Llega el libro de Borges en primera persona: “Cómo puedo estar triste si me espera esa gran aventura que es la muerte”
El volumen Conferencias reunidas 1960-1985 (Alfaguara) recorre un cuarto de siglo de ponencias de Jorge Luis Borges: un trayecto que va desde el proceso creativo tras Funes el memorioso hasta sus reflexiones finales sobre Shakespeare, la literatura fantástica y la existencia.
No solo fue cuentista, poeta y ensayista, el célebre Jorge Luis Borges también dio una serie de conferencias a lo largo de su vida. En el marco de los 40 años de su muerte, en 1986, se acaba de publicar el volumen Conferencias reunidas 1960-1985 (Alfaguara), en el que vemos al hombre de El Aleph hablando sobre literatura, historia, filosofía, entre otros temas.
Por ejemplo, en conferencia realizada en mayo de 1960, en la Sociedad Científica Argentina, habló sobre uno de sus temas predilectos, la literatura gauchesca. “El tema que trataré, la poesía gauchesca, se vincula desde luego con el Brasil. Recuerdo que Groussac decía que la primera aparición histórica del gaucho corresponde a esa región que el Brasil y la Argentina se disputaron: el Uruguay. Afirmaba también que la palabra ‘gaucho’ puede ser de origen brasileño. Es así que en boca de viejos orientales he oído decir gaúcho (acentuando la u), lo cual sería la forma intermedia entre guacho y gaucho. El protagonista de la poesía gauchesca correspondería no sólo a las dos riberas del Plata, sino también a la región de Rio Grande do Sul y hasta San Pablo”.
“¿Qué es la poesía gauchesca? Es un otros, que surge a raíz de la Revolución de Mayo. La patria y la poesía gauchesca crecieron juntas. Su primer poeta es Bartolomé Hidalgo. Al principio ensayó el endecasílabo, metro que no perciben los cantores populares. El endecasílabo es para ellos un octosílabo mal medido. Hidalgo inventa el artificio esencial de la poesía gauchesca, según el cual el gaucho es un cantor. Escribe Diálogos patrióticos entre Contreras y el Chano, que exaltan nuestras guerras de Independencia...Los poetas cultos que practicaron ese género no hubieran podido hablar como gauchos sin forzar el tono. El lenguaje gauchesco es lo bastante parecido al urbano como para que los poetas ciudadanos lo usaran y lo bastante distinto para que existiera una diferencia agradable".
También hay una conferencia sobre William Shakespeare, de 1964, pronunciada para conmemorar el cuarto centenario del nacimiento del hombre de Hamlet. La ponencia se llama El enigma de Shakespeare. “Los dos últimos capítulos del libro Crítica literaria, de Paul Groussac, están dedicados a la cuestión Shakespeare, o como yo he preferido llamarlo hoy, el enigma de Shakespeare. Se trata, como ustedes habrán supuesto, de la tesis de aquellos que niegan al individuo William Shakespeare, que murió en 1616, la paternidad de las tragedias, comedias, piezas históricas y poemas que hoy se admiran en todas partes del mundo...Ahora bien, yo, desde luego, creo que el William Shakespeare que hoy honra el Oriente y el Occidente fue el autor de las obras que le atribuimos”.
“Quizá el propósito de ejecutar una obra maestra inhiba al escritor, hará que el escritor se vigile. Quizá la creación estética debe parecerse más bien a un sueño, a un sueño no vigilado por la atención. Y quizá esto ocurrió en el caso de Shakespeare. Además, la obra de Shakespeare ha ido enriqueciéndose a través de las generaciones de sus lectores...Nosotros ahora podemos leer la obra de Shakespeare, pero no sabemos cómo será leída dentro de un siglo, o dentro de diez siglos, o acaso, si la historia universal continúa, dentro de cien siglos. Lo que sabemos es que para nosotros la obra de Shakespeare es una obra virtualmente infinita, y el enigma de Shakespeare es sólo una parte de aquel otro enigma: la creación estética, que a su vez es sólo una faceta de aquel otro enigma: el universo”.
Una de las facetas más interesantes del volumen es leer a Borges hablando de su proceso de escritura, es lo que hizo en la conferencia titulada Mi prosa, que pronunció en abril de 1973 en el Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid. Y colocó como ejemplo uno de sus cuentos más célebres, Funes el memorioso: “Funes el memorioso es un oriental, un hombre de muy pocas luces que, por una caída de caballo, sufre un accidente terrible: se ve dorado de una memoria infinita. Recuerda no sólo la cara de cada persona que ha visto a lo largo de su vida, sino que recuerda, por ejemplo, que la vio de perfil, luego de medio perfil, luego de frente. Recuerda cómo caían las sombras, recuerda cada árbol que ha visto, la caída de cada hoja”. Borges comentó que ese cuento nació en los días que padecía de insomnio.
“Yo padecía de insomnio entonces, trataba de dormir. ¿Y qué es dormir? Dormir es olvidarse, por eso en Buenos Aires, y quizás aquí también, digamos ‘recordarse’ por ‘despertarse’, ‘que me recuerden mañana temprano’. La frase me parece admirable, ‘que me recuerden’, porque cuando uno duerme, y esto lo he dicho en el último poema que he escrito, El sueño, uno no es nadie y luego cuando se despierta ya recuerda que uno es fulano de tal, y recuerda las circunstancias de esa vida, las obligaciones que el día impondrá, uno vuelve a dejar de ser ‘una suerte de Dios infinito’, puede ser nada, viene a ser casi lo mismo, puede ser alguien, algo muy concreto, atado a un destino, atado a cierto pasado, atado a ciertas esperanzas, en general fallidas".
“Bueno, yo trataba de olvidarme de mí mismo para dormir, pero seguía pensando en mí mismo, acostado, pensaba minuciosamente en mi cuerpo, en los libros, en los muebles, en la habitación, en el patio, en la quinta, en las estatuas de la quinta, en la verja, en las casas vecinas, yo estaba como abrumado por el universo y pensaba también en los astros. Iba más lejos, luego en la ciudad de Buenos Aires, pensaba en las ilustraciones de los libros, no podía olvidarme y entonces imaginé ese personaje dotado de una memoria infinita, ese personaje que es una metáfora del insomnio, Funes el memorioso”.
El resultado de ese ejercicio literario, comentó Borges, lo hizo recuperarse del insomnio. “Yo lo escribí, no sé si bien o mal, pero con un buen resultado curativo, terapéutico, con el resultado de que después de escribir ese cuenta dejé de sufrir insomnio. El insomnio fue desapareciendo paulatinamente, Ahora vuelvo a sufrir el insomnio, pero no ese insomnio incurable que sufrí entonces”.
Otra conferencia notable se titula La literatura fantástica, pronunciada en abril de 1967 en la inauguración del ciclo cultural de la Escuela Camilo y Adriano Olivetti, en Merlo, Buenos Aires. Se trata de un género que Borges conocía bien y al que de hecho, en más de una ocasión a él mismo se le atribuyó en relatos como Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, o el mismo El Aleph. “De un lado, tenemos la literatura realista, la literatura que trata de situaciones más o menos comunes en la humanidad, y del otro la literatura fantástica, que no tiene otro límite que las posibilidades de la imaginación. Uno diría también que la literatura fantástica tiene que ser mucho más rica que la realista ya que no está ceñida a lo cotidiano, sino que debe y puede aventurarse a toda suerte de aventuras. Sin embargo, al cabo de muchos años de ser lector y a veces autor de libros fantásticos he comprobado que los temas de la literatura fantástica no son ilimitados; son unos pocos”.
“¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantásticos, son símbolos de nosotros, del universo, de lo inestable y misterioso de nuestra vida, y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía. Pensemos en las hipótesis de la filosofía, harto más extrañas que la literatura fantástica; en la idea platónica, por ejemplo, de que cada uno de nosotros existe porque es un hombre, porque es un reflejo del hombre arquetípico que está en los cielos. Pensemos en la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño y lo único que existe son apariencias. Pensemos en el panteísmo, en Spinoza y tantos otros casos, y llegaremos así a la terrible pregunta, a la pregunta que no es meramente literaria, pero que todos alguna vez hemos sentido o sentiremos: ¿El universo, nuestra vida, pertenece al género real o al género fantástico?“.
Asimismo, podemos leer la que Borges llamó La última conferencia, pronunciada el 5 de septiembre de 1985 en el Colegio Ward, de Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires. En rigor, fue un diálogo que el autor de Ficciones mantuvo con los alumnos y que fue transcrito por un profesor, quien fue agrupando las respuestas del escritor. Un Borges octogenario, en el último tramo de su vida habló con soltura, con labia, con claridad, con ese verso que solo tienen los elegidos. Poco tiempo después de eso, viajó a Suiza para pasar sus últimos meses y fallecer, el 14 de junio de 1986.
“Yo no escribo para nadie. Escribo porque siento la necesidad de hacerlo, pero no pienso en el lector. Trabajo el texto y procuro que lo trabajoso no se note. Quiero que todo parezca espontáneo. Mis amigos saben que no tienen que hablar de lo que yo escribo. De Bioy Casares tengo un libro espléndido, El sueño de los héroes. Tenemos un pacto tácito: yo publico un libro y no se lo mando; él publica un libro y no me lo manda. Nunca hablamos de lo que hemos escrito”.
Sobre su literatura agregó: “Todo lo que escribo es biográfico. Como soy un hombre muy tímido digo todo indirectamente. No he creado personajes ni situaciones. Todo eso me ha ocurrido un poco menos enfático, menos dramático, pero me ha ocurrido. En cierto modo, todo lo que yo escribo es confesional. La literatura es un arte de la categoría más alta. Las ciencias se modifican constantemente, pero una vez escrita La Odisea está ahí para siempre. Cuando algo sale bien, sale bien para siempre. Es lo mismo que se haya escrito en la antigüedad remota, en el siglo XVII o ahora: es lo mismo”.
Pero el viejo Borges también se permitió dar lecciones de vida. “Las condiciones para que pueda considerar ‘amiga’ a una persona no dependen de mí. Hay personas inmediatamente simpáticas y otras me son inmediatamente antipáticas. Por ejemplo: yo conozco a una persona y sé de inmediato si esa persona me mira con amistad, con odio, con indiferencia. Cuando una persona siente amistad por mí, yo lo siento; cuando tiene inteligencia, también. No se siente por lo que la persona dice; se siente casi a pesar de lo que dice. Otro ejemplo: yo voy a una reunión, me presentan a varias personas. Una de ellas dice cosas muy inteligentes, otra dice frivolidades o no dice nada. Al salir, yo sé que la primera era imbécil y la segunda sumamente inteligente por no haber dicho nada”.
Como en El séptimo sello, de Bergman, Borges veía la muerte con su manto negro aparecerse frente a él. Probablemente intuía que le quedaba poco tiempo. Por ello, al ser consultado sobre Dios y la muerte, se permitió una reflexión. “He tratado de creer en un Dios personal. Mi abuela era metodista. Sus mayores eran cuáqueros; era muy religiosa. Yo he tratado de creer en Dios, pero no he podido hasta ahora. Es una incapacidad mía. Pero creo, eso sí, en un propósito ético, quizás estético y quizás intelectual también, para este mundo. Todo el universo está regido por un principio ético. Eso es más importante que creer en un dios, personal o no”.
“Yo no temo a la muerte. No le temo ni me entristece. Cuando estoy triste pienso: cómo puedo estar triste si me espera esa gran aventura que es la muerte. Si tengo suerte, seré aniquilado, borrado totalmente, y si no, si hay otra vida, la aceptaré como he aceptado esta. Peor que esta no será. Hasta puede ser mejor. No sabemos nada, pero podemos pensar que hay una aventura más allá de la muerte”.
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