Vuelco a los 50: el camino de Álvaro Morales de actor a emprendedor

Álvaro Morales emprende por partida doble: con sus eventos pizzeros (By Álvaro Morales) y la venta de pizzas en un local del barrio Lastarria.

El actor y conductor de Lives Transformadores cuenta con una productora de eventos con pizzas, que también vende en un local de Lastarria. Una ruta paralela a su trabajo en TV, pero también un homenaje al impulsor de este cambio de vida: el empresario gastronómico Alan Lethaby, su mejor amigo, quien murió de cáncer.


“La cocina es algo que yo vivo constantemente. Es algo maravilloso, es ancestral. Soy un cocinero humilde, entusiasta; no soy chef. Quiero morirme aprendiendo, ser eternamente un aprendiz, porque creo que vale la pena. En realidad no necesito ser docto en nada, ni top en nada”.

Así describe Álvaro Morales -actor, 53 años- su pasión por la comida y la cocina, y la razón para incursionar en ella desde fines de 2018, cuando se decidió a realizar eventos gastronómicos y luego a vender sus pizzas en un local.

Son las dos de la tarde de un martes y Morales pide un jugo de frutas y algunos canelés para compartir mientras tiene un descanso de sus obligaciones. Se toma algunos minutos para explicar cómo ha desarrollado su talento en la cocina, con varias bromas entremedio: disfruta hablar de comida casi tanto como prepararla. No ha dejado la actuación, pero dice que su desarrollo interno hoy está en la cocina, una pasión que llevó en segundo plano, pero que hoy es su prioridad. “Una vez puse en Instagram algo que se me había ocurrido y que pareció genial: que mi cocina nace para que no mueran mis sueños”.

Aunque su gusto y vinculación con la cocina siempre estuvo latente, no fue hasta fines de 2018, cuando se distanció de la televisión y cumplió 50 años, que se atrevió a armar un emprendimiento: By Álvaro Morales. En un principio fueron eventos culinarios en donde él y su socio, Andrea Ramallo, hacían pizzas a domicilio para que la gente pudiera ver cómo se preparaban y compartir con ellos. Eso derivó en hacer talleres de pizza y eventos temáticos a los que poco poco fueron agregando otras experiencias, como música en vivo, tarot y performances teatrales.

“No era solamente el taller para aprender, sino que había un contexto, que era el que me interesaba aportar a mí, que era la parte ‘actoral’. En ese tiempo mi casa se transformó en un centro de operaciones”, explica.

Los planes se trastocaron en 2020 con la llegada de la pandemia y, sin nada que hacer, el proyecto se congeló y los socios tomaron caminos distintos.

“Estuve parado como tres meses. Feliz. Fueron tres meses necesarios y vitales en mi vida, porque me había salido de la tele y además había muerto mi amigo con el que yo tenía inicialmente mi proyecto culinario, que era Alan Lethaby, el dueño del restaurant De Cangrejo a Conejo. Él era mi mejor amigo, se enfermó de cáncer y murió, entonces no se pudo armar con él”, relata Álvaro Morales.

Durante esos meses entró en un estado de reflexión que le permitió saber qué quería y cómo lo quería. Alineó sus ideas y fue puliendo su plan.

En ese entonces lo llamó otro amigo, Jaime Aravena, para ofrecerle que vendiera sus pizzas en su local de papas fritas, Papas Ricas, en Ñuñoa y luego en el Barrio Lastarria, en el actual local ubicado en Virginia Subercaseux 9. No era la idea que buscaba, principalmente porque no quería atender público tras un mesón. Sin embargo, aceptó y a mediados de 2020 estuvo dedicado a eso: cocinando, atendiendo y potenciando el delivery.

Morales relata que durante casi un año estuvieron involucrados por completo. “Nos matábamos, estábamos de lunes a lunes y funcionó. Nos empezó a ir cada vez mejor”, cuenta. Pero, aunque la dedicación del actor con el local era gigante, no dejó de trabajar en su proyecto By Álvaro Morales y lo retomó con fuerza desde septiembre de 2021.

“No siento que estoy solo”

Álvaro Morales esperó mucho tiempo para dedicarse a la cocina. No para aprender de ella, porque hizo varios cursos, ni para ponerla en práctica a diario, sino para que se convirtiese en un sendero en su vida tal como lo ha sido la actuación.

“Es algo que elaboré privadamente durante muchos años y nunca pensé que iba a desarrollar así, como para dedicarme, y cuando cumplí 50 años dije: es ahora. Y, como te mencioné, se había muerto mi amigo Alan”, dice el emprendedor gastronómico.

La amistad de Morales con Alan Lethaby se comenzó a fraguar a principios de los 2000, poco tiempo después de que el ingeniero comercial pusiera el restaurant De Cangrejo a Conejo.

El actor desarrolló talleres de pizzas, pero de a poco fue incluyendo otras actividades, como tarot y artes escénicas.

“Me acuerdo perfecto de cómo fue; no del año, porque soy malo para las fechas, pero nos conocimos allí. Cuando se inauguró era un lugar top, de moda, como si fuera de Nueva York, que se inaugura y va la taquilla. Era precioso, diseñado por Gino Falcone, una cosa muy linda y con mucha onda. A nosotros, que estábamos en la tele, nos empezaron a invitar y Alan les dio un carné VIP a algunas personas con el que podían gastar una cantidad de plata al mes. Ahí uno veía políticos; yo conocí a Ricardo Darín, a Francis Mallmann, que me autografió un libro. Que quiero decir: que era muy taquilla”, cuenta Morales.

Aunque iba regularmente con colegas, una vez decidió ir por su cuenta. Morales se sentó y aprovechó de mirar la dinámica, los platos, el funcionamiento. Todo le parecía novedoso y él ya estaba con la chispa gastronómica encendida en su interior. En un momento, llegó Alan y se sentó frente a él para conversar.

“Le pregunté por su familia, hablé más con él y me cambió la percepción que tenía. Me cautivó su sensibilidad, porque apareció él. Ahí nos hicimos amigos y no dejamos de serlos hasta el final de su vida. Todo en este ambiente de cocina, de platos, cosas que probamos, cartas que armamos. Estuve muy involucrado, vi todos los altibajos que tuvo el restaurant”, continúa.

–¿Cómo describes esa amistad entre ustedes y su relación con la comida?

–Teníamos un alma muy cercana él y yo, aunque pensábamos distinto. Ambos éramos Virgo, eso sí. Todos los fines de semana nuestro rito era ir a tomar café al Parque Arauco en la mañana. En la semana nos veíamos harto, yo iba al Cangrejo, porque él siempre estaba ahí, entonces yo iba, carreteaba, era mi casa. En septiembre prendíamos la parrilla el 8 para su cumpleaños, celebrábamos el mío el 14 y no la apagábamos durante los fines de semana hasta abril. Qué manera de comer carne. Todo era en torno a la comida, al decorado de los platos, al decorado de las mesas. Viajamos juntos también, fuimos a Argentina, a Costa Rica, recorríamos restaurantes. Todo era en torno a la cocina, que era nuestra gran pasión. Fue un cariño profundo que fue creciendo en el tiempo.

De su amistad con Alan aprendió mucho de comidas y también de administración. Por eso dice que su intención tampoco es levantar su propio restaurant. Pese a eso, se empapó de la mecánica. “Aprendí que una cosa es que algo sea rico y otra aparte es cómo lo vendo y a quién lo vendo. Alan tenían mucho criterio para entender cómo podía pegar el plato, por ejemplo, lo probaba una semana, veía cuánta salida tenía. Al final como cocinero no se logra abarcar todo eso. Por eso los grandes cocineros, como la (Carolina) China Bazán, Sergi Arola, no solo son grandes cocineros, sino también administradores de la cocina. Tienen una composición absoluta de cómo se prepara la mesa, cómo se sirve y cómo se vende”.

"Él me empapó de todo, él alcanzó a ver cómo había armado el cuento de las pizzas. Fue el empuje para lanzarme", dice Álvaro Morales son Alan Lethaby, su gran amigo fallecido de cáncer.

Por eso, parecía lógico que ambos sumaran sus conocimientos en un proyecto. “Yo tengo una casa en Huentelauquén, donde íbamos mucho, pero no tenía luz, solo agua. Íbamos y hacíamos asados, así, ancestrales, teníamos esa conexión con el fuego, la carne y lo ahumado. Entonces hablamos de eso, de algo con charcutería. Yo entendía que lo mío es la cocina, meter las manos, y él la administración”, sigue.

La idea se alcanzó a amasar. Alan Lethaby se había llevado el restaurant a La Dehesa desde el Barrio Italia, pero el furor no era el de antes. Entonces comenzaron a empujarse uno al otro para hacer algo. “Vimos un par de locales, estábamos tirando líneas”, comenta. Todo esto fue durante 2018, pero la idea no fraguó.

El tono de voz y el semblante de Álvaro Morales cambia al relatar cuando se enteró que su amigo estaba diagnosticado de cáncer. Un poco de melancolía se apodera del relato del actor.

–¿Cómo ocurrió todo?

–Él estaba buscando locales cuando se enfermó de cáncer. Yo estaba haciendo una obra con mi hija, Julieta, que era otro de los gustos que me quería dar, y la estrenamos en el Teatro Bellavista en noviembre. Alan hizo el cóctel. En esos días él no se estaba sintiendo muy bien, estaba yendo al doctor. Ahí me dice que no tiene buenas noticias. Los dos cachamos. Él era muy fumador y sabíamos que posiblemente le podía pasar la cuenta, pero no pensé que fuera tan luego. Fue un momento muy rudo. Pero, en el fondo, dijimos: esto es hasta el final.

Ese momento remeció por completo a Morales. “Estamos hechos de tiempo y en algún momento se acaba, pero nadie te lo dice ni vivimos pensando en eso. Puede ser hoy, puede ser mañana. Cuando te dicen que tienes cáncer, eso te determina, pero no sabes de qué tan larga data va a ser, si se va a recuperar. Pero lo importante es el camino, ahí fue donde nosotros conversábamos en cómo queríamos recorrer ese camino, cómo yo podía acompañarlo. Hablamos del camino, no del final”, rememora el actor.

–¿Cómo fue ese camino?

–Difícil. Difícil. Tuvo un deterioro bastante rápido. Nunca perdió la energía de su cabeza, pero sí un poco la física, porque, excepto el último tiempo, pudo hacer varias cosas, fuimos a la playa, seguimos haciendo asaditos. De hecho, nos comimos un asado para su último cumpleaños. No lo normalizamos, pero no dejamos que nos llevara todo. No podíamos hacer el recorrido de antes, pero lo iba a buscar y nos íbamos a tomar un café. No es que nada hubiera cambiado, porque todo cambió, pero teníamos la mesa y la comida, pero con un telón de fondo que era el cáncer.

–¿Qué tan relevante fue para ti y cómo te marcó?

–Su partida fue muy dura. Yo había cumplido 50 años y venía ya con la idea de grandes cambios. Encontré una frase que dice: uno tiene dos vidas, y la segunda parte cuando te das cuenta de que solamente tienes una. El final fue doloroso, siempre da pena. Lo extraño. Pero él está todos los días, vive conmigo, cada vez que me siento en una mesa y cada vez que hago un asado, todos los días. Está conmigo. Así como lo está mi padre. Uno puede tener el mejor plan, con un amigo o con una pareja, pero es posible que no lleguen al mismo tiempo, porque los caminos son individuales, muy solitarios y uno muchas veces va en compañía para el mismo lado. Lo importante fue nuestro recorrido. Él me empapó de todo, él alcanzó a ver cómo había armado el cuento de las pizzas, él me preguntaba y de alguna manera era mi incentivo para hacerlo. Fue el empuje para lanzarme. No te miento si te digo que fue él un poco la motivación. Creo que la gran motivación... De alguna manera estoy honrando nuestro recorrido en esta mesa. Lo estoy honrando, quiero honrarlo. Estoy tratando de hacer méritos para que esto lo honre, porque puedo embarrarla o no, pero no siento que estoy solo. Estoy con él. Estamos juntos.

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