahí que nombré una comisión que pudiera examinar las peticiones de las estudiantes.

¿Qué le parece que un académico de su universidad, Rafael Gumucio, haya tenido que ofrecer disculpas públicas por sus opiniones respecto del movimiento feminista, como una forma de evitar una especie de ‘linchamiento’ público? Muchos pidieron su renuncia. ¿Cuál fue, puntualmente, su postura en este tema?

Me parece del todo inaceptable pretender que se sancione a un miembro de la universidad por las opiniones que emite. La Universidad Diego Portales ha logrado construir un ámbito de independencia intelectual para sus miembros y en ella no se permiten las amenazas, funas o escarmientos de cualquier índole por las opiniones que la gente emita o los puntos de vista que defienda. El profesor Gumucio, como cualquier otro miembro de la universidad, dispone de independencia, libre de coacción o amenaza, por sus opiniones. Y es deber de la universidad garantizar que eso sea así. Apagar las opiniones de las personas con amenazas o funas es una muestra de barbarie. Habermas y Sloterdijk le han dado un nombre peor: fascismo de izquierda. ¿Adónde llegaríamos si la permanencia de los profesores en la universidad pasa a depender de laopinión que los alumnos o alumnas tienen acerca de lo que ellos piensan?

¿Qué tiene este movimientos feminista de diferencia con otros episodios de este tipo a lo largo de la historia?

Lo que tiene de distinto no es tanto el tipo de demanda que plantea, sino el contexto en el que se verifica: en este movimiento se entrelazan fenómenos propios de una sociedad que ha individualizado, que carece de grupos de pertenencia que confieran identidad colectiva y en la que se acepta casi sin restricciones la libertad sexual. Todos esos fenómenos han hecho más evidente e injustificada la división sexual del trabajo y de ahí la protesta.

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