Sean Connery: de gran espía a mejor actor

El actor Sean Connery (1930-2020) con una rosa en la conferencia de prensa promocional de la película El Nombre de la Rosa (1986).

Inimitable agente 007 al servicio de Su Majestad, la estrella escocesa que murió este sábado 30 de octubre a los 90 años dejó de ser héroe de acción antes de los 40 y demostró su talante dramático en películas como Los Intocables y El Hombre Que Sería Rey.



Sean Connery se hartó de su bisoñé en 1971, pero hacía cuatro años que también se había aburrido de presentarse como Bond, James Bond en la saga de 007. El molde del héroe invencible en la acción e irresistible en el corazón femenino le ayudó a construir un camino único en Hollywood, pero tal como había renunciado a un peluquín, era hora de presentarse al mundo como lo que realmente era: un escocés de acento marcado, calvicie evidente y talento superior a la media entre sus pares. En ese momento, que preludia a las películas The Anderson tapes (1971) de Sidney Lumet, Zardoz (1974) de John Boorman y, sobre todo, El hombre que sería rey (1976) de John Huston, Connery nacería otra vez para el público.

Es difícil encontrar en el mundo de los actores un ejemplo de perseverancia, superación y tozudez como el del hombre que ayer murió a los 90 años en su residencia de Nassau (Bahamas). Pasó de ser el epítome de la taquilla en los años 60 a un actor inquieto, arriesgado, sin miedo a parodiarse ni a ir más de allá de sí mismo, como si estuviera devolviéndoles a los espectadores el favor de haber ido a ver las cinco películas 007 que hizo entre 1962 y 1967 (haría dos más en 1971 y 1983, pero en otro tono).

Retirado de la arena profesional desde el año 2003 cuando se despidió a los 72 años con la discreta La liga de los hombres extraordinarios, Sean Connery había pasado los últimos años entre sus hogares de Escocia y las Bahamas. Le sobreviven su esposa, Micheline Roquebrune, su hijo Jason, su hijastra Stephane y su hermano menor Neil. Fue justamente Jason Connery quien afirmó que su padre “no había estado bien durante un tiempo” y que murió mientras dormía. Hasta ahora no se habían develado las causas de su muerte, aunque The New York Times informó que fue debido a “una larga enfermedad”.

Fueran las que fueran, está claro que las razones médicas no son las que lo alejaron de la actuación hace casi 20 años. Básicamente estaba algo cansado y quizás otra vez harto, siguiendo el patrón de su carácter independiente y algo irascible. En el año 2005 había dicho que daba por cerrado el capítulo de la actuación en el cine debido “a aquellos idiotas que ahora hacen cine en Hollywood” y hace una década, menos furibundo, afirmó: “Tengo grandes recuerdos de las películas, pero esos días se acabaron”.

Sean Connery (1930-2020) protagonizó siete películas de la saga 007 y la última de ellas fue Nunca Digas Nunca Jamás (1983), en la foto.

Del fisicoculturismo a los libros

Hijo de una mujer que limpiaba industrias y de un obrero de una fábrica de caucho, Sean Connery fue en el mapa artístico británico la antípoda de los gloriosos Sir Laurence Olivier y Sir John Gielgud, hijos de la tradición teatral inglesa. Por el contrario, el futuro James Bond al servicio de su Majestad respondió a la suerte del talento innato y a su capacidad para ser encantador y magnánimo al mismo tiempo.

Nacido el 25 de agosto de 1930 en uno de los barrios más pobres de Edimburgo, Sean Connery tenía ascendencia irlandesa por parte de padre y escocesa en su raíz materna. Los bienes eran tan escasos en la familia que el cajón inferior de la cómoda fue la cuna del recién nacido Sean Thomas. Los años 30 no traerían demasiado a las arcas y no es de extrañar que los Connery compartieran los dos baños del pasillo con otras tres familias.

Aquella niñez marcada por la carencia definió en buena medida su carácter, como él mismo reconocería . Se transformó en alguien precavido y receloso con el dinero (demandó a varios productores), a la defensiva y alerta a no perder un ápice de lo que debían pagarle. Se levantaba más temprano que cualquier niño del vecindario, pues antes de ir al colegio repartía leche en el barrio y a los nueve años manejaba su propia carreta repartidora tirada por un caballo. A los 17 años tenía una frente amplia y cuando comenzó a actuar en los 50 es probable que ya estuviera con un implante al borde de su frente.

Junto a su amigo Michael Caine, Sean Connery protagonizó El Hombre Que Sería Rey (1976), una de sus mejores películas.

Pero antes de llegar comulgar con las necesidades superficiales del estrellato, Sean Connery había tenido un buen baño cultural. Se lo dio el actor estadounidense Robert Henderson, a quien conoció en la obra musical South Pacific y quien le hizo leer las obras de George Bernard Shaw, Oscar Wilde y Henrik Ibsen, además de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y Ulises, de James Joyce. Nunca sabremos si el futuro Bond realmente pudo con todos esos volúmenes, pero sí sabemos que súbitamente sus intereses ya no fueron solo el fútbol que jugó semiprofesionalmente o el fisicoculturismo que lo llevó a ganar un premio de Mister Universo en Londres.

“Pasé aquella gira de South Pacific en todas las bibliotecas de Escocia, Inglaterra, Irlanda y Gales. Vi también todas las obras que pude”, dijo Connery en 1992 a The Houston Chronicle. “Sin embargo, son los libros y la lectura los que te pueden cambiar la vida. Soy la prueba viviente”, comentó en la misma entrevista.

Gracias a la BBC

La venerable cadena pública de televisión británica BBC es la madre de algunos de los más grandes talentos del Reino Unido, desde Peter Sellers hasta Monty Python. En medio de todos ellos, Sean Connery también tuvo su oportunidad: logró su primer rol importante cuando reemplazó a Jack Palance en 1957 en la película de televisión Requiem for a heavyweight. Hizo de boxeador y cuatro años más tarde le tocó interpretar al conde Vronksy en Ana Karenina, también de la BBC. Fue ahí que los productores de Doctor No (1962) lo vieron antes de concertar una reunión con él.

A pesar de que se había organizado un concurso para protagonizar las cintas Bond, los productores Albert Broccoli y Harry Saltzman descartaron a los postulantes y seleccionaron a Connery sin siquiera una prueba de cámara: en las sucesivas Desde Rusia con amor, Goldfinger, Operación Trueno y Sólo se vive dos veces, el actor repetiría la misma magnética despreocupación y seguridad con que llegó a aquella reunión. Su estilo, que para algunos fue la culminación de una masculinidad tal vez añeja en estos tiempos, también consistió en actuar con una distancia y humor que le darían dividendos la segunda parte de su carrera.

Al respecto, hay que recordar lo que dijo mientras promocionaba Los intocables (1987), por la que ganó su único Oscar, en este caso como el policía irlandés-americano Jim Malone: “No me importa verme viejo o parecer estúpido en el cine”. Aquella apuesta a salir del encasillamiento le entregó algunos de sus mejores roles como un tramposo buscafortunas del Imperio Británico en El hombre que sería ser rey (1976), el sagaz monje detective de El nombre de la rosa (1986) o el astuto y encantador Henry Jones en Indiana Jones y la última cruzada (1989).

Por el rol del policía Jim Malone en Los Intocables (1987), Sean Connery obtuvo el Oscar a Mejor actor secundario, su única estatuilla.

Las reacciones tras conocerse el deceso de este hijo de Escocia, que apoyó una y mil veces la separación de su tierra natal del resto de Gran Bretaña, no tardaron ayer en atiborrar las redes sociales. El cineasta George Lucas, productor de la serie de Indiana Jones, sostuvo: “Sean Connery deja una marca indeleble en el cine. Su público se repartió en muchas generaciones. Siempre tuvo un lugar especial en mi corazón como el papá de Indy”.

Kevin Costner, quien fue Eliot Ness en Los intocables, declaró en su cuenta: “Fue increíblemente inclusivo en términos profesionales y personales. Fue la estrella más grande con la que he trabajado, un grande entre los grandes”. Y también, muy brevemente, aunque con las palabras justas, Michael Caine, su amigo desde los tiempos de South Pacific y coprotagonista en El hombre que sería rey, expresó: “Una gran estrella, un actor brillante y un maravilloso amigo. El hombre que sería rey fue el REY”.

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