Columna de Matías Rivas: Guillermo Machuca y Paulo de Jolly, en órbita

El teórico e historiador del arte Guillermo Machuca fue una de las voces más lúcidas en la escena chilena. Foto: Camilo Yáñez.

"Tragar la realidad se vuelve un asunto extraño y difícil. La emoción y la pesadilla se enredan. Los que conocimos a Machuca y de Jolly estamos desolados. Poseían la calidad de fantasmas antes de morir. Alteraban los ambientes con sus aspectos y comentarios".



La quietud se ha esfumado estas últimas semanas. La muerte está encima. Nos va cercando. Es inevitable sentirla. La partida de Paulo de Jolly y de Guillermo Machuca desató el derrumbe. Al menos, el mío. Los admiraba y conocía desde joven. Eran parte de mi vida, inolvidables por la singularidad de sus presencias. Ni la filosofía, ni los sabios consuelan cuando mueren los amigos y cercanos. En ese instante se cortan las palabras. El dolor fluye por dentro y se atasca en el pecho (la guarida de la angustia). Cómo no estar en vilo, sin dormir, aguardando aún noticias más demoledoras. Los detalles terminan mostrando la soledad que rodeó los últimos momentos de dos tipos que extrañaré. Sus obras y biografías –tan disímiles y curiosas– estuvieron dedicadas a indagar la realidad a través del lenguaje y la locura. Ambos eran extravagantes, puntudos e insólitos. Brillaban por el ingenio y la intuición.

Ante este desastre, solo resta el encierro, cada vez más incómodo y difícil de sostener. Las posibilidades de caer bajo, hurgar en silencio la pared de la mente, son amplias. Lo mínimo es pasarse rollos fatales, sentir nostalgia y recordar las noches en que vagué por barrios de Santiago conversando con Machuca. Era un especulador fino, un vivisector del paisaje humano de las artes visuales. Cruel y acertado, al salir de una inauguración podía lanzar un discurso viperino o desenrollar análisis contundentes de lo que veía. Fiel a esa mirada, sus palabras estaban dispuestas para deslumbrar con asociaciones y juicios terminales. A favor o en contra, daba un poco lo mismo, al final el cuento de Machuca era espectacular, matizado por decenas de datos que provenían de su memoria implacable. Le gustaba relatar pormenores de sus experiencias con los artistas con una precisión casi fanática y una ironía total. Visitaba los talleres de sus amigos sin apuro. Le gustaba observar a Natalia Babarovic pintando mientras él fumaba y tomaba un vodka. O discurrir con Patrick Hamilton por placer. La discusión fue una de sus pasiones más desatadas. La practicaba con humor negro y una astucia teatral.

Machuca fue un profesor de estética y un crítico cultural excepcional. Rastreó el mapa de la literatura y del arte chileno con dedicación y maldad. Llegó a tener una colección de catálogos única y una biblioteca por la que sentía orgullo. Pasé muchas tardes, durante los años noventa, escuchando sus periódicos exámenes de personajes que lo obsesionaban. Estaban lejos de ser sus ídolos, eran lo que él llamaba “sujetos de estudio” con los que mantenía vínculos urdidos por la curiosidad. En ocasiones eran artistas, pero también alumnos y escritores. Las jerarquías las dejaba a un lado, le causaban risa. La lectura de Nietzsche lo había marcado de forma indeleble. El inmoralismo era lo suyo. El poder le irritaba. En cambio, se sentía fascinado por la destreza técnica, el estilo literario y la amistad. Entre sus varias publicaciones, El traje del emperador, es su obra medular. Machuca cruzaba en su prosa lo sofisticado con lo vulgar, puesto que creía que no podíamos escapar a la condición pop. Veía lo tradicional y lo fugaz con nitidez, y le gustaba unir lo discordante, enfocar lo que estaba fuera de escena, e incordiar lo sagrado. Hay muchos catálogos de artistas con sus ensayos. En ellos explora el campo visual chileno posterior a la dictadura. También dedicó escritos a consagrados como Juan Pablo Langlois Vicuña y Santiago Sierra.

A Paulo de Jolly lo conocí menos, aunque lo vi infinidad de veces paseando por Providencia acompañado de dos enormes perros San Bernardo. Nada hacía pensar que era un hombre común. Vestido con elegancia, siempre abstraído, tenía maneras que oscilaban de lo principesco a lo adolescente. Tímido y furioso, será imposible olvidar su postura a contracorriente que le permitió obtener la originalidad que deseaba. Dueño de una obra exigua, la dedicación a la poesía fue lo esencial en su existencia, cargada de anécdotas geniales y pasos por hospitales psiquiátricos. Componer poemas dignos de Luis XIV, un rey absoluto, de otra lengua y cultura, fue su aspiración delirante. Logró una sutileza total de extremo rigor y belleza: “hice que tus ojos vieran la noche / de amor / en la mitad del día / hice que tus ojos no vieran el día / de nuestra muerte / en la mitad de la noche”.

Tragar la realidad se vuelve un asunto extraño y difícil. La emoción y la pesadilla se enredan. Los que conocimos a Machuca y de Jolly estamos desolados. Poseían la calidad de fantasmas antes de morir. Alteraban los ambientes con sus aspectos y comentarios. Habrá que acostumbrarse, ahora, a sentir sus voces y vibraciones emitidas desde la nada.

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