La Cuba personal de Patricio Fernández

Crédito: Pablo Sanhueza.

El director de The Clinic y conductor radial acaba de lanzar el libro de crónicas Cuba: Viaje al fin de la revolución. Allí cuenta la isla que vio durante sus 15 o 20 viajes hasta allá. “No hay disidencia, no tiene presencia en Cuba; las personas que digan eso mienten”, dice, convencido.


Alguna vez, Patricio Fernández Chadwick fue un joven ferviente católico, cercano a los curas de población, que en plena dictadura acudía a las ollas comunes, recorría la pobreza, mochileaba por América Latina durmiendo en iglesias, soñando con aquel paraíso que llamaba Revolución.

–Mi aproximación al sueño revolucionario se llama cristianismo, y eso no es lejano de la cabeza de Fidel Castro. Cuba era un régimen para los pobres, un megasueño –dice ahora, sentado en un café de Lastarria, mientras se toma un expreso. Cuando ya no es tan joven (va a cumplir 50), poco o nada le queda de católico y aquel sueño se ha desvanecido, literalmente, frente a sus ojos hasta convertirse en una catedral sin fe, como le dice ahora.

Cuando se enteró por televisión que en marzo de 2016 Barack Obama viajaría a La Habana a intentar normalizar las relaciones diplomáticas con Raúl Castro, sintió el deseo irrefrenable de contar esa historia, de escribir un libro. Tomó sus maletas y viajó a la isla. Ese se convirtió en el primero de 15 o 20 viajes, no lo recuerda, en que recopiló el material para escribir el libro Cuba: Viaje al fin de la Revolución (Debate), recién aparecido.

–Dije: aquí comienza el último capítulo de una historia que me implica.

–¿Por qué te implica?

–Porque fue el sueño de un otro mundo, que yo no encarné como protagonista porque no tenía edad, pero lo alcancé a ver, lo sentí.

–¿Alcanzaste a llegar al entierro de la revolución?

–Fui al entierro.

–¿Y en calidad de qué?

–Yo creo que de escritor. Y también de periodista, pero un periodista que no está investigando a cabalidad un hecho puntual, sino retratando un mundo muy particular.

–¿Pediste algún tipo de autorización al gobierno cubano?

–No, por el libro no tengo nada que pedir permiso, pero sí conocí a la gente de la embajada acá y cada vez que había eventos importantes allá, llámese la muerte de Fidel, me acreditaban, otras veces no. No me cabe duda de que estaban al tanto de mi persona.

–¿Cómo se reportea en un país donde no existe la libertad de prensa?

–Llegar a los círculos más altos del poder es muy difícil. Pero en cambio viviendo ahí puedes llegar a los bordes.

El libro, que dice no escribió pensando especialmente en el lector chileno, es un conjunto de crónicas, algunas personales, cargadas de emociones, donde sus fuentes son alguna gente anónima, pero también muchos de los amigos que hizo durante esos viajes, varios miembros de la intelectualidad que se quedaron en la isla y también cubanos de la antigua aristocracia que conoció en Chile. Su gran compañero de viaje es el periodista estadounidense Jon Lee Anderson, a quien conoció hace 15 años en la Fundación Nuevo Periodismo. Experto en Latinoamérica, Anderson es el autor de la biografía del Che Guevara y trabaja en una de Fidel. Con él asistió a algunos de los principales eventos que han ido marcando el ocaso de la revolución.

Son crónicas sobre un país del que Patricio Fernández se declara enamorado, como si se tratara de una mujer llena de defectos ineludibles, pero que no deja de estimular su libido.

–Hay gente que se enamora de la riqueza, a lo mejor yo me enamoro más de la pobreza. Hay gente que se enamora del éxito, quizás haya algunos que nos enamoramos a veces del fracaso, dice, pero aclara: “El enamoramiento no se trata de que te guste el régimen. No tiene que ver con eso, sino que es otra convivencia, otro ritmo, otra velocidad, es un territorio superliterario, un territorio bien de excepción, un mundo distinto. pero que fue súper nuclear en la discusión del siglo XX”.

Bailes con Bachelet

En el libro cuenta que restablecida la democracia en Chile y con 20 años viaja por primera vez a Cuba en el verano de 1992, invitado por su tío político José Antonio Viera Gallo (al que curiosamente en el texto sólo se refiere como “José Antonio”), miembro del Partido Socialista y entonces presidente de la Cámara de Diputados, quien, a su vez, había sido invitado por Fidel a pasar unas vacaciones en agradecimiento por haber negociado la reapertura de las relaciones diplomáticas. Su tío lo presentó ante el dictador, a quien le estrechó la mano, como su “sobrino viajero”. Cuenta que anduvo en los Mercedes Benz institucionales, bebió ron con Silvio Rodríguez, pescó en bote al “estilo Ernest Hemingway”, pero, una vez que acabó la invitación, decidió quedarse en el mundo real. En la ciudad desabastecida, con gente que se alimentaba de “pesca en altura”: los gatos eran cazados en las techumbres con anzuelos. Durante ese viaje conoció a Marjory, una madre de 18 años, mulata exuberante, con quien tuvo escarceos amorosos y a quien, al irse, le dijo que regresaría pronto a buscarla.

Diecisiete años más tarde, cuando de Marjory no recordaba más que el nombre, ya era el director del The Clinic, conductor radial, escritor de novelas, estaba recién separado de su mujer y era padre de dos hijos, viajó por segunda vez invitado por la comitiva presidencial de Michelle Bachelet, en la primera visita de Estado desde el gobierno de Salvador Allende. En el libro relata que se hospedó en el Hotel Nacional, bebió más ron de la cuenta con Samy Benmayor, Bororo, Álvaro Henríquez, comió en la casa de Max Marambio, una de las personas más cercanas a Fidel, presenció cuando Marco Enriquez-Ominami decidió postular a la presidencia (patrocinado por Marambio) y cómo Bachelet trató de disuadirlo, y también cuando la Presidenta abandonó una ceremonia de improviso para reunirse con Fidel. Esa noche en la casa de Marambio, Michelle Bachelet, con quien nunca había hablado, lo sacó a la pista de baile. “Sabes, Pato, a mí lo que más me gusta es bailar”, le confidenció al ritmo de Los Van Van.

Descanso del capitalismo

“Querido Jorge”. Así parte un correo electrónico que replica en el libro. Está dirigido a un empresario chileno, a quien le escribe:

“…En los meses que llevo acá he visto muchas cosas que resultan inaceptables, pero hay una no menos importante que en nuestro país hemos olvidado. Te lo diría de este modo: si tú te prendas de una jeva –como acá le dicen a las minas– , del color que sea, con un cuerpito maravilloso y que al rato de conocerla te gusta y le gustas, o eso te ha hecho creer de un modo ultraconvincente, y te propone comprar una botella de ron, y la compras, no la más cara ni la más barata, y dándole besos en el cuello caminas hasta el Malecón, y después de dos tragos por nuca, adivinando que la tarde es larga, ella te propone ir a la playa, créeme, compadre, partir en un Lada de mierda o en un almendrón tan ruidoso como un tractor no es peor que hacerlo en un Ferrari. Agarrarse a besos y manosearse en la parte de atrás de una carcacha puede ser incluso más fascinante que hacerlo en un auto deportivo último modelo donde no se puede ni transpirar. Te aseguro que el auto no importa nada. Pero todo el sueño neoliberal en que habitamos nosotros apunta al auto (…) Lo de la plata en Chile es una locura. Una enfermedad”.

-¿Ese Jorge es Jorge Errázuriz?

–No, es un Jorge que inventé.

–Dices en el libro que todos los personajes son reales.

–Sí. Pero ese nombre no es real. Es un personaje, pensé en gente que conocía.

–En Jorge Errázuriz. 

–Ponte tú–dice riendo.

En el café de Lastarria, Fernández continúa: “Cuba tiene cosas magníficas para alguien que viene y descansa del capitalismo. No es el egoísmo el signo cubano. Puede ser la desconfianza, pero no es el egoísmo; la gente se necesita una a otra, hay una comunidad, la informalidad es total. El aspecto no es algo que preocupe, la gente anda con sandalias y con la camisa abierta y pantalón corto.

–¿Eso es liberador?

-Muy, muy. Se da una contradicción especial. Hay una gran liberación en las costumbres y una gran vigilancia en las libertades intelectuales y civiles. Pero si tú te olvidas de eso, algo que sería imposible que me lo pidiera a mí mismo, pero creo que los cubanos en gran medida están acostumbrados, tú vives una sensación de inexplicable libertad. Hay aquí encerrada una pequeña tragedia, a lo mejor no tan pequeña. Una tragedia muy compleja de describir y explicar. ¿Los cubanos están en una olla a presión desesperados, a punto de estallar? No, eso no es verdad. ¿Están desesperados por tener democracia? No, eso no es así. Lo que más los acongoja es la precariedad.

–No es lo mismo vivirlo como un extranjero.

–No, porque un cubano depende completamente del Estado. Eso es un principio básico, si no, no se entiende nada. De la persona que aparece haciendo cosas demasiado lejos de lo que está entre comillas permitido, hay que sospechar. Los extranjeros que quieren vivir ahí terminan domesticándose; es una historia que se repite: se enamoran de una cubana.

–¿Tú te enamoraste?

–Yo no me enamoré una de cubana. Pero por ejemplo para los viejos, para alguien que en algunas cosas da por vencida su carrera (se ríe), puede ser muy fácil y muy entendible enamorarse de una cubana.

–Es un buen lugar para jubilar, digamos.

–El mejor lugar del mundo. Sí.

–Claro que viudo o divorciado.

–Claro. Los cubanos dicen cosas brutales que con el actual estado de feminismo serían realmente insoportables. Un amigo una vez iba caminando con su esposa y le dicen: “¿Usted viene con ella?”. “Sí”. “Pero está usted loco venir a un banquete con un sándwich”. La corrección política en el plano sexual no existe, es todo muy, muy espontáneo. Además, ese sexo más casual, tiene precio. No es una prostitución que se ostente, sino que mujeres que te encuentras en la noche tienen ya asumido que eso se transa, que tiene algo que vender o algo por lo que cobrar, y en un espacio de necesidades… se ejerce.

–Entonces no te enamoraste de una cubana.

–No, para nada. Cómo decírtelo, no es fácil saber a buenas y primeras cuáles son las intenciones profundas de tu interlocutora.

Crédito: Pablo Sanhueza.

–¿Te demoras en confiar en la gente?

–Yo creo que mucho, yo creo que conocer Cuba es bien complejo, está lleno de capas.

–¿Lograste traspasarlas?

-Varias, pero no sé cuántas, no sé si llegué hasta la última.

No hay disidencia

–Como fundador y director del The Clinic has sido implacable crítico de la elite empresarial y política chilena en democracia. Acá uno no lee ese tono con la elite cubana.

–Yo hubiera pensado que sí, parece que no terminaste el libro.

–Me lo leí entero. No hay juzgamiento de tu parte.

–Está lleno de juzgamientos de mi parte, lo que pasa es que es un juzgamiento mucho más confuso. El libro es un entramado de juicios, pero el que espera que esto va a ser totalmente unidireccional, no lo va a encontrar ahí.

–Me refiero al tono, a la cadencia del libro. Y no hay mucho lugar para la disidencia.

–Es que no hay disidencia.

–¿No?

–No, no tiene presencia en Cuba, las personas que digan eso mienten.

–¿Mienten?

–Mienten. Los disidentes es un discurso que está para el exterior, pero que al interior de la comunidad cubana no tiene ninguna presencia.

–¿Y los presos políticos son mentira?

–No, no son mentira. Salen las mujeres, las Damas de Blanco, a marchar los domingos, no las va nadie a ver. Te estoy contando lo que vi. Y la gente no se reúne en las noches a hablar de democracia, el mundo intelectual cubano no está en esa.

–¿Hablaste con Yoani Sánchez?

-Sí, claro. Muy poca gente la conoce en Cuba, nadie lee sus cosas.

–¿Pero has leído a Heberto Padilla y Guillermo Cabrera Infante, dos grandes escritores que se tuvieron que ir de Cuba?

–Por supuesto. El caso Padilla fue un quiebre en un mundo de intelectuales y de la cultura latinoamericana de comienzo los 70. Cabrera Infante fue un revolucionario que muy rápido se dio cuenta de las restricciones de las libertades. Tú me estás poniendo en un lugar equivocado. La gran frustración de esta historia es que no supo el valor de la libertad, es un régimen muy totalitario, éste es un lugar donde Fidel dijo: dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada. O sea si tú quieres que ahí haya un desarrollo intelectual profundo, eso nunca sucedió.

–Cuando un país está bajo una dictadura, eso lo tiñe todo.

–Sí.

–Ahí el juicio directo lo tienes que hacer, ¿o no?

–Respecto del régimen te explico mi juicio con total soltura y espero creer que lo hago a lo largo de estas páginas. Ahora, lo mismo que pasa con Venezuela, como si la discusión fuera decir si es o no una dictadura, a mí me parece muy miserable, me parece muy poco, te regalo 10 veces la palabra dictadura, sí, por supuesto. Ahora, respecto a Fidel comparándolo con lo que se vivió en Chile, son dos cosas totalmente distintas, porque la chilena fue una dictadura sanguinaria, donde nunca se restringió la libertad como se ha restringido en Cuba. La cubana no es sanguinaria, es totalitaria. Si tú quieres que te diga que en Cuba se mata gente a granel, eso no es verdad. Se fusiló mucha gente en el primer período de la revolución, mientras tanto los esbirros de Batista colgaban gente de los faroles. Había dos bandos. Y se mató gente ahí, por supuesto. ¿Si a lo largo del tiempo hay centros de tortura? No. O lo sabría, creo.

–¿Trataste de averiguar ese tipo de cosas?

–Sí, por supuesto, todo el rato. Hay tipos de tortura, claro, en las cárceles hay maltrato. Hacia el final del libro, mi síntesis es muy dura, muy tremenda, yo diría, dramática pensando en el nivel de la aspiración de redención y felicidad que esto escondía. Esto era para encontrar la felicidad de la humanidad.

De copas con Timo

Entre todas las crónicas del libro, hay una que alcanza ribetes surrealistas. Fernández y Anderson, por medio de una periodista amiga colombiana, son invitados de improviso y llevados en un auto de vidrios polarizados a un sitio secreto para reunirse con Timochenko en un encuentro donde el vodka y el whisky distienden una conversación de camaradería con el líder guerrillero de las FARC(ver extracto).

–Te quedas en una anécdota de carrete con estos señores de las FARC. ¿Por qué?

–Porque fue una circunstancia bien particular. Y fue una tarde. Cualquier conclusión más final que yo sacara de ahí hubiera sido una sinvergüenzura.

–¿Por qué?

–Porque difícilmente alguien pueda sacar de una conversación de una tarde conclusiones radicales más allá de lo que ahí se conversó.

–Hay mucha historia escrita.
–Yo no conozco tanto.

–¿No tuviste sentimientos encontrados?

–Como en todo este libro. Está lleno. Aquí habita la muerte en esto que estamos hablando. Y cuando he estado con paramilitares, también. Y cuando veo a Uribe también tengo sentimientos encontrados, porque carga con muchos muertos. No es mi tarea en esta pasada ponerme como un juez a decir: ¡malvado tú!, ¡bueno tú! Yo estoy en medio de una curiosidad, observando.

–¿Crees que el The Clinic pagó los costos de este libro?

–No sé si diría eso.

–El sindicato no estaba muy contento con tus viajes a Cuba.

–No sabían parece lo que estaba pasando ahí, no estaban al tanto, parece.
–¿Después de este libro pretendes seguir yendo a Cuba?

–Vamos a ver qué pasa.

–¿Tienes miedo?

–No se llama miedo; yo pretendo seguir yendo a Cuba siempre, he generado amistades profundas, pero lo que pasa es que de repente les vienen cosas muy raras a esta gente. Toman medidas muy particulares.


Recuadro: 

Un extracto: Timochenko*

—Cómo es la cosa, hueón —me gritó el comandante Timochenko remedando a los chilenos—. ¡Hueón! ¡Hueón! —ya ebrio y contento, mientras Iván Márquez escuchaba este bolero con la cabeza en el hombro de su novia, y Pastor acariciaba las manos de la suya—. ¡Eaaaa!, hueón. Ya somos amigos, hueón.

—Dígame la verdad, Timochenko —le pregunté—, ¿usted cree que el mundo está hecho de infelicidad?

—Permítame contestarle yo, camarada Patricio —interrumpió Pastor—: cuando uno está enamorado escribe las huevadas más pendejas y jura que son las más bonitas. Y por eso cuando uno está enamorado, cualquier pendejada le sirve. Eso son los boleros: pendejadas. Un buen bolero es una pendejada que le pega a uno en el alma. El maestro puede tocar este tema solo porque viene del campo y está vinculado con la gente. El que está en las alturas, no puede.

—Para que sepan, este lo escribió un ciego que había conquistado Nueva York —aclaró Frank.

—¡Qué bueno habernos conocido, cabrones! —festejó Timochenko, y a continuación cantó: «Hay que vivir el momento feliz, hay que gozar lo que puedas gozar».

Timochenko ya tenía los ojos casi cerrados. Era aproximadamente la una de la madrugada.

—Después del encuentro con Santos, compañeros, debimos habernos ido todos a celebrar y a brindar —concluyó Pastor.

—¡Esta canción está re buena! ¡Santa Bárbara bendita! ¡Esta la cantábamos allá en el campamento, maestro! —recordó Timochenko.

El jefe de la guerrilla se movió, amenazando un baile. Y María Jimena se puso de pie, pero cuando empezó a menearse ella, el comandante alcanzó a dar solo unos pocos pasos antes de secarse la cara con la toalla que tenía en el cuello y acercarse a mí para darme una palmada en el hombro, y repetir una vez más «huifa hueones».

—Todos ustedes, amigos, están invitados desde ya a nuestro primer acto cultural, cuando consigamos la paz —decidió Pastor.

—Pinto me ha cuidado todas las veces que he venido clandestino —dijo Timochenko—. Y no me deja ni ir a la esquina. «Vamos al Malecón», le proponía, y «no, no, no», me contestaba Pinto. ¡Yo quiero caminar el Malecón! ¡Quiero ir al Floridita!

Es difícil hablar de esta historia como de una novela movida por una fuerza ajena a sus personajes, pero mentiría si dijera que allí, conversando con los comandantes de las FARC, saboreé el veneno de la violencia. Estaban contentos, y creí percibir que más bien añoraban acabar con ella. Marulanda les había advertido que mientras más se prolongara la guerra, más difícil sería la paz, y la guerra se había eternizado. Sus vidas peligrarían para siempre. Aseguraban compartir la convicción del Che. Y volví a pensar en lo lejos que quedaba su mundo, ese del que había llegado Timochenko recién ayer en un vuelo furtivo. Escucharlo fue como regresar al tiempo del cinematógrafo. Ahora él no tenía dudas acerca de la necesidad de la paz. No podían, sin embargo, terminar esta guerra convertidos en simples delincuentes. Expuso sus temores, habló de sus lecturas, de los errores y las incomprensiones, y de lo difícil que sería restablecer las confianzas, mientras sus compañeros comandantes empezaban a ponerse cariñosos con sus novias.

* Del capítulo “El fin de la revolución”. Páginas 202 y 203.


Ficha:

Cuba: Viaje al fin de la revolución
Autor:Patricio Fernández.
Sello:Debate.
Páginas:410.
Precio:$ 15.000.

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